
Mis queridas almas lectoras hay rincones de esta tierra donde la noche no es simplemente ausencia de luz, sino presencia de aquello que jamás debió despertarse. En los Altos de Jalisco, donde el viento acaricia las piedras antiguas y los callejones guardan secretos, existe un barrio que aún murmura historias que hielan la sangre. Allí, donde la fe y el temor caminan de la mano, se encuentra la Cantería… un sitio donde la realidad se vuelve frágil como la llama de una vela.
Voces en la cantina
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que cierta noche, en una cantina de San Miguel el Alto, un hombre llamado don Cleto, entre risas y tragos de tequila, insistía en aventurarse hacia el Barrio de la Cantería. Su voz, firme pero inquieta, buscaba compañía, pues bien sabía que el valor a solas suele desvanecerse como el humo.
Mas sus compañeros, hombres de campo y memoria larga, se negaban. No por cobardía, decían, sino por respeto a lo que ronda en esas calles cuando el reloj marca la hora más oscura.
Las brujas que vuelan en silencio
Se cuenta que en la Cantería Vieja, al filo de la medianoche, las brujas abandonan su forma humana. Elevándose con un extraño artefacto de luz mortecina, surcan los cielos dejando un sonido aterrador… un rechinar agudo, semejante al de tijeras que cortan el aire mismo.
Tras su vuelo, se transforman en bolas de fuego que ruedan por callejones y calzadas, hasta alcanzar el río. Allí, cruzando las aguas como ánimas condenadas, toman la forma de lechuzas grises, silenciosas y letales.
Dicen los viejos que no hay peor presagio que ver una de esas aves posarse en lo alto de un mezquite… pues no mira con ojos de animal, sino con la intención de un alma torcida.
El encuentro de don Nicolás
Fue en la huerta de don Nicolás, al borde del viejo puente, donde la leyenda se volvió carne y espanto. Aquella madrugada, mientras el hombre trabajaba la tierra, escuchó el inconfundible rechinar que hiela el espíritu.
Tomando su escopeta de chispa, disparó hacia la oscuridad… y un lamento desgarrador rompió el silencio. Allí cayó una lechuza, herida y temblorosa.
Sin comprender del todo, la cubrió con una canasta y continuó su labor, ignorando los quejidos que se extinguían con la llegada del alba.
La verdad bajo la canasta
Al despuntar el sol, don Nicolás levantó la canasta… y lo que vio le robó el aliento. No era ave alguna la que yacía allí, sino una mujer.
La reconoció de inmediato: una yerbera del barrio, silenciosa y apartada, de esas que conocen secretos que no se enseñan en la iglesia. Suplicante, la mujer pidió clemencia, jurando abandonar la hechicería y toda práctica oscura.
El hombre, dividido entre el temor y la compasión, decidió perdonarla. Pues como bien dicen los viejos: “El que perdona, se libra de cargar cadenas que no le pertenecen”.
El eco de los testigos
Muchos creen que la Cantería guarda estas sombras desde tiempos remotos. Allí habitaron antiguos pueblos que veneraban a entidades oscuras, como Tlacatecolotl, señor de la noche y mensajero de desgracias.
Desde entonces, dicen, los hombres y mujeres con conocimientos prohibidos aprendieron a transformarse, a volverse bestias de la noche… lechuzas, coyotes, sombras errantes.
Y así, entre rezos y advertencias, quedó grabada la frase que aún se repite en labios temblorosos:
“No hay que creer en las brujas… pero de que las hay, las hay.”
El miedo, muchacho, no siempre viene de lo desconocido… a veces nace de aquello que preferimos no aceptar. Y hay saberes que, por antiguos, no deben despertarse.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Fuente
Basado en la obra de José de Jesús Ortega Martín, Historias, crónicas y leyendas de Los Altos de Jalisco, 2018.
