
Mis queridas almas lectoras existen tierras donde la riqueza duerme bajo la piedra, aguardando el instante preciso para mostrarse ante los hombres. Guanajuato es una de ellas. Sus montañas, cubiertas por neblinas antiguas y caminos donde aún parece escucharse el paso de las acémilas, guardan relatos que nacieron entre fogones, relámpagos y codicia humana.
En las serranías del hoy llamado Mineral de La Luz, el destino cambió para siempre durante una noche tormentosa del siglo XVI. A veces, la fortuna llega silenciosa… y otras veces surge entre las cenizas ardientes de una fogata olvidada.
Una noche bajo la tormenta
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que al caer la tarde del 10 de junio de 1548, tres arrieros viajaban desde México rumbo a Zacatecas por el recién construido camino de Sebastián de Aparicio. Aquella ruta era larga, áspera y peligrosa; no faltaban salteadores escondidos entre las breñas ni fieras rondando las montañas.
Cuando el cansancio comenzó a vencerlos, eligieron descansar en un paraje elevado de las serranías cercanas a Guanajuato. Desde aquel sitio contemplaron un paisaje inmenso: montañas cubiertas de espesura, enormes riscos oscuros y una vasta llanura donde brillaban los ríos bajo la última luz del crepúsculo.
Pero el cielo ya anunciaba tempestad.
Los relámpagos comenzaban a rasgar las nubes mientras el viento arrastraba el olor húmedo de la lluvia. Los hombres reunieron piedras y leños, encendiendo lumbre con pedernal y yesca para preparar la cena y espantar el frío del relente.
Dicen los viejos que el monte escucha a los hombres hambrientos y responde con voces salvajes. Aquella noche se escucharon rugidos de jaguar y el aullido distante de los lobos montaraces. Las mulas resoplaban nerviosas, apiñándose unas contra otras mientras el fuego chisporroteaba bajo la tormenta lejana.
Sin embargo, el agotamiento pudo más que el miedo.
Los tres arrieros terminaron por dormir profundamente mientras el cielo continuaba iluminándose con relámpagos.
La plata nacida del fuego
El amanecer del día 11 de junio, festividad de San Bernabé, encontró despiertos a los viajeros preparando nuevamente sus cargas de ocote destinadas a las minas de Zacatecas.
Uno de ellos se acercó al fogón para avivar las brasas. Al soplar sobre la ceniza, notó algo extraño entre las piedras ennegrecidas. El calor había derretido un metal brillante que asomaba directamente desde la tierra.
Apartó la ceniza con desesperación y descubrió plata rosicler fundida por el fuego de la noche.
La sorpresa fue tan grande que los tres hombres comenzaron a revisar el terreno entero. Entonces comprendieron que el cerro estaba atravesado por una enorme veta de plata que afloraba casi en la superficie.
A veces la tierra revela sus tesoros a quien menos los busca. Pero como decía mi abuelo: “la riqueza que aparece de repente suele cobrar su precio con los años”.
Los arrieros olvidaron por completo su viaje a Zacatecas. Bajaron hasta un asentamiento cercano de indígenas chichimecas y solicitaron ayuda para comenzar las labores mineras. Los hombres trabajarían la tierra; las mujeres prepararían alimento para los recién llegados.
Cuando confirmaron la magnitud del hallazgo, acudieron a Yuririapúndaro para registrar oficialmente la mina. Desde entonces aquel sitio recibió el nombre de Mina de San Bernabé, pues en ese día había sido descubierta.
El nacimiento del Mineral de La Luz
Pasaron los años y los tres arrieros se volvieron hombres inmensamente ricos. Se casaron con mujeres de la región, formaron familias y levantaron hogares en aquellas montañas que antes sólo conocían el viento y el silencio.
Pero la fortuna es como caballo brioso: no todos saben montarlo sin caer.
Dos de los antiguos socios abandonaron Guanajuato para buscar fortuna en otras tierras. Algunos aseguraban haberlos visto viviendo con lujo en castillos de España. Otros juraban haberlos encontrado pidiendo limosna frente a la Catedral de Sevilla, contando entre lágrimas cómo piratas habían robado en alta mar el galeón que transportaba toda su riqueza.
El tercero permaneció en San Bernabé. Se volvió célebre por su riqueza y generosidad. Las crónicas afirman que deseaba colocar herraduras de plata a las mulas de carga y frenos de oro a los caballos de sus hijos.
Mandó fundir campanas gigantescas de plata y una de oro para los templos de la comarca. También regaló custodias, vasos sagrados y copones hechos del más fino metal precioso.
Así comenzó a crecer el poblado que con el tiempo sería conocido como Mineral de La Luz.
Ecos de insurgentes y revolucionarios
Con el paso de los siglos, aquellas montañas no sólo guardaron riqueza minera. También fueron escenario de guerras, rebeliones y sangre derramada.
En esos caminos combatieron los insurgentes de Francisco Javier Mina y Pedro Moreno contra las fuerzas realistas. Más tarde, las serranías presenciaron enfrentamientos entre republicanos y conservadores durante los años turbulentos de la nación mexicana.
Todavía durante la Revolución de 1910, los ecos de los disparos resonaron entre los cerros cuando el maestro y revolucionario Cándido Navarro luchó contra las tropas porfiristas.
No son pocos quienes aseguran que, en ciertas madrugadas cubiertas por neblina, todavía pueden verse sombras de jinetes atravesando los antiguos senderos mineros. Otros hablan de campanas invisibles que suenan entre la montaña cuando el viento sopla desde El Cubilete.
Porque hay lugares donde la historia nunca termina de morir.
El eco de los testigos
Hoy, el Mineral de La Luz permanece como un rincón cargado de memoria. Sus montañas conservan cicatrices de túneles antiguos, bocaminas olvidadas y senderos donde alguna vez caminaron arrieros soñando con fortuna.
Los ancianos del lugar aún señalan ciertos parajes donde la tierra parece brillar al amanecer después de la lluvia. Y no falta quien jure que la veta original de San Bernabé jamás fue agotada por completo.
Quizá la montaña todavía guarda parte de aquel tesoro… esperando nuevas manos o nuevas tragedias.
La riqueza puede convertir al hombre en señor… o en mendigo. Todo depende de si el corazón sigue siendo humilde cuando la fortuna llama a la puerta. Porque el oro deslumbra los ojos, pero también enceguece el alma.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Ezequiel Almanza Carranza, Leyendas Guanajuatenses, 1978.
