
Mis queridas almas lectoras, permítanme invitarles a encender una vela y dejar que su titilar ilumine no sólo el papel, sino también los rincones más oscuros de la memoria. Pues en la ciudad amurallada de Campeche, donde el viento marino susurra historias antiguas entre piedras centenarias, se levanta una casa cuya fama no proviene de su arquitectura… sino de lo que oculta en su interior.
Dicen los viejos que no hay muro lo bastante sólido para contener un secreto, ni silencio tan profundo que logre callar a los muertos.
Una casa marcada por el abandono
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que en la calle 59 de Campeche se erguía, imponente y silenciosa, la casa del Teniente del Rey, con su zaguán amplio, columnas solemnes y portalones que alguna vez protegieron a la ciudad de enemigos visibles… pero no de los invisibles.
Tras la partida de los españoles, aquellas casas quedaron vacías, y el resentimiento de la gente las convirtió en lugares evitados, donde el eco de pasos inexistentes parecía custodiar viejas memorias.
Pronto, la casa fue conocida no por su belleza, sino por los rumores: ruidos nocturnos, voces sin cuerpo, presencias que hacían huir incluso al más valiente antes del amanecer.
La llegada del matrimonio español
Mas como bien reza la sabiduría antigua: “quien no teme a la noche, termina encontrándose con lo que en ella habita”.
Un matrimonio español, recién llegado con deseos de fortuna, decidió habitar la casa. Al principio, los sonidos fueron tomados por simples animales; mas con el paso de las noches, los pasos se acercaban demasiado… tanto, que parecía que alguien respiraba junto a ellos en la oscuridad.
El hombre, de apellido Oñate, no era cobarde ni dado a supersticiones. Decidió enfrentar aquello que otros evitaban.
La noche del candelabro
Aquella noche, con un farol encendido en el zaguán, Oñate aguardó. Pero la luz, como si temiera lo que estaba por revelarse, comenzó a extinguirse… hasta quedar en completa oscuridad.
Fue entonces cuando lo imposible ocurrió. Desde la escalera descendía una figura: una elegante mujer negra sostenía en alto un candelabro de oro y piedras preciosas. Tras ella, una dama de porte majestuoso, vestida con sedas y joyas, descendía con la calma de quien no pertenece ya a este mundo.
Sus movimientos eran suaves, solemnes… como si obedecieran a un ritual olvidado por los vivos.
Al llegar al último peldaño, la criada murmuró:
“Es el siete…”
Y al tocar el séptimo barrote, una puerta secreta se abrió ante los ojos incrédulos del español.
El secreto bajo la escalera
Aquella visión no fue un simple espanto, sino una revelación.
A la noche siguiente, Oñate siguió el rastro de lo visto. Y tal como había presenciado, halló el mecanismo oculto. Bajo la escalera, tras la apertura secreta, descubrió una pequeña habitación… y dentro de ella, tres cofres rebosantes de oro y joyas.
El candelabro, resplandeciente incluso en la penumbra, portaba grabado el número siete.
Así comprendió que no era un tesoro maldito, sino uno custodiado por almas en pena.
El pacto con los muertos
Pero no hay riqueza sin precio, ni tesoro sin deuda.
En sus pensamientos, Oñate escuchó la voz de ultratumba: Debía entregar el candelabro a la iglesia, mandar decir siete misas por Evangelina y su fiel criada… y sólo entonces podría quedarse con la fortuna.
Y como hombre de palabra —virtud que en otros tiempos valía más que el oro—, cumplió.
El candelabro fue entregado al sacerdote, y las misas fueron celebradas con solemnidad. Desde aquel día, los ruidos cesaron, y la casa quedó en silencio… un silencio distinto, ya no inquietante, sino en paz.
El eco de una fortuna
Poco después, un barco español partía desde Campeche. En él viajaba Oñate con su esposa… y con cajas que aparentaban contener hierro, pero que en realidad guardaban el tesoro que le fue concedido.
Nadie volvió a ver a Evangelina ni a su criada. Mas la casa permanece, erguida entre las memorias, como testigo de un pacto cumplido… y de una fortuna concedida por los muertos.
Hay riquezas que no se buscan… sino que lo encuentran a uno.
Pero recuerde, alma mía: lo que viene de los muertos, siempre exige respeto, y a veces… un acto de fe.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Fuente
Basado en la obra de Elsie E. Medina de Espejel, publicada en el libro Campeche a través de sus Leyendas, 1984.
