
Hay historias que se cuentan con miedo…
y otras, como esta, que se recuerdan con un suspiro.
Porque no todo lo que espanta arrastra cadenas ni gime en la oscuridad…
hay presencias que anuncian su llegada con un aroma.
Y en Querétaro… dicen… que hay una estancia donde, ciertos días del año…
el aire se vuelve dulce…
y huele a rosas que nadie ha cortado.
La princesa que no aceptaba el destino
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que en los días en que Querétaro fue cercado por la guerra y el destino, llegó a sus alrededores una mujer cuya belleza no parecía de este mundo.
Alta, elegante, de voz suave como terciopelo…
Inés, la princesa de Salm Salm.
No era mexicana… pero el amor la había traído hasta estas tierras, persiguiendo a su esposo, un príncipe convertido en prisionero.
Dicen que ningún hombre podía negarle nada…
y sin embargo, ella habría de enfrentarse a tres voluntades de hierro:
la guerra…
la República…
y el destino.
Entre generales y negativas
Primero buscó al general Mariano Escobedo. Luego al mismísimo presidente Benito Juárez.
Promesas, palabras, belleza…
nada bastó.
A cada súplica… una respuesta firme: no.
Y aun así… no desistió.
Porque hay amores que no entienden de leyes, ni de derrotas, ni de finales escritos.
El perfume entre los muros
Cuando finalmente logró entrar a Querétaro, la ciudad entera pareció contener el aliento.
Vestida como princesa de cuento, cruzó calles, pasillos y cuarteles…
dejando tras de sí un rastro inconfundible: el aroma de rosas.
Los soldados la miraban en silencio, los oficiales quedaban absortos…
y hasta los muros parecían escuchar su paso.
Pero al llegar ante su amado…
la ilusión se rompió.
El príncipe ya no era príncipe…
era un hombre derrotado.
Y aun así… ella lo abrazó.
La última esperanza
No conforme con eso, intentó lo impensable: sobornos, planes de fuga, promesas…
Pero se topó con algo que ni su encanto pudo vencer: la honorabilidad de los hombres.
Y entonces, como último recurso, se arrodilló ante el presidente.
Pero ni su llanto, ni su belleza, ni su desesperación…
lograron cambiar el destino.
El final… y lo que quedó
Maximiliano murió. Su sueño terminó al amanecer del 19 de junio de 1867. Y con él… también el de la princesa.
Antes de marcharse, cuentan que en su habitación, presa de la desesperación…
derribó su perfumero.
El suelo bebió la esencia. Pero el aire…
el aire la guardó.
El misterio que aún respira
Desde entonces…
quienes han habitado aquella estancia aseguran algo inquietante:
Cada año…
entre el 14 y el 19 de junio…
sin flores, sin frascos, sin explicación alguna…
el lugar vuelve a oler a rosas.
No fuerte…
no invasivo…
sino como un recuerdo.
Como una despedida que nunca terminó de darse.
Mire usted… el amor es cosa seria, pero también es caprichoso.
Y hay quienes aman con tal intensidad…
que ni la muerte ni el fracaso logran apagar lo que dejan atrás.
Pero también le digo algo…
cuando un perfume vuelve sin motivo…
no siempre es recuerdo…
a veces…
es visita.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de José Guadalupe Ramírez Álvarez
Leyendas de Querétaro, 1967.
