
En las ciudades antiguas, donde los campanarios dominaban el horizonte y el toque de ánimas marcaba las horas más temidas, la fe y el deber caminaban de la mano. En aquellas épocas, cuando el sacerdote era guía y consuelo, bastaba una omisión para que el juicio no viniera de los hombres… sino de la misma conciencia.
Dicen que en Querétaro, una noche silenciosa y húmeda, ocurrió un suceso que todavía se cuenta en voz baja, como advertencia para los tibios de espíritu y consuelo para quienes mueren con la angustia de no haber sido escuchados.
El llamado de un moribundo
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que corría el año de mil ochocientos setenta, cuando un humilde artesano, sudoroso y desesperado, llegó casi corriendo hasta la puerta del curato.
Era la hora de la siesta, cuando el calor entumece el ánimo y hasta los perros buscan sombra. El hombre golpeó la puerta con urgencia, suplicando ver al cura.
—Padre, un enfermo agoniza… necesita los santos auxilios.
Pero el sacerdote, algo enfermo y con el humor torcido por el cansancio, respondió sin levantarse:
—No tengo tiempo. Busque al vicario.
El artesano salió corriendo por las calles empedradas. Buscó en la casa del vicario, preguntó en los portales, se asomó a las esquinas… pero nadie supo darle razón. El clérigo había salido a caballo.
Desesperado, regresó al curato. Volvió a suplicar.
—Padre… el enfermo está peor. Quizá muera sin confesión.
El cura, sin inmutarse, repitió:
—Busque al vicario. A él le corresponde.
El pobre hombre, ya sin aliento ni paciencia, salió de nuevo. Pero esta vez no fue a buscar sacerdote alguno.
Se dirigió directamente al obispado.
La decisión del Obispo
La noche comenzaba a caer. El toque de ánimas resonaba en las torres, recordando a los vivos que la muerte siempre anda cerca.
El artesano, iluminado apenas por los faroles de aceite, llegó ante el obispo Camacho, hombre virtuoso, firme en su deber y de carácter dulce… pero severo cuando la situación lo exigía.
Con voz entrecortada, relató lo ocurrido.
—Excelencia… el enfermo agoniza… y el cura no quiso ir.
El obispo no dijo una palabra más. Tomó su bastón y salió a la calle sin ceremonia alguna.
Caminó junto al artesano por las calles húmedas, por la ribera oscura del río, hasta llegar a una casa miserable donde yacía el enfermo.
El moribundo, por fortuna, aún tenía fuerzas para confesarse.
Durante tres cuartos de hora, el obispo permaneció a su lado. Cuando salió, su rostro estaba cansado… pero su mirada ardía con un fuego que no era de este mundo.
Los aldabazos en la noche
Ya entrada la noche, cuando el toque de queda había pasado y las calles estaban desiertas, dos golpes secos resonaron en la puerta del curato.
¡Tac! ¡Tac!
La criada, asustada, preguntó:
—¿Quién llama?
—Diga al señor cura que una persona lo busca para un asunto importante.
El sacerdote, molesto por la interrupción, salió refunfuñando:
—¿Quién es a estas horas?
La respuesta heló el aire:
—El Obispo.
El cura quedó mudo. El obispo habló con voz serena, pero firme como el hierro:
—Vengo sólo a deciros que sigáis tranquilo rezando. Ya he confesado al enfermo y cumplido vuestro encargo.
El silencio pesó como una lápida.
—Y sabed, señor cura, que desde este momento cesa vuestro mando en esta casa. Que os sirva de escarmiento.
Sin esperar respuesta, el obispo dio media vuelta y desapareció entre las sombras de las calles queretanas.
Un castigo para ejemplo
Así, dicen, fue destituido aquel sacerdote. No por escándalo, ni por herejía… sino por haber negado consuelo a un moribundo.
Desde entonces, en algunos rincones de Querétaro, cuando se oye un aldabazo a deshora, hay quienes recuerdan aquella noche y murmuran:
—Que Dios nos libre de un corazón sin caridad… y de un obispo enojado.
Mis queridas almas lectoras, no todo castigo viene del cielo en forma de rayos o apariciones. A veces llega en forma de pasos firmes sobre el empedrado, de un bastón golpeando la noche, o de una voz serena que dicta sentencia.
Porque en aquellos tiempos, el deber era sagrado… y quien olvidaba su vocación, tarde o temprano encontraba quien se la recordara.
Y créanme, pocas cosas son tan espantosas como el juicio de un hombre justo.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Valentín Frías
Leyendas y tradiciones queretanas, 1896.
