
Hay pueblos donde el silencio pesa más que el ruido. San Francisco de los Blanco es uno de ellos.
Entre cerros ásperos, caminos de tierra y noches que parecen no terminar nunca, se escucha desde hace generaciones un llanto que no pide consuelo, sino justicia. No es el llanto de una mujer viva, sino el de un alma que no encontró reposo ni en la tierra ni ante Dios.
Aquí no hablamos de la Llorona de los libros ni de la que se repite en las ciudades grandes. Esta es la Llorona del campo, la que se aparece entre acequias, callejones y parajes solitarios; la que fue vista y reconocida por quienes no tenían motivo para mentir.
Y ahora, déjenme decirlo como debe decirse…
El relato
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que La Llorona fue, en vida, una muchacha soltera, joven y de buena presencia. Andaba con señores, como se decía entonces, y cuando de esas relaciones nacían hijos, ella no los reconocía. No quería que nadie supiera que era madre. No quería cargar con la vergüenza ni con la responsabilidad.
A los recién nacidos —dicen con voz baja— los echaba al agua o los abandonaba en el campo, donde el frío y la noche hacían lo que ella no se atrevía a mirar. Así pasó una vez… y otra… y otra más.
Hasta que un día, como le llega a todos, le llegó la muerte.
Pero cuando su alma se presentó ante Dios, no fue recibida. El castigo fue claro y sin rodeos: no entraría al descanso eterno hasta reunir a todos los hijos que había arrojado al olvido.
Desde entonces, vaga.
Por las noches se le escucha llorar:
—¡Mis hijos… mis hijos…!
No grita con rabia, sino con una pena tan honda que parece arrastrar la tierra misma.
Muchos aseguran haberla visto en El Saltito. Dicen que aparece como una muchacha vestida de blanco, guapa, alta, con el cabello largo trenzado. No flota ni se arrastra: camina, como quien busca con urgencia.
Recorre las calles del pueblo, se interna en el campo, cruza acequias y senderos. Su llanto no asusta al principio… entristece. Pero cuando se acerca demasiado, cuando su figura blanca se recorta en la oscuridad, el corazón se acelera y las piernas tiemblan.
Porque entonces uno entiende que no busca ayuda.
Busca lo que jamás debió perder.
Decían los viejos que esta Llorona no se aparece para espantar por gusto, sino para recordar. Que su historia era advertencia para las muchachas y para los hombres también, porque nadie sale limpio cuando se juega con la vida.
En el norte, donde la tierra es dura y la palabra pesa, esta leyenda se contaba sin adornos. Así, directa. Porque el castigo no fue inventado por el pueblo, sino por la conciencia.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla. Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Este texto es una versión creada por El Cronista Garbancero a partir de la leyenda popular, respetando la tradición oral y el espíritu con que fue transmitida.
