
Mis queridas almas lectoras, hay historias que el tiempo no logra sepultar bajo la tierra húmeda de los panteones ni entre las piedras antiguas de los callejones mineros. Existen relatos que sobreviven porque fueron pronunciados con verdad, y porque aún hoy, cuando el viento nocturno sopla entre los cerros de Guanajuato, parece que los muertos continúan caminando discretamente entre los vivos.
Dicen los viejos que una deuda puede perseguir a un hombre incluso después de haber cerrado los ojos para siempre. Porque hay almas que no descansan mientras su palabra permanezca incompleta. Y ya lo decía mi abuelo, fumando lentamente junto al brasero: “El pobre puede carecer de monedas, pero jamás debe carecer de honra”.
La enfermera de los callejones mineros
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que en los años en que las minas aún respiraban humo, sudor y rezos desesperados, vivía una mujer llamada doña Romana, conocida cariñosamente como Romanita. Era enfermera y partera, pero más que eso, era un alma bondadosa cuya vocación parecía haber sido bendecida por la propia Virgen.
Acudía sin demora a cualquier rincón donde se necesitara ayuda. Poco le importaba si el enfermo era rico o miserable; para ella, la vida humana tenía el mismo peso ante los ojos de Dios. Los médicos confiaban plenamente en su experiencia y las familias humildes la recibían casi como si fuese un ángel vestido de bata blanca.
En aquellos tiempos, las calles de Guanajuato eran estrechas venas de piedra por donde transitaban mineros ennegrecidos por el carbón, mujeres de rebozo oscuro y niños descalzos que crecían bajo la sombra de los cerros.
El nacimiento entre plegarias y neblina
Cierta noche, doña Romana fue llamada de urgencia hasta un serpenteante callejón enclavado en las laderas cercanas a las minas. Allí vivía Jesús Balandrán, un minero pobre cuya esposa estaba a punto de dar a luz.
La vivienda era humilde. Una lámpara de carburo iluminaba apenas las paredes manchadas de hollín y un antiguo grabado de Nuestra Señora de Guanajuato presidía la habitación principal. Mientras la mujer luchaba entre dolores y suspiros ahogados, Jesús permanecía arrodillado rezando con lágrimas en los ojos.
El tiempo se volvió eterno para aquel hombre.
Finalmente, la puerta se abrió y apareció el rostro sereno de doña Romana.
—Ya no se preocupe… todo salió bien. Ya es usted padre de otro futuro minero.
El hombre sintió que el alma le regresaba al cuerpo. Entre nervios y gratitud preguntó cuánto debía por el servicio. La suma ascendía a cincuenta pesos, cantidad considerable para alguien que apenas lograba sobrevivir bajo tierra.
Con vergüenza, Jesús mostró los pocos billetes que guardaba en su vieja cartera.
—¿Aceptaría usted la mitad por ahora?
Doña Romana, movida por la compasión, respondió con dulzura:
—No me pague todavía. Ya lo hará cuando pueda.
Pero el minero insistió en entregar veinticinco pesos. La honra, incluso en la pobreza, era un tesoro que muchos defendían con la vida.
Y mientras el recién nacido lloraba en la habitación contigua, la imagen de la Virgen parecía observar aquella escena con maternal indulgencia.
La tragedia en la mina de El Pingüino
Pasaron los meses y el recuerdo de aquella deuda quedó perdido entre el constante trabajo de la enfermera.
Hasta que una mañana, el grito de un papelero rompió la tranquilidad de las calles:
—¡Muerto en un derrumbe el minero Jesús Balandrán, en la mina de El Pingüino…!
Doña Romana sintió un estremecimiento.
Recordó inmediatamente el rostro agotado de aquel hombre honesto. Entristecida, elevó una oración por su alma y decidió perdonarle definitivamente el dinero pendiente. Después de todo, pensó, bastante había sufrido ya aquel pobre hombre en vida.
Mas hay asuntos que los muertos no permiten resolver tan fácilmente.
Porque el deber pesa igual sobre los vivos y sobre los difuntos.
La visita del aparecido
A la madrugada siguiente, alguien llamó a la puerta de la enfermera.
Doña Romana despertó sobresaltada, aunque pensó que quizá se trataba de algún sueño provocado por el cansancio. Sin embargo, la noche posterior los golpes volvieron a escucharse, esta vez más insistentes.
La ciudad atravesaba tiempos peligrosos. Corrían rumores de asaltos y crímenes nocturnos. Temiendo abrir a algún delincuente, la mujer observó por la pequeña mirilla de la puerta y preguntó con cautela:
—¿Qué se ofrece?
Desde afuera respondió una voz grave y apagada:
—No tema, señorita… sólo vengo a traerle un encargo.
Aquella voz le resultó conocida.
Con manos temblorosas abrió lentamente la puerta… y el horror la dejó sin aliento.
Frente a ella, envuelto en una neblina extraña y mortecina, se encontraba Jesús Balandrán.
Su rostro parecía difuminarse entre la bruma, pero aún conservaba aquella expresión de angustia con la que seguramente la muerte lo sorprendió bajo las piedras de la mina. No caminaba como un hombre vivo; más bien parecía deslizarse silenciosamente, como si el aire mismo sostuviera sus pasos.
Doña Romana sintió que la sangre se le congelaba.
El mundo comenzó a girar y cayó desmayada.
La deuda de ultratumba
Cuando recuperó el conocimiento, la casa permanecía en absoluto silencio.
Pero algo había cambiado.
Sobre una pequeña mesa descansaban cuidadosamente acomodadas varias monedas. Al contarlas descubrió que completaban exactamente los veinticinco pesos restantes.
Ni uno más.
Ni uno menos.
Jesús Balandrán había regresado desde la muerte para cumplir su palabra.
Y cuentan que desde entonces, cada vez que un hombre en Guanajuato promete pagar una deuda, los viejos recuerdan aquella historia y murmuran con solemnidad:
“Hay compromisos que ni la tumba logra borrar”.
El eco de los testigos
Durante años, los habitantes de aquellos callejones aseguraron escuchar pasos en la madrugada cerca de la antigua casa de doña Romana. Algunos decían haber visto una figura cubierta de polvo y neblina caminar lentamente rumbo a las minas.
Otros afirmaban que, ciertas noches húmedas, una lámpara de carburo aparecía encendida frente a la puerta de la enfermera, aunque nadie se hallaba allí para sostenerla.
Porque en tierras mineras, mis queridas almas, la muerte jamás ha sido una despedida completa. Las minas guardan secretos, promesas y lamentos atrapados entre sus túneles oscuros.
Y cuando una palabra empeñada permanece pendiente… hasta los muertos encuentran camino de regreso.
El dinero va y viene como agua entre los dedos, pero la palabra de un hombre queda grabada en la memoria de Dios y de los vivos. Quien cumple aún después de morir, quizá descansará más tranquilo que muchos que siguen respirando.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Gabriel Medrano de Luna, Como me lo contaron se los cuento: Leyendas de Guanajuato.
