
Queridas almas lectoras,
entre los callejones empinados de Guanajuato y sus casas de colores que parecen trepar los cerros, se alza un edificio solemne donde durante generaciones han resonado las voces de estudiantes, rezos y cátedras.
Ese lugar, que hoy conocemos como la Universidad de Guanajuato, fue en otros tiempos el Colegio de la Purísima, recinto de saber y sacrificio, donde maestros y alumnos convivieron entre libros gastados, velas temblorosas y pasillos de piedra fría.
Mas en esos corredores no solo caminaron hombres de carne y hueso… también, dicen, un sacerdote que jamás quiso abandonar a sus estudiantes.
El maestro de los pobres
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que, en las noches silenciosas del antiguo colegio, una sombra recorría los corredores.
A su paso se escuchaba el aullido del viento, el lamento de un perro lejano o el maullar triste de un gato. Aquella figura entraba a los salones como si revisara que todo estuviera en orden, y después de una hora se desvanecía en uno de los cuartos del edificio.
Los estudiantes, temblorosos, se reunían en grupo para darse valor. A algunos les castañeaban los dientes; otros no podían contener las lágrimas.
Tras investigar aquellos sucesos, el rector llegó a una conclusión: el fantasma no era otro que el padre Marcelino Mangas, antiguo maestro del colegio.
Había nacido en 1772 y desde joven mostró inclinación por la vida religiosa y el estudio. Ordenado sacerdote en 1798, dedicó más de medio siglo a su ministerio, enseñando principalmente latinidad.
Pero lo que más lo distinguía no era su sabiduría, sino su corazón. Muchas veces, cuando la pobreza del colegio era grande, renunciaba a sus propios alimentos para comprar libros a sus alumnos necesitados.
El sacerdote que daba todo
El padre Mangas era limosnero y caritativo. Recorrió minas y barrios pobres, ayudando a enfermos y familias vergonzantes que no se atrevían a pedir ayuda.
Montado en su viejo rocín, visitaba tanto a ricos como a pobres. A los primeros les pedía, entre bromas y sermones, que soltaran unas monedas para los necesitados. Con lo recaudado llenaba su morral y seguía su camino con una sonrisa infantil.
Cuentan que un día, mientras cruzaba un camino polvoriento con su rosario en mano, fue asaltado por bandoleros. Le exigieron todo lo que llevaba.
Con serenidad, el sacerdote entregó su morral lleno de monedas. Los bandidos rieron y se burlaron de él, llamándose a sí mismos “sus pobres”.
El padre, sin rencor, agradeció a Dios por haber podido ayudarlos. Pero al buscar en su bolsillo, descubrió una moneda que había olvidado.
Entonces espoleó su caballo, alcanzó a los ladrones y les gritó:
—¡Señores! He cometido un error. También traía esta moneda. Tómenla, para que no carguen con el pecado del robo.
Dicen que los bandoleros quedaron mudos ante aquella bondad sin medida.
El don de estar en todas partes
No faltaron quienes aseguraban que el padre poseía el don de la ubicuidad.
Mientras impartía clase en el colegio, algunos mineros juraban haberlo visto en San Juan de Rayas, en la Valenciana o en otros minerales, ayudando a moribundos o repartiendo comida.
Para él, la juventud era su alimento espiritual. Decía que la energía de los estudiantes lo mantenía fuerte y animoso en ese valle de lágrimas que es la vida.
El fantasma del colegio
El padre Marcelino Mangas murió la madrugada del 26 de septiembre de 1856, a los 84 años.
Poco después comenzaron los rumores: su espíritu rondaba las minas, las calles y el colegio. Algunos aseguraban haberlo visto visitar enfermos. Otros decían que un sacerdote chaparro, de rostro redondo, los había confesado antes de morir… sin saber que el padre Mangas llevaba años enterrado.
En el colegio, los conserjes contaban que lo veían recorrer los salones, seguido de perros y gatos, como cuando en vida les daba de comer.
Con el tiempo, los estudiantes se acostumbraron a su presencia. Algunos, sin respeto, hasta le decían:
—¡Quítate, Mangas, no estorbes!
Mas el viejo maestro seguía su ronda, silencioso, como quien aún cuida a sus alumnos.
El eco de los antiguos maestros
Dicen que en la Universidad de Guanajuato todavía se ven sombras en los pasillos. Espíritus de maestros que no han querido abandonar su vocación, o estudiantes nostálgicos de sus días felices.
Entre todos ellos, el padre Marcelino Mangas sigue siendo el más recordado: el sacerdote que dio todo por sus pobres, el maestro que nunca dejó sus salones… ni siquiera después de la muerte.
Y miren ustedes, mis estimados, que hay hombres que pasan por el mundo sin dejar huella, y otros que, aun después de muertos, siguen haciendo el bien.
El padre Mangas fue de esos que no guardaban ni para sí el último peso. Tal vez por eso su alma no quiso irse lejos: porque donde hay jóvenes que aprender, siempre habrá un maestro dispuesto a enseñar… aunque sea desde el otro lado del velo.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Fuente
Tomado del libro de Gabriel Medrano, titulo: Como me lo contaron se los cuento, Leyendas de Guanajuato (2013)
Basado en un relato de Guadalupe Appendini
