
Hay ríos que refrescan el cuerpo… y otros que enfrían el alma. En Chiapas, tierra de selvas hondas, calor antiguo y rezos aprendidos de memoria, corre un afluente que parece manso a plena luz del día. Pero cuando cae la noche, cuando el canto de los grillos se vuelve insistente y la luna apenas se atreve a mirarse en el agua, ese río se transforma en frontera.
El Río Sabinal, que cruza silencioso la vida de Tuxtla Gutiérrez, no solo ha dado de beber y bañar a generaciones enteras; también ha cobrado algo a cambio. No monedas ni ganado… sino la razón de quienes olvidaron el respeto.
La leyenda
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que cuando el sol se esconde y el río queda solo, una figura emerge de entre las aguas. No es sombra ni reflejo: es una mujer. Alta, de andar suave, con una hermosura que no pertenece a este mundo. Su piel parece encenderse con la luz lunar, y su presencia despierta deseos que el hombre decente aprende a callar.
Desde hace décadas —algunos dicen que desde siempre— los viejos del lugar advertían a los jóvenes:
“No se acerquen al Sabinal de noche, menos si van solos, menos aún si llevan malas intenciones.”
Pero ya se sabe: la juventud escucha… y desobedece.
Quienes se aventuraban al río buscando frescura o atajos nocturnos comenzaban a oír silbidos. No eran de ave ni de viento. Eran llamados. Primero suaves, luego insistentes, rodeando al incauto como si el agua misma respirara.
Entonces aparecía ella.
La Tisigua no se acerca. Nunca. Sale del agua y se aleja lentamente, como si invitara a ser seguida. El hombre, enceguecido por el deseo, va tras ella. No piensa. No mide. No recuerda advertencias. La sigue entre matorrales, espinas y garfios que desgarran la piel. Ella avanza ilesa. Él sangra… y continúa.
A ratos, la mujer regresa a la poza. El perseguidor se lanza tras ella, creyendo que al fin la alcanzará. Hay besos, dicen algunos; abrazos que encienden el pecho y confunden la cabeza. Luego, otra vez la huida.
Hasta que llega el momento final.
La Tisigua toma agua lodosa del río, la arroja sobre el hombre, lo cubre de suciedad y olor a azufre, y entonces ríe. No una risa alegre… sino burlona, hueca, como carcajada de huesos chocando. Aplaude, se mofa, y desaparece.
Quien sobrevive a ese encuentro jamás vuelve a ser el mismo.
El joven del Señor de Esquipulas
Cuentan que todo quedó marcado el día en que un muchacho, alistado para la velación del Señor de Esquipulas, decidió bañarse en el río antes del baile. Su madre le advirtió que no tardara. Él rió.
Mientras se enjabonaba sobre raíces gruesas, oyó los silbidos. Cambiaban de lugar, lo rodeaban. Cuando logró abrir los ojos, ella ya estaba ahí, saliendo del agua.
La siguió. Cayó entre espinas. Sangró. No se detuvo.
En la poza, la mujer tomó su sombrero de palma, lo llenó de agua turbia y se lo colocó en la cabeza. El líquido escurría espeso, con olor a azufre. Ella reía y aplaudía como niña cruel.
El joven volvió a casa de madrugada, empapado, perdido. Nunca volvió a hablar bien. Nunca volvió a mirar a los ojos. Un curandero rezó durante horas… en vano. Desde entonces vagaba por calles y ranchos, con la boca entreabierta y la mirada vacía.
¿Quién es la Tisigua?
Algunos dicen que su nombre viene del náhuatl y significa “Mujer de Fuego”, no por las llamas, sino por la sensualidad que quema y consume. Otros aseguran que es la Mala Mujer, castigo para quienes confunden deseo con derecho.
No faltan quienes afirman que la historia fue inventada por los ancianos para asustar a los jóvenes.
Pero yo, que he conversado con aparecidos y fantasmas de toda laya, le digo a su mercé algo claro y sin rodeos:
Las leyendas no nacen de la nada.
En mis tiempos de carne —allá por el cambio de siglo— se sabía que el río se respetaba, la noche se caminaba con cuidado y el deseo se guardaba con vergüenza. Hoy muchos creen que todo es juego… hasta que el agua responde.
No todo lo bello es bueno.
No todo lo que llama quiere ser alcanzado.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Es una versión creada por El Cronista Garbancero
a partir de la leyenda popular.
