
Hubo un tiempo —cuando el camino real aún crujía bajo las pezuñas de mulas y burros— en que la hospitalidad valía más que el dinero, y la limosna era ley divina. En esos años, las casas crecían como los recuerdos: por etapas, con lo que se podía, y siempre dejando un rincón para el viajero cansado.
En uno de esos rincones, en La Cañada, se sembró una historia que aún hoy se murmura en voz baja… porque hay favores que el más allá no olvida, y desprecios que se cobran con silencio eterno.
La casa del camino real
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que desde que el pueblo nació, la familia Martínez habitó una extensa propiedad junto al camino real. Su casa, rústica y levantada en distintas épocas, contaba con cuartos humildes, una cocina con fogón perpetuo y corrales donde convivían aves y ganado.
Por su ubicación, era paso obligado de arrieros provenientes de la Sierra Gorda, quienes dejaban allí sus recuas cargadas de leña, cal, carbón o fruta, para después vender poco a poco su mercancía en Querétaro.
No pagaban con monedas, sino con lo que traían: aguacates, pulque, miel, guajolotes o leña. Así, sin proponérselo, aquella casa se volvió posada de caridad.
Generaciones que pasan, costumbres que mueren
Los años pasaron. Los hijos sustituyeron a los padres, y los nietos a los abuelos. Lo mismo ocurrió con los arrieros. Pero un día dejaron de venir.
Las nuevas leyes y los camiones de motor acabaron con el oficio. La casa quedó en silencio. Los tejados, sin uso, fueron adaptados para ampliar la vivienda y construir un baño nuevo.
Y fue entonces cuando comenzaron las cosas raras.
El baño donde alguien espera
Primero fue una sensación: alguien más estaba ahí. Luego vinieron los ruidos, los objetos que se movían solos, el jarro de atole estrellándose sin manos que lo tocaran, la lumbre creciendo sin leña.
Los abuelos rezaban. Otros buscaban explicaciones. Pero Juan Pablo, el nieto menor, fue el único que habló claro:
—Ahí hay un señor… me habla.
El amigo invisible
Juan Pablo se negaba a entrar solo al baño. Decía que el señor estaba frente a él. Sus padres no veían nada. Un día, sin aviso, el niño entró solo… y salió sonriendo.
—Es muy bueno —dijo.
Desde entonces pasaba largos ratos platicando ahí dentro, riéndose solo. Para los adultos, aquello ya no era juego. Hablaban de médicos. De dinero que no tenían.
Dulces comprados con monedas imposibles
Un día Juan Pablo invitó a sus amigos a comprar dulces. Pagó con una moneda. Doña Rosita, la dueña del changarro, palideció al recibirla… y la escondió en su delantal.
Al día siguiente ocurrió lo mismo. Y al siguiente. Dulces en abundancia. Lunetas, chochitos, chicharrones. Hasta refrescos compraron con el cambio.
—¿Quién te da el dinero? —preguntaron.
—El señor.
El entierro que nunca fue
Las monedas brillaban demasiado para ser recientes. Un buscador de tesoros fue llamado. Las varas señalaron un punto. Cavaron. El pico golpeó algo hueco.
Era una caja.
Entonces tocaron a la puerta.
El limosnero de los pantalones rotos
María Eugenia abrió. Frente a ella estaba un pordiosero desarrapado, nunca antes visto.
—Una limosna.
—No hay dinero.
—Algo de comer.
—No queda nada.
—Entonces unos pantalones.
Le dio unos viejos. El hombre los rechazó con furia:
—Tienen las bolsas rotas… por ahí se me salen las monedas.
Al cerrarle la puerta, escuchó la sentencia:
—Le va a ir mal por agarrada.
El castigo
Volvieron a cavar.
La caja había desaparecido.
Juan Pablo jamás volvió a tener monedas. El señor nunca regresó. Del limosnero nadie volvió a saber nada.
Y desde entonces, en el pueblo se dice que la limosna negada se paga con tesoros perdidos.
Miren nada más… el muerto fue generoso, el vivo fue tacaño y el castigo cayó parejo. Porque en estos caminos viejos, la caridad no era cortesía: era ley no escrita. Y quien no daba al necesitado, tarde o temprano se quedaba sin nada… ni siquiera con lo que ya había encontrado.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra del Dr Jaime Zuñiga Burgos
Del libro Leyendas y relatos fantásticos de Querétaro
