
Mis queridas almas lectoras, pocas historias provocan un silencio tan pesado como aquellas donde la amistad termina convertida en sepultura. Las viejas ciudades mexicanas guardan secretos entre sus callejones, pero algunos de ellos todavía parecen respirar cuando cae la noche y el viento golpea las ventanas antiguas.
San Luis Potosí, orgullosa ciudad de comerciantes, artesanos y viajeros, conoció durante el siglo XIX una tragedia tan cruel que los habitantes terminaron llamándola simplemente: La Tragedia de los Franceses. Y no era para menos. Lo ocurrido dejó heridas profundas en la memoria de los potosinos, al grado de que durante muchos años hubo quienes evitaban pasar frente a aquella casa cuando el reloj marcaba las ocho de la noche.
Porque hay crímenes que matan personas… y otros que condenan para siempre el alma de quienes los cometen.
El prestigio de los sastres franceses
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que en aquellos años vivía en la plaza principal de San Luis Potosí un reconocido sastre francés llamado Enrique Androis, hombre trabajador, respetado y apreciado entre la sociedad distinguida de la ciudad.
Su taller era conocido por la elegancia de sus prendas y por la honradez de quienes allí laboraban. Tiempo después, Androis aceptó como socio al joven Juan Waskemen, muchacho extranjero de origen francés y alemán, trabajador y aún sin fortuna propia.
Ambos prosperaban lentamente mientras otros compatriotas franceses frecuentaban el negocio: el sombrerero Carlos Nicolás Biet y el carpintero Domingo Larivois.
Lo que parecía una amistad nacida del paisanaje extranjero, terminó convirtiéndose en el inicio de una desgracia.
Porque decía mi abuelo que “cuando la codicia entra por la puerta, la amistad suele escapar por la ventana”.
El origen del crimen
Larivois comenzó a obsesionarse con las riquezas de Androis. Sabía dónde guardaba sus alhajas, conocía sus costumbres y entendía perfectamente cuándo quedaba solo.
Al principio quiso únicamente robarlo, pero pronto comprendió que un hombre vivo podía reconocer a su verdugo.
Así fue como el pensamiento del robo se transformó lentamente en asesinato.
Larivois buscó cómplices entre sus compatriotas. Algunos rechazaron horrorizados la propuesta, pero el sombrerero Biet, hombre débil de carácter y fácilmente influenciable, terminó cediendo después de insistencias constantes y noches de alcohol y dominó.
Sin embargo, los asesinos temían algo más: el joven Waskemen podía sospechar de ellos.
Y entonces decidieron matarlo también.
La casa de la Lagunita
Para consumar el crimen, Larivois rentó una pequeña casa cercana a la plazuela de la Lagunita. Allí prepararon una sepultura improvisada en la cocina.
El domingo 22 de octubre de 1837 invitaron a Waskemen a comer y beber. Durante el paseo por la Calzada de Guadalupe le hablaron de unas supuestas mujeres hermosas que los esperarían aquella noche.
El joven aceptó.
Ya entrada la oscuridad llegaron a la casa rentada. Larivois fingió entrar primero para anunciar la visita a las imaginarias muchachas. Pero en realidad esperaba escondido detrás de la puerta con un grueso palo de mezquite.
Cuando Waskemen cruzó el umbral recibió un brutal golpe en la cabeza.
Lo arrastraron inconsciente hasta la cocina y allí le dieron cuatro puñaladas en el pecho antes de enterrarlo.
La tierra apenas cubría el cuerpo cuando los asesinos regresaron tranquilamente a jugar dominó y beber ponche con otros franceses.
Tal vez por eso la gente antigua desconfiaba de los silencios demasiado tranquilos después de una noche de fiesta.
La muerte de Enrique Androis
Aún faltaba consumar el crimen principal.
Androis acostumbraba quedarse solo por las noches mientras sus criados salían a cenar. Esa rutina fue aprovechada por los asesinos.
Larivois entró primero a la sastrería y fue recibido con alegría por el propio Androis, quien incluso le mostró una carta llegada desde Bordeaux y le ofreció compartir una copa.
Poco después entró Biet.
Los tres hombres brindaban amistosamente cuando llegó la señal acordada.
Biet sujetó al sastre por detrás mientras Larivois sacó la misma daga usada contra Waskemen y la hundió en el pecho de Androis.
El hombre cayó herido mortalmente, pero los asesinos continuaron atacándolo con furia hasta dejar diecisiete heridas en su cuerpo.
Luego robaron dinero y alhajas, apagaron las luces y regresaron a casa de Biet para continuar jugando dominó como si nada hubiese ocurrido.
Hay hombres capaces de limpiar la sangre de sus manos… pero jamás logran limpiar la sangre de su conciencia.
El espanto de los criados
Cuando los sirvientes regresaron encontraron la casa completamente oscura.
La recamarera encendió una vela y caminó hacia la alcoba de su amo creyendo que descansaba.
Entonces vio el horror.
Androis yacía sobre el suelo en medio de un enorme charco de sangre. Cerca de él había fragmentos de copas rotas mezcladas con vino y muerte.
La mujer lanzó un grito aterrador que despertó a los vecinos.
Corrieron entonces a buscar ayuda precisamente en casa de Biet, sin imaginar que el hombre que fingía sorpresa frente a ellos era uno de los asesinos.
El remordimiento del sombrerero
El crimen parecía perfecto. Las sospechas recayeron sobre el desaparecido Waskemen y las autoridades comenzaron a buscarlo creyéndolo culpable.
Pero el remordimiento es un fantasma que no deja dormir. Aquella misma noche, Biet confesó todo a su esposa entre lágrimas desesperadas. Le contó cómo Larivois lo había convencido, cómo habían matado a ambos sastres y cómo ya no soportaba vivir con semejante culpa.
Intentó suicidarse con la misma daga usada en los asesinatos. Su esposa y su pequeña hija lograron detenerlo mientras lloraban abrazadas a él.
Pocas escenas deben haber sido tan dolorosas como aquella familia rota por el horror y el arrepentimiento.
La mujer pidió ayuda al profesor Juan Balbontín, quien discretamente avisó a las autoridades.
Poco después llegaron soldados a detener al sombrerero.
Desesperado, Biet intentó arrojarse desde los corredores de la casa para morir, pero sobrevivió y fue llevado a prisión.
El juicio y el final de los asesinos
Durante el cateo aparecieron las alhajas robadas y Biet terminó confesando completamente el crimen, revelando además dónde estaba enterrado Waskemen.
Larivois negó siempre su participación pese a todas las pruebas.
La noticia estremeció profundamente a la sociedad potosina. La gente hablaba del caso en mercados, fondas y corredores. Cada vecino añadía detalles nuevos, y pronto la tragedia se volvió una especie de novela sombría que recorría toda la ciudad.
El juicio avanzó con rapidez extraordinaria.
Finalmente, ambos criminales fueron condenados a muerte y fusilados el 31 de octubre de 1837 frente a la casa donde había vivido el sastre Androis.
Dicen algunos viejos relatos que durante mucho tiempo hubo quienes aseguraban escuchar pasos y murmullos franceses cerca de aquella esquina cuando la noche se ponía demasiado silenciosa.
Y aunque quizá sólo fueran rumores nacidos del miedo… las ciudades antiguas suelen recordar mejor que los hombres.
El eco que dejó la tragedia
La historia no terminó con el fusilamiento.
La viuda de Biet abandonó San Luis Potosí junto con su pequeña hija, avergonzada y destrozada por la desgracia.
Los potosinos, pese al horror causado por el crimen, reunieron dinero para ayudarlas. Porque antiguamente la gente entendía que la culpa de un hombre no siempre debía convertirse en condena para toda una familia.
Con el paso de los años, aquella tragedia terminó mezclándose con las leyendas urbanas de San Luis.
Todavía hoy algunos cronistas afirman que las viejas casas donde ocurrieron los hechos conservan una sensación extraña, pesada… como si el remordimiento hubiese quedado atrapado entre los muros.
Y eso, mis queridas almas lectoras, suele ocurrir cuando la ambición abre la puerta a la muerte.
“El ladrón teme a la justicia… pero el asesino termina temiendo hasta al silencio.”
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Manuel Muro, Miscelánea Potosina, 1903.
