
Hay caminos que, aun bajo la luz del día, guardan un silencio extraño. Carreteras donde el viento parece traer murmullos y donde las cruces blancas, alineadas al borde del asfalto, recuerdan tragedias que nadie quiere volver a nombrar.
En el centro del país, entre los trayectos que conducen a Aguascalientes, los viajeros de antaño hablaban de una aparición que helaba la sangre. No era una mujer de blanco ni un jinete sin cabeza, sino algo más inquietante: dos niños pequeños, inmóviles, como si esperaran a alguien que nunca llegó.
Dicen que no todos los conductores logran verlos… pero quienes lo hacen, jamás olvidan la noche en que aparecieron en la orilla del camino.
La leyenda
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que hace ya varias décadas, cuando los viajes por carretera eran más largos y las noches más oscuras, una joven pareja emprendió el regreso a la capital tras asistir a una boda en tierras hidrocálidas.
Juan y Malena apenas cumplían un año de casados. Vivían sin grandes preocupaciones y aquella fiesta había sido una excusa perfecta para celebrar con amigos, bailar sin medida y olvidar por unas horas el peso del trabajo y la rutina.
Pero como suele pasar en los relatos que se cuentan al calor del fogón, la alegría no dura mucho cuando la prudencia se deja de lado.
Aquella noche, algunos invitados insistieron en que la pareja se quedara a dormir.
—La carretera es peligrosa —decían—, y más a estas horas.
Pero Juan, confiado en su café cargado y en su buen pulso al volante, decidió regresar de inmediato.
El coche avanzó entre la oscuridad, con los faros cortando la noche como cuchillas de luz. La carretera estaba casi desierta. Solo algunas curvas y, de tanto en tanto, las siluetas blancas de cruces clavadas en la tierra.
—No me gusta este camino —murmuró Malena—.
—No te preocupes —respondió Juan—. En un par de horas estaremos en casa.
Fue entonces cuando, al tomar una curva, la mujer vio algo que la inquietó.
A la orilla del camino estaban dos niños.
El mayor tendría unos seis años; el otro, apenas cuatro o cinco. Permanecían quietos, como si esperaran a alguien. No lloraban ni hacían señas. Solo miraban el camino.
Malena pensó que quizá sus padres estarían cerca, o que alguna casa quedaba oculta entre la oscuridad. Prefirió no decir nada. El coche siguió su marcha y los dejó atrás.
Pero apenas unos metros después, un olor fétido llenó el interior del vehículo. Era un hedor espeso, como de humedad vieja y carne podrida.
—¿Lo hueles? —preguntó Malena, llevándose la mano a la nariz.
Juan asintió, desconcertado.
Detuvo el coche a un lado del camino y, con el corazón latiéndole fuerte, miró por el espejo retrovisor.
Allí estaban.
Los dos niños, parados justo detrás del automóvil.
Pero ya no parecían niños comunes.
Su piel tenía un tono grisáceo, como de carne descompuesta, y sus ojos estaban hundidos, sin brillo alguno. No caminaban. No corrían. Solo estaban ahí… mirándolos.
Juan no dijo palabra. Arrancó el coche de golpe y aceleró sin mirar atrás. El motor rugió, las llantas levantaron polvo y la pareja no volvió a hablar en todo el camino.
Días después, aún temblorosos por lo ocurrido, contaron la historia a unos conocidos del lugar.
Fue entonces cuando escucharon la verdad.
Años atrás, en ese mismo tramo de carretera, dos hermanos pequeños habían sido atropellados mientras jugaban cerca del asfalto. Sus padres, devastados, colocaron cruces blancas para recordar el sitio de la tragedia y advertir a los conductores.
Desde entonces, muchos viajeros aseguraban ver a los pequeños durante la noche, siempre cerca de las cruces, como si siguieran esperando a alguien que los llevara de vuelta a casa.
La pareja jamás volvió a transitar por aquel camino.
Y hasta el día de hoy, hay quienes dicen que, si uno conduce de noche por esa carretera y ve dos siluetas infantiles junto a las cruces… lo mejor es no detenerse, ni mirar demasiado por el espejo.
—Miren, muchachos —decía el viejo junto al brasero—, las carreteras no solo están hechas de tierra y asfalto. También están hechas de recuerdos, de llantos y de despedidas que nunca se dijeron.
Por eso, cuando vean cruces blancas en el camino, no solo bajen la velocidad: recen un Padre Nuestro. Porque uno nunca sabe quién sigue esperando a la orilla de la noche.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
- Este texto es una versión creada por El Cronista Garbancero a partir de la leyenda popular.
- Tema relacionado con apariciones en carreteras mexicanas, un motivo frecuente en el folclore del país.
