
El desierto no está muerto, no señor. Respira lento, guarda secretos bajo su costra reseca y, de cuando en cuando, habla… pero no con palabras suaves, sino con rugidos que nacen desde lo hondo de la tierra. Así ocurrió en Tlahualilo, en la vasta región lagunera, cuando un día —fecha que nadie supo ni quiso precisar— la tierra tembló donde jamás tiembla, y el miedo se coló en los huesos de los hombres como el frío de madrugada.
No fue un simple estremecimiento. Fue un aviso. Un recordatorio de que hay fuerzas antiguas que no duermen, y que el Diablo, cuando se aburre, gusta de jugar con los pueblos confiados.
La tierra se movió
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que aquel día el suelo rugió como bestia herida. Del fondo de la tierra brotaron sonidos imposibles, profundos, ásperos, como si algo gigantesco se arrastrara bajo los pies de los pobladores.
Las casas crujieron. Los animales huyeron. Las mujeres rezaron. Los hombres palidecieron. Nadie encontraba explicación, pues esa no era tierra de temblores.
Desesperados, los habitantes acudieron al más anciano del pueblo. Si alguien podía entender lo ocurrido, era él. La edad le había robado la fuerza, pero no la memoria.
La palabra del viejo sabio
El anciano escuchó en silencio. Bajó la cabeza. Pensó largo rato, como quien hurga en recuerdos que no son del todo suyos.
Finalmente levantó la mirada, cansada pero firme, y habló con voz grave, de esas que no admiten réplica:
—Es el Diablo, que quiere apoderarse de todos nosotros. Se ha columpiado, colgado de su cola, desde la cima de la Sierra de la Campana hasta la Mesa de San Juan. De ahí vienen los ruidos y el temblor.
No hubo risa. No hubo duda. Solo un silencio pesado. Porque cuando el viejo hablaba, el pueblo escuchaba.
La fe como única arma
La pregunta era sencilla y terrible:
¿Cómo se combate al Diablo?
La respuesta también lo fue: con fe. Como buenos cristianos, los pobladores decidieron dar batalla al mal. Colocaron enormes cruces en las cimas de los cerros señalados, tan grandes que podían verse desde leguas de distancia. Y no contentos con ello, clavaron otra cruz justo a la mitad de la línea recta que une los poblados de Rosas y Campana, como cerrándole el paso al maligno.
El temblor volvió. Una y otra vez. Pero ya no había pánico… había esperanza. Creían que tarde o temprano el Diablo, en su juego absurdo, tropezaría con alguno de esos santos maderos y encontraría su final.
Las peregrinaciones y las noches de vigilia
En las fiestas religiosas mayores, los cerros se llenaban de gente. Los danzantes subían primero, sacudiendo sonajas y penachos al ritmo monótono del tambor. Detrás, el pueblo entero caminaba rezando, implorando misericordia al cielo.
En las noches de luna llena, muchos se quedaban a velar. Esperaban ser testigos del momento exacto en que el Diablo, cansado de tanto columpiarse, cayera para no levantarse jamás.
Para darse valor corría el sotol y el mezcal. Para espantar el frío, se entonaban cantos cardenches, voces ásperas y desafinadas que se mezclaban con la bruma del alcohol y el aliento helado del desierto.
Yo los escuché… sí señor. Todavía resuenan en mis cuencas vacías.
La caída del columpio infernal
Tiempo después, cerca del poblado de Barcelona, la tierra se hundió de golpe. Se abrió un cráter de unos 150 metros de diámetro, y tras el estruendo brotó una nube espesa con olor a azufre, como polvo levantado por una caída vergonzosa y monumental.
Desde ese día, los ruidos y las trepidaciones cesaron.
—¡Bendito sea el Señor! —dijo el pueblo—.
El Diablo, después de tanto columpiarse, se había enredado con su propia cola y caído.
Una victoria que no fue completa
Las peregrinaciones continuaron, pero ya no para combatir, sino para celebrar. Sin embargo… la victoria fue relativa. Desde 1936, fenómenos naturales han seguido golpeando la región. Hoy la ciencia ofrece explicaciones, pero el daño ya estaba hecho: la bonanza se perdió y el caos se asentó en la comarca.
Y entonces surge la pregunta que aún flota en el aire caliente del desierto:
¿Seguirá el Diablo columpiándose?
Las leyendas no nacen de la nada, mis niños. Nacen del miedo, de la fe y de la necesidad humana de explicar lo inexplicable.
Cuando la ciencia no alcanza, el pueblo recurre al Diablo… o a Dios. Y en ese vaivén se balancea la memoria.
El desierto guarda silencio, pero nunca olvida.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Carlos Rubio Martínez,
Habla el Desierto. Leyendas de la Laguna
