
En los años en que la Nueva España parecía dormir en una calma de convento, cuando la autoridad se sostenía más por prestigio que por pólvora, nadie imaginaba que Guanajuato —ciudad de plata y rezos— sería escenario de un castigo tan brutal que la fe popular terminaría por santificar una cabeza cercenada.
Yo lo supe de labios viejos, de voces que ya no están…
y como todo lo que se recuerda con miedo, se volvió leyenda.
En aquel Guanajuato
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que en aquellos tiempos del Rey Carlos Tercero, cuando el ejército comenzó a nacer del pueblo mismo, el orden dejó de ser costumbre y se volvió imposición. Mineros, indios, mestizos y mulatos cambiaron la barreta por el fusil, y sin notarlo, el suelo mexicano se convirtió en campamento.
Guanajuato hervía. La riqueza de la Valenciana atraía sudor, ambición y hambre.
Y cuando el Visitador José de Gálvez impuso los estancos, la leva y la obediencia ciega, el pueblo estalló.
El motín y la furia
Una mañana, sin aviso ni campana, los cerros se llenaron de hombres armados con palos, piedras y rabia. Cercaron las Casas Reales gritando:
—¡Viva el Rey!
—¡Muera el mal gobierno!
—¡Abajo los estanquillos!
No era traición… era hartazgo.
Ni alcalde, ni cabildo, ni sotana lograron calmar al torrente humano. Tres días duró el caos. Tres días en que el miedo cambió de bando.
El escarmiento
Cuando Gálvez llegó, no trajo palabras: trajo sentencia.
Procesos sumarios.
Tormentos.
Decapitaciones.
Las cabezas fueron clavadas en escarpias, expuestas al sol y al espanto, para que el pueblo aprendiera a obedecer sin preguntar.
Entre ellas, una destacó.
Juan Cipriano
Minero.
Indio.
Hombre del pueblo.
Su mujer imploró. Llevó gallinas, lágrimas y niños.
Gálvez no aceptó nada.
Solo dejó caer un doblón en su mano.
Al amanecer, en el cerro de Buena Vista, la cabeza de Juan Cipriano quedó colgada para siempre.
La fe nace del horror
Pero el pueblo —terco y devoto— no vio castigo.
Vio martirio.
Le llevaron flores.
Velas.
Rezaron.
Decían que curaba, que protegía, que escuchaba.
Y al callejón empinado y estrecho por donde subían los romeros, comenzaron a llamarlo El Callejón de la Cabecita.
Y así, donde el gobierno quiso sembrar miedo, el pueblo sembró fe.
Dicen los viejos que cuando la injusticia es demasiado grande, el pueblo inventa santos donde el poder puso verdugos.
No por rebeldía…
sino por necesidad de esperanza.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Ezequiel Almanza Carranza,
