
Mis queridas almas lectoras, cuando el viento del Golfo sopla entre las piedras antiguas de Campeche, no sólo trae consigo sal y memoria, sino también susurros que parecen brotar de los muros mismos. Allí, en lo alto del cerro donde se alza el viejo castillo de San Miguel, hay quienes aseguran que la historia no duerme… y que ciertas noches, la oscuridad recuerda.
Fue en ese lugar, donde la piedra ha visto pasar siglos de vigilancia y abandono, que ocurrió un episodio tan extraño como aleccionador, uno de esos relatos que bien podrían arrancar una sonrisa… si no fuera por la inquietud que deja en el alma.
Una hermandad en las sombras
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que en tiempos no tan lejanos, cuando el castillo de San Miguel aún yacía en ruinas, cubierto de hierba y habitado por alimañas, un grupo de hombres subía en secreto por la ladera antes del amanecer.
No eran soldados ni curiosos. Eran hombres maduros, silenciosos, que se alumbraban con lámparas de viento y evitaban toda mirada ajena. Se decía que formaban una hermandad de hechiceros, estudiosos de artes oscuras, quienes durante años se reunían cada viernes para intercambiar conocimientos prohibidos.
Aquella madrugada, habían decidido ir más allá.
El ritual en el aljibe
Al penetrar en el torreón, descendieron hasta el fondo de un aljibe seco, un espacio olvidado por la luz y la razón. Allí limpiaron el sitio, trazaron un círculo en la tierra y colocaron en el centro una piedra gris, que según sus creencias serviría de puente entre el mundo terrenal y el abismo.
Sentados en torno a ella, comenzaron a entonar cánticos bajos, casi como susurros de ultratumba. El líder del grupo, con voz solemne, invocó nombres antiguos, llamando a entidades que no suelen responder a los hombres.
Pero el silencio fue su única respuesta.
Durante horas permanecieron inmóviles, clavando la mirada en la piedra. Nada ocurrió. Y como bien diría un viejo del pueblo: “no todo lo que se llama, quiere ser encontrado.”
El fracaso y la obstinación
No conformes con el fracaso, regresaron en otra ocasión, esta vez al caer la tarde. Repitieron cada paso con precisión, convencidos de que el error había sido de forma, no de fondo.
Pero nuevamente, la noche guardó sus secretos. Sólo los murciélagos, molestos por la invasión, rompieron el silencio con su inquieto revoloteo.
Fue entonces cuando uno de los suyos, versado en textos ocultos, aseguró haber descubierto la falla: el ritual debía realizarse a medianoche, cuando —según los antiguos tratados— los velos entre los mundos se adelgazan.
Y así lo hicieron.
La noche del encuentro
A la hora señalada, encendieron una fogata dentro del aljibe y arrojaron sustancias que pronto llenaron el aire de humo espeso y un olor sofocante. La respiración se volvió difícil, pero la fe en su propósito los sostuvo.
Entonces, en medio del trance, el líder susurró:
—Escuchen… el amo se acerca.
Un sonido comenzó a escucharse. Al principio leve, como un roce distante. Luego, más claro… algo se arrastraba en la oscuridad.
Los hombres, temblorosos pero devotos, se postraron rostro en tierra, aguardando la manifestación de aquello que tanto habían deseado ver.
El tiempo pareció detenerse.
Hasta que uno de ellos, vencido por la ansiedad, levantó la mirada.
Y entonces lo vio.
No era un rey infernal ni una figura de fuego y azufre… sino una enorme serpiente, que avanzaba lentamente desde una grieta, huyendo del humo que invadía su refugio.
—¡Una culebra! —gritó.
Y con ese grito, se rompió el hechizo… o tal vez la ilusión.
El eco de los testigos
El caos fue inmediato. Los hechiceros huyeron despavoridos, tropezando entre sí, como almas perseguidas por aquello que creían haber invocado.
Nunca volvieron.
Dicen que la hermandad se disolvió poco después, y que el aljibe de San Miguel no volvió a ser utilizado para tales fines. Quizá comprendieron, demasiado tarde, que hay fuerzas que no se manifiestan… porque no necesitan hacerlo.
O como diría un anciano con media sonrisa: “no todo lo oscuro viene del infierno… a veces viene de la ignorancia.”
Quien busca lo que no entiende, corre el riesgo de encontrar aquello que no desea. Y en ocasiones, el mayor susto no viene de lo sobrenatural… sino de descubrir cuán lejos puede llegar la necedad humana.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Guillermo González Galera, Campeche a través de sus Leyendas, 1984.
