
A su mercé, almas lectoras, hay edificios que no sólo resguardan piedras y documentos, sino también suspiros, culpas y promesas rotas. Uno de ellos se levanta aún, serio y silencioso, en la vieja cuchilla de San Lázaro, donde durante décadas se encerró no sólo a criminales, sino también a la esperanza. Hablo del temido Palacio Negro de Lecumberri, prisión que marcó generaciones y que hoy, convertido en Archivo General de la Nación, sigue siendo escenario de murmullos que no aparecen en los expedientes.
El Palacio Negro: un infierno con planos europeos
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que cuando cae la noche en Lecumberri, los pasillos se alargan más de lo debido, las sombras parecen sentarse en las bancas y el aire se vuelve pesado, como si aún cargara el aliento de miles de reos. Dicen que no todas las almas salieron cuando el penal cerró en 1976; algunas se quedaron, atadas a la pena, al recuerdo o a una promesa incumplida.
El 29 de septiembre de 1900, bajo el gobierno de Porfirio Díaz, abrió sus puertas la penitenciaría más moderna de América Latina. Diseñada por el arquitecto Antonio Torres Torija bajo el modelo panóptico —ese que permite vigilarlo todo desde una torre central—, Lecumberri fue pensada para albergar unos 800 reos.
La realidad fue otra: con el tiempo llegó a encerrar a más de cinco mil almas, hacinadas en celdas de apenas unos metros, donde se dormía de pie, se pagaba por respirar mejor y se aprendía rápido que ahí mandaba el más pudiente.
No tardó en ganarse el apodo de Palacio Negro: corrupción, torturas, castigos inhumanos como El Apando, y una rutina que despojaba al hombre de su nombre para convertirlo en número.
Crujías, lamentos y presencias
Cada crujía tiene su historia y su espanto. Se habla de voces que llaman desde celdas vacías, de sombras que cruzan el Pasillo 13, de gritos nocturnos en el Torreón Sur —donde los irrecuperables morían de frío y abandono— y de la inquietante Puerta 8, frente a la cual, dicen, los gatos se reúnen a maullar como si custodiaran algo que no debe abrirse.
Entre esas historias, una sobresale por su tristeza más que por su horror.
Jacinto, el preso que espera la visita
La leyenda cuenta que Jacinto fue un reo de los años cuarenta. Hombre sencillo, trabajador, traicionado por su esposa Amelia y por su mejor amigo. Un crimen cometido a sus espaldas lo llevó a asumir culpas que no eran suyas.
Amelia le juró visitarlo todos los viernes. Nunca cumplió.
Una noche, décadas después, un empleado de limpieza —hombre práctico, poco dado a fantasías— escuchó un suspiro en la recepción. Allí estaba Jacinto, demacrado, vestido con el uniforme gris de otro tiempo, preguntando con voz apagada:
—Otra vez no vino Amelia, ¿verdad?
El diálogo fue breve. El miedo dio paso a la compasión. Y en un parpadeo, Jacinto desapareció. Al investigar en los archivos, el trabajador descubrió la verdad: Jacinto había muerto colgado del segundo piso del pabellón cuatro. Desde entonces, muchos aseguran verlo los viernes, sentado, esperando.
Otros fantasmas del Palacio Negro
No camina solo. Se dice que por los auditorios se aparece el Charro Negro; que en los patios se escuchan pasos sin cuerpo; que los antiguos reos políticos, artistas y olvidados —entre ellos Juan Gabriel, David Alfaro Siqueiros o José Revueltas— dejaron algo más que nombres en los registros.
Incluso el magnicidio de 1913, cuando fueron asesinados Madero y Pino Suárez frente al penal, parece haber sellado para siempre el destino sombrío del lugar.
Mire usted… no hay cadena más pesada que la esperanza maltratada. Jacinto no pena por el crimen, sino por el amor prometido. Y eso, créame, es castigo que ni el juez más severo se atrevería a dictar.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Este texto es una versión creada por El Cronista Garbancero a partir de la leyenda popular.
