
Guadalajara no siempre fue la ciudad luminosa y bulliciosa que hoy conocen. Hubo un tiempo —de esos que ya sólo recuerdan los abuelos y las piedras viejas— en que el silencio caía pesado al ponerse el sol, y las calles quedaban vacías como si la vida misma se escondiera tras las puertas cerradas.
Yo, que he caminado entre vivos y muertos desde antes de que el siglo XX aprendiera a contar sus pecados, doy fe de que hubo noches en que el miedo tenía nombre… y colmillos.
El terror en las calles de Guadalajara…
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que todo comenzó de manera discreta, casi imperceptible. Primero fueron los animales callejeros: perros y gatos amanecían tiesos, con el cuello marcado por dos pequeños orificios, secos como si la vida les hubiera sido sorbida hasta la última gota.
Después siguieron los vagabundos, almas olvidadas a las que pocos lloraban, pero que comenzaron a caer uno a uno, siempre con la misma señal maldita en la garganta.
No pasó mucho tiempo antes de que el horror se volviera democrático. Gente de toda condición empezó a morir, y Guadalajara entera quedó atrapada en una espiral de terror. Nadie salía tras la puesta del sol. El comercio cerró, las visitas familiares cesaron y hasta el vecino más amable empezó a mirar de reojo al de enfrente.
El rumor se esparció más rápido que la razón:
—No es un asesino común… es un vampiro.
La ciudad sitiada por el miedo
Las autoridades, rebasadas y sudorosas, convocaron a todo aquel que dijera saber algo del asunto. Llegaron charlatanes, aficionados al ocultismo, vende-amuletos y falsos expertos que hablaban mucho y sabían poco.
La muerte, entretanto, seguía cobrando su cuota nocturna.
Hasta que apareció un hombre distinto. Alto, seco de palabras y con mirada de quien ya había visto lo innombrable. Él habló claro, sin adornos, como me gusta a mí:
—Al vampiro no se le encierra. Se le destruye.
Explicó dos caminos. El primero: hallar su guarida y quemarla, obligándolo a salir a la luz del sol. El problema era evidente: nadie sabía dónde se ocultaba la criatura.
El segundo método era más cruel… pero efectivo: matarlo de hambre.
El desierto humano
La ciudad entera se convirtió en una trampa. Durante días y noches, nadie —ni hombre, ni mujer, ni niño, ni animal— salió a las calles. Guadalajara fingió estar muerta para que el muerto viviente se delatara.
Las familias acopiaron provisiones y se encomendaron a sus santos.
Tras casi dos semanas, al caer el sol, lo vieron.
La captura del condenado
Un hombre alto y enjuto avanzaba con torpeza por las calles periféricas, lento, desesperado, con el hambre pintada en los huesos. El cazador lo reconoció al instante. Vecinos armados con cruces, estacas y más valor que juicio lo rodearon.
El vampiro intentó atacar, pero la fuerza del número lo venció. Fue reducido, amarrado y llevado ante quienes ya no dudaban de su naturaleza.
—No se deja vivir al vampiro —sentenció el cazador—. Si se le perdona, volverá… y acabará con todos.
El castigo final
La ejecución fue rápida y brutal, como exigen estas cosas.
Una estaca verde le atravesó el corazón. Fue decapitado. Su cuerpo, finalmente, reducido al fuego.
Los más viejos de Guadalajara —y yo los escuché— juraban que aquella estaca tenía un color antinatural, casi vivo. El cazador recibió una paga cuantiosa reunida entre todos… y luego desapareció, como suelen hacerlo los hombres que saben demasiado.
La tumba que no duerme
Aquí es donde la historia se vuelve terca y peligrosa. Contra toda recomendación, los restos no fueron dispersados. Las cenizas fueron enterradas en el camposanto más antiguo de la ciudad: el Panteón de Belén.
Algunos dicen que, al día siguiente, la estaca se transformó en un árbol gigantesco que rompió la cripta desde dentro. Otros aseguran que las cenizas se aferraron a un árbol cercano, que empezó a crecer con furia, como queriendo liberar a lo que duerme debajo.
La tumba fue cercada con hierro forjado. Nadie puede acercarse. Los brotes que asoman son quemados por el cuidador, porque —así lo dicen los más viejos— el día que ese vampiro despierte… Guadalajara conocerá su fin.
No toda tumba guarda descanso, mis queridas almas. Algunas sólo contienen paciencia.
Y hay males que no mueren… sólo esperan.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Ediciones Horus,
Leyendas de Guadalajara.
