
En los tiempos en que el oro no solo compraba voluntades sino condenaba almas, hubo lugares cuyo nombre se susurraba con temor entre marineros, comerciantes y aventureros. Uno de ellos fue Oztoticpac, paraje montañoso ligado al Real de Resurrección, cuyas vetas de plata y oro brillaban más que la conciencia de quienes las ambicionaban.
No era mina cualquiera: su fama cruzó mares, atravesó tabernas infestadas de humo y llegó hasta oídos que jamás debieron escucharla.
Y es aquí donde la historia toma un cariz oscuro…
La noticia cruza el mar
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que la riqueza del Real de Resurrección fue tan desmedida que su eco alcanzó la lejana Isla de la Tortuga, refugio de piratas, corsarios y filibusteros que vivían del saqueo y la muerte.
Cuentan que en una taberna de ese lugar, entre ron barato y promesas de sangre, Francisco Drake, inglés audaz, y Tomás Cadisch, francés de mirada torva, sellaron un pacto infame: unir fuerzas para asaltar la mina novohispana. Cada uno aportaría dos carabelas y doscientos hombres, suficientes —según creían— para doblegar tierra y voluntad.
El viaje de la ambición
Meses navegaron aquellos hombres, dejando tras de sí barcos españoles hundidos y costas enlutadas. Donde pasaban, el mar se tragaba cuerpos y el viento llevaba gritos.
Cuando al fin arribaron a Bahía de Banderas, la mañana era tan limpia que parecía burla del destino: un cardumen de ballenas emergía del mar como presagio, aunque nadie quiso leer el augurio.
El pecado que lo echó todo a perder
Antes de internarse en las montañas, los piratas asaltaron un pequeño pueblo de pescadores. De allí se llevaron provisiones… y a una mulata, cuya belleza y carácter pronto encendieron los ánimos.
Fue ella —dicen— quien sembró la discordia. Por celos, disputas y miradas torcidas, los antiguos camaradas olvidaron pactos y comenzaron a matarse entre sí. El campamento se volvió infierno: gritos, acero, traición.
La retirada y el silencio
Al final, los hombres de Drake vencieron. El inglés, fuera de sí, mandó arrojar al fondo del océano a los responsables de la gresca. Pero la victoria sabía a derrota: había perdido demasiados hombres.
Así, sin tocar la mina, sin oro ni gloria, Drake ordenó la retirada. Las montañas de Oztoticpac quedaron intactas… pero no en paz.
Y aquí, a su mercé, es donde uno aprende que no todos los tesoros están hechos para ser desenterrados. Hay riquezas que se defienden solas, no con balas ni espadas, sino sembrando la discordia en el corazón humano.
Yo mismo he escuchado —en mis andanzas de ultratumba— que en esas montañas aún se oyen lamentos de hombres que nunca regresaron al mar.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Helia García Pérez (compiladora), Leyendas y personajes populares de Jalisco,
Información por Gabriel Pulido Sendis.
