
Hay ciudades que no duermen… apenas parpadean.
Xalapa es una de ellas. Cuando la niebla baja sin pedir permiso y las calles se vuelven pasillos de sombra, los pasos antiguos regresan. Ahí, entre faroles cansados y casas que recuerdan demasiado, se cuentan historias que no conviene tomar a la ligera.
Esta que hoy le comparto habla de un hombre recto, de un encargo imposible y de un fantasma que no aceptaba excusas. Una de esas leyendas que los abuelos bajaban la voz para contar… no por miedo, sino por respeto.
El recado que llegó con la niebla
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que Don Silvestre López vivió hace muchos años por la antigua garita de la Cruz de la Misión. Hombre de costumbres firmes y palabra recta, trabajaba como velador en la Calle Real. Cada tarde salía puntual, con la lámpara en mano, como quien sabe que el deber no espera.
Decían de él que era honrado hasta la terquedad, responsable hasta el cansancio. Nadie lo vio jamás faltar a su trabajo ni tomar lo que no era suyo. Quizá por eso fue elegido.
Aquella noche, la niebla cayó espesa como sudario. Don Silvestre regresaba apresurado a casa: le habían avisado que su esposa había enfermado de repente. Caminaba con el pensamiento inquieto cuando, entre la bruma, se le apareció una figura imposible de confundir.
Era un ensabanado.
No caminaba: flotaba.
Y sus ojos… ah, sus ojos no eran humanos. Arrojaban llamaradas que competían con la luz temblorosa de la lámpara, iluminando la calle como si el mismo infierno respirara detrás de ellos.
El espectro habló sin mover los labios.
Le dijo que lo había esperado por mucho tiempo.
Que tenía un recado especial.
La oferta que no debía rechazarse
El fantasma fue claro, seco, sin rodeos —como hablan los muertos que saben que no necesitan convencer a nadie—:
Don Silvestre debía viajar a la Ciudad de México y comprar un terreno para levantar una capilla. A cambio, recibiría cinco cofres rebosantes de joyas: cuatro serían para él y uno para la construcción de la iglesia.
Ni más. Ni menos.
El velador, confundido, asustado y —por qué no decirlo— tentado por la riqueza, aceptó. No firmó papel alguno, pero su palabra quedó suspendida en el aire, donde los fantasmas escuchan mejor que los vivos.
El ensabanado desapareció con la niebla, dejándole una promesa que pesaba más que el oro.
La decisión que despertó la furia
Al día siguiente, ya con la luz del sol y la cabeza fría, Don Silvestre pensó mejor las cosas. ¿Tratar con fantasmas? ¿Joyas surgidas de la nada? ¿Encargos dictados desde el más allá?
Decidió no cumplir lo prometido.
Cambió de ruta para volver a casa, evitó la Calle Real, se persignó más de lo acostumbrado y creyó, pobre de él, que así se libraría del asunto.
Pero hay promesas que no se rompen: se cobran.
Otra noche de niebla, golpes brutales sacudieron la puerta de su casa. Don Silvestre abrió, temblando, y ahí estaba de nuevo el ensabanado. Esta vez no traía recado… traía exigencia.
El espectro reclamó el incumplimiento. Don Silvestre, sumiso, explicó su decisión. El fantasma, enfurecido, lanzó una amenaza que heló la sangre del hombre:
—Si no cumples, tu familia pagará el precio.
Don Silvestre no creyó. Los vivos siempre creen que los muertos exageran.
El castigo que no se puede huir
Poco tiempo después, la desgracia cayó como martillo: murieron su esposa y sus dos hijos. Sin aviso. Sin explicación. Sin consuelo.
Aterrado, Don Silvestre huyó. Se fue a vivir a otra población, convencido de que la distancia lo salvaría. Pero el ensabanado no conocía fronteras ni caminos cerrados.
La aparición lo siguió.
Siempre con el mismo recado.
Siempre con la misma exigencia.
Como una campana que suena incluso después de derrumbar la iglesia.
Dicen que jamás volvió a conocer la paz.
Aquí, mis queridos garbancer@s, es donde uno entiende que no todas las riquezas bendicen y que no todo encargo viene para ser aceptado. Hay tratos que se hacen con palabras… y se sellan con destinos.
Los fantasmas, créame usted, no piden favores: cobran deudas.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Historias, cuentos y leyendas de Xalapa,
