
Cuando el sol cae sobre Aguascalientes y el cielo se vuelve rojo como brasa viva, no hay quien no mire hacia el poniente. Ahí está el cerro, echado como un cuerpo cansado, inmóvil… pero atento.
No es un cerro cualquiera. No señor.
Es un recuerdo que no se deja olvidar.
Los abuelos decían que hay montes que son montones de piedra, y otros que son montones de historia, dolor y espíritu. El Cerro del Muerto pertenece a los segundos. Por eso impone. Por eso vigila. Por eso, cuando cae la noche, más vale no hablar de más.
El nacimiento del guardián
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que mucho antes de que existiera la ciudad, antes de las calles, antes del ruido y de las campanas, aquel lugar fue punto de reunión de pueblos antiguos: los chichimecas, los chalcas y los nahuatlacas. No llegaron como enemigos, sino como naciones que buscaban rumbo.
Con ellos venían tres sacerdotes, uno por cada pueblo. No eran hombres comunes: eran altos como ceibas, fuertes como cerros y majestuosos como dioses. Eran sabios, y también temidos, porque conocían los secretos del mundo invisible.
La Cantera y el acto prohibido
Al caer la tarde, cuando el sol comenzaba a esconderse, el sacerdote chichimeca habló poco y pensó mucho. Dijo que debía bañarse en las aguas calientes de La Cantera, esos manantiales antiguos que los pueblos sembraban como se siembra el maíz: con sal, agua y paciencia.
Pero aquel baño no era descanso… era rito.
Cuando el sacerdote se arrojó al agua, desapareció.
Y aquí comienza el miedo.
Los chichimecas esperaron. Sabían que los sacerdotes podían viajar entre mundos, como lo describió Sahagún: hombres capaces de mudar de forma, de espíritu viajero, mitad humanos, mitad otra cosa. Nahuales, pues.
Pero los días pasaron. Luego los meses. Y el sacerdote no volvió.
La guerra del error
La sospecha creció como espina. Los chichimecas pensaron que había traición. Que los chalcas habían roto el pacto. Y cuando el miedo se vuelve rabia, la razón se queda atrás.
Sin aviso, sin palabra previa, llovieron flechas.
Los chalcas, sorprendidos, pidieron auxilio a los nahuatlacas… pero estos dieron la espalda. El pleito no era suyo, dijeron. Así lo marcaban los antiguos códigos.
Y entonces, en medio del combate, ocurrió lo impensable.
El regreso del nahual
Entre el polvo, la sangre y el grito, apareció el sacerdote chichimeca. Venía transformado. No era del todo hombre, ni del todo espíritu. Había ido a sembrar manantiales, sí… pero también había cruzado umbrales que no todos regresan.
Gritó que se detuvieran.
Nadie escuchó.
Una flecha le atravesó el corazón.
Dicen que la tierra se tiñó de rojo, y que esa huella aún puede verse en el cerro cuando la tarde sangra. El sacerdote cayó, y con su cuerpo cayeron los suyos. No murieron solos: quedaron unidos.
Así se formó el Cerro del Muerto.
El cerro vivo y el tesoro maldito
Desde entonces, el montecillo no está vacío. Está lleno de almas.
En sus entrañas —dicen— guarda uno de los mayores tesoros de los antiguos chichimecas, encantado y protegido. No por casualidad, sino por maldición.
Hubo quien intentó explorarlo. Gobernantes, arqueólogos, hombres valientes… ninguno terminó bien. Unos escucharon voces. Otros perdieron la razón. Algunos no regresaron. Y los que regresaron, jamás volvieron a hablar.
Porque el cerro no está muerto.
Está vigilante.
El nahual guardián de la ciudad
De noche, cuentan, un gigante recorre la ciudad. Camina lento, firme, sin ruido. Revisa barrios, calles y recuerdos. Luego regresa a su lugar, antes del alba.
Es el sacerdote.
Es el nahual.
Es el guardián.
Así como los antiguos temían a los nahuales —seres capaces de cambiar de forma, de castigar la soberbia y proteger lo sagrado—, así se respeta aún al Cerro del Muerto. No se le desafía. No se le profana.
Porque él recuerda.
Yo he visto muchos cerros en mis años de hueso y polvo, pero pocos con tanta memoria. El Cerro del Muerto no es paisaje: es advertencia. Nos recuerda que esta tierra tuvo dueños antes de los mapas, antes de los nombres modernos, antes del olvido.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Como me lo contaron se los cuento. Leyendas de Aguascalientes,
Texto de Guadalupe Appendini,
