
Mis queridas almas lectoras, hay tradiciones que el tiempo no logra derribar, aunque cambien los caminos, los gobiernos y hasta las lenguas de los hombres. Algunas ceremonias nacieron tan cerca del cielo, que pareciera que todavía conservan el eco de los dioses antiguos entre sus cantos y tambores.
En las tierras perfumadas por vainilla de Papantla, donde la niebla baja al amanecer como si quisiera cubrir antiguos secretos, existe una danza capaz de estremecer el corazón del más incrédulo. Los hombres ascienden por un enorme mástil, miran la tierra desde las alturas y luego se lanzan al vacío mientras el viento agita sus ropas como alas.
Pero detrás del espectáculo existe algo más viejo… algo más oscuro.
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que, hace siglos, ciertos Voladores fueron llevados vivos hacia el cielo del oriente y jamás regresaron siendo hombres.
El llamado de los antiguos dioses
Mucho antes de que las campanas españolas resonaran por aquellas tierras, los pueblos totonacas creían que la tierra respiraba, que los árboles escuchaban y que la lluvia obedecía la voluntad de fuerzas invisibles.
La sequía era considerada un castigo terrible. No había maíz, los ríos adelgazaban y el viento arrastraba polvo donde antes florecía la vida. Entonces los sabios reunían a los jóvenes más puros y castos del pueblo para ejecutar un rito capaz de conmover a los dioses.
Decían que el árbol elegido para el ritual no podía ser cualquiera. Debía ser el más alto, recto y fuerte del monte. Antes de cortarlo, los hombres danzaban alrededor suyo mientras ofrecían aguardiente, tabaco y plegarias. Porque el árbol también tenía alma… y un alma ofendida puede reclamar vidas.
Bien decía mi abuelo que “la naturaleza escucha incluso aquello que el hombre calla”.
El mástil que tocaba las nubes
Tras largas jornadas, el gran tronco era llevado hasta el centro del pueblo entre rezos y música de flauta. Ahí lo levantaban hacia el cielo como si fuera un puente entre el mundo de los hombres y el reino de los dioses.
En lo alto aguardaban cinco hombres: cuatro danzantes y el caporal.
El caporal tocaba un pequeño tambor y una flauta de carrizo. El tambor representaba la voz divina; la flauta, el canto de las aves sagradas. Mientras tanto, los cuatro voladores se preparaban para lanzarse de espaldas al vacío, atados únicamente por cuerdas enrolladas al mástil.
Cada giro tenía un significado. Trece vueltas por cada hombre. Cincuenta y dos vueltas en total. El número sagrado del ciclo solar mesoamericano.
No era un juego.
Era una conversación con el cielo.
Los hombres que desaparecieron entre las nubes
Cuentan los ancianos totonacos que, durante una antigua celebración, ocurrió algo imposible.
Los cuatro Voladores y su capitán ya se encontraban en la cima del palo ritual cuando una ráfaga poderosa descendió desde el oriente. El mástil crujió. Las cuerdas comenzaron a girar solas. Y de pronto, frente a los ojos aterrados de la multitud, los danzantes fueron elevados hacia el cielo.
Subieron lentamente entre neblina y relámpagos, como si las nubes los hubieran reclamado.
Pasaron varios días sin noticias de ellos.
Entonces, una mañana, algunos aseguraron haber visto enormes aves humanas volando sobre las montañas. Eran los Voladores… o aquello en lo que se habían convertido. Intentaron regresar al mástil, pero éste había sido derribado tras la fiesta. Incapaces de posarse, volvieron a elevarse rumbo al oriente hasta desaparecer para siempre.
Desde entonces, muchos pueblos del golfo de México mantienen la regla de jamás tirar inmediatamente el palo volador después de la ceremonia.
Porque hay viajeros del cielo que podrían intentar volver.
El músico de la flauta encantada
En otra versión de la leyenda, relatada entre pueblos nahuas de la sierra, se habla de un joven despreciado por sus propios hermanos.
Era un muchacho silencioso que pasaba los días tocando una flauta extraña. Sus hermanos lo llamaban perezoso y lo humillaban constantemente. Pero ignoraban que aquella música poseía un poder sobrenatural.
Un día, el joven convenció a sus hermanos de realizar el ritual del Volador. Todos subieron al enorme mástil y comenzaron el descenso ceremonial. Pero eran tantos, que desde abajo parecían una gigantesca flor abriéndose en el aire.
Entonces el muchacho comenzó a tocar su flauta.
La melodía atravesó las montañas y alcanzó las nubes.
Uno a uno, los danzantes fueron elevados hacia el cielo del Sol naciente hasta desaparecer entre tormentas. Los antiguos afirmaban que se transformaron en espíritus del trueno y guardianes de la lluvia bajo el mandato del misterioso señor 9 Viento, Chicnahui Yeyécatl.
Desde entonces, cuando las tormentas sacuden los montes de Veracruz y Puebla, algunos ancianos aseguran que todavía puede escucharse una flauta perdida entre el estruendo de los relámpagos.
Los dioses de la lluvia
Otra historia aún más antigua cuenta que hubo un año tan seco que la tierra comenzó a morir.
Los hombres buscaron a un gran adivino, quien les ordenó realizar una ceremonia inmensa para pedir lluvia. Durante veinte noches, los Voladores permanecieron encerrados en oración, evitando cualquier tentación humana para purificar su espíritu.
El día del ritual subieron al mástil y se lanzaron al vacío.
Pero jamás tocaron tierra.
Desaparecieron rumbo al cielo oriental y el pueblo cayó en tristeza. Sin embargo, doce días después comenzó a llover. Primero suavemente… luego con una fuerza descomunal durante ocho días completos.
El adivino reveló entonces la verdad:
Los Voladores habían viajado al océano del oriente para traer agua a los hombres. Ya no eran mortales. Ahora sostenían los cuatro rincones del mundo convertidos en dioses de lluvia, niebla, relámpago y tormenta.
Quizá por eso, cuando el viento sopla fuerte alrededor del palo volador, algunos sienten que algo invisible gira todavía entre las alturas.
El ritual que sobrevivió al tiempo
Con los siglos llegaron nuevos gobiernos, nuevas religiones y nuevas costumbres. Muchos ritos antiguos desaparecieron como humo de copal bajo la lluvia.
Pero los Voladores permanecieron.
Hoy, en plazas y ceremonias de Papantla, los hombres-pájaro siguen ascendiendo al cielo mientras los visitantes observan maravillados. Algunos miran la danza como espectáculo. Otros la entienden como una tradición turística.
Pero quienes conocen las viejas historias saben que ahí arriba todavía se honra un pacto antiguo entre la tierra y los dioses.
Porque hay ceremonias que sobreviven no por costumbre… sino porque algo sagrado aún las sostiene.
Hay hombres que suben muy alto creyendo que dominan el cielo, y hay otros que entienden que sólo son visitantes en él. El orgullo cae rápido; la reverencia, en cambio, suele regresar convertida en bendición.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la narrativa y relatos populares.
