
En Guanajuato, ciudad de cerros empinados y callejones que se tuercen como culpas mal confesadas, hay historias que no se cuentan por gusto, sino por advertencia. No todas las leyendas buscan asustar; algunas vienen a corregir, otras a recordar, y unas cuantas —las más peligrosas— a enseñar que ciertos pecados no se borran ni con agua bendita.
Entre esas historias vive la del Callejón del Condenado, una narración que durante años pasó de boca en boca gracias a una viejecita de voz temblorosa, mirada firme y memoria intacta: la tía Cenobia.
La viejecita de las pepitas y los cuentos
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que en el antiguo callejón de Tamboras vivía Cenobia, una anciana de esas que parecen haber nacido viejas, con el rebozo bien acomodado y el rosario siempre a la mano. Cada noche sacaba su banquito a la puerta de su casa y, por un centavo, ofrecía algo más valioso que cualquier dulce: historias verdaderas… o tan verdaderas como puede serlo una leyenda bien contada.
Los niños se le arrimaban en rueda, atraídos no solo por los relatos, sino por los pequeños puñados de pepitas tostadas que la anciana repartía mientras hablaba. Así, entre crujidos y susurros, empezaban las veladas.
—¡Tía Cenobia! —le gritaban—. ¡Cuéntenos un cuento!
Y ella, aclarando la garganta, siempre advertía lo mismo:
—Este que les voy a contar es muy cierto… porque lo vieron estos ojos que han de comerse la tierra.
Hace varios años…
…cuando Cenobia era niña, su abuela la llevaba a visitar a dos ancianas que vivían más arriba de los Hospitales. Aquellas pobres mujeres tenían un sobrino que era todo lo contrario a ellas: borracho empedernido, pendenciero de lengua sucia y holgazán de oficio.
Las tías lo querían con un amor ciego, de ese que perdona golpes y ofensas esperando un milagro. Pero él, lejos de agradecer, llegaba cada noche exigiendo dinero para el vicio, y cuando no lo obtenía, descargaba insultos y puñetazos.
Una noche, el hombre llegó más embrutecido que de costumbre. Al negarle las viejecitas el dinero —porque no lo tenían—, él las golpeó y salió furioso a la calle. Fue entonces cuando el cielo de Guanajuato se partió en dos.
La tormenta y la voz que no era de este mundo
Rayos, truenos y una lluvia desatada cayeron sobre la ciudad como si el juicio final hubiera adelantado la cita. Asustadas, las ancianas comenzaron a rezar las oraciones que se dicen cuando el cielo se enoja.
Y justo en el resplandor de un relámpago, lo vieron.
Su sobrino entró por la puerta… pero no era del todo él. Su voz sonaba hueca, profunda, como salida de una cueva sin fondo.
—Me acaban de matar en la cantina —les dijo—. Vengo a pedirles que me perdonen todo lo malo que les hice. Estoy condenado al fuego eterno del infierno… y para que me crean, les dejo una prueba en la cabecera de mi cama. Recen por mí, porque ya me voy.
Y así como llegó, desapareció.
La prueba del infierno
Temblando, las viejecitas fueron al aposento. A la luz débil de un quinqué, vieron lo imposible: la cabecera de latón del catre estaba fundida, derretida como cera al fuego. El metal había chorreado hasta el suelo.
No hubo duda. Aquellas manos venían de arder en otro mundo.
Esa noche no durmieron. No por miedo, sino por pena. Pensaban en los tormentos que sufriría su sobrino, cuando en vida jamás quisieron verlo sufrir.
El sacerdote y el metal mutilado
Al amanecer, cuando la campana mayor anunció el alba, corrieron con el párroco. El sacerdote llegó, bendijo la casa, rezó en latín y examinó la cabecera.
El latón estaba claramente derretido. No quemado, no golpeado. Fundido.
Nada dijo. Solo se santiguó.
El escarmiento que quedó en los muros
El suceso quedó vivo durante años, como advertencia para hijos ingratos y sobrinos sin vergüenza. Porque hay golpes que se pagan caro… y no siempre en esta vida.
Cenobia terminaba así su relato y prometía otro para la noche siguiente. Los niños se iban contentos, sí… pero con el miedo bien agarrado del alma.
Y el callejón, desde entonces, ya no volvió a ser solo un callejón.
Mire usted… en mis años de andar penando he visto fantasmas que regresan por amor, otros por venganza… pero los que vuelven por culpa son los que dejan marcas más hondas. El fuego del infierno no siempre quema el cuerpo: a veces derrite la conciencia.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Ezequiel Almanza Carranza,
Joyelero de Leyendas y Tradiciones de Guanajuato, primera publicación: 1979.
