
Dicen los viejos que el maíz no es planta… es pariente.
Que en cada grano duerme la historia de los pueblos y que la milpa respira como criatura viva cuando cae la noche.
En los rincones serranos de Puebla, donde la neblina abraza los cerros y los caminos se vuelven barro sagrado, aún sobreviven memorias antiguas. Relatos que no fueron escritos en papel, sino sembrados en la tierra y repetidos al calor del fogón.
Allí, entre la humedad del bosque y el rumor de las hojas, se escucha la vieja enseñanza: el maíz tiene alma, y quien no lo respeta, se queda sin sustento ni memoria.
El maíz robado a las hormigas
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que en tiempos remotos, cuando los hombres aún no conocían el sabor de la tortilla ni el consuelo del atole, el maíz se hallaba oculto en el interior de la montaña del sustento. Las hormigas lo guardaban celosamente en túneles invisibles para los mortales.
Fue entonces que Quetzalcóatl, el dador de bondades, observó la necesidad de los humanos. Con paciencia de sabio y humildad de criatura pequeña, se transformó en hormiga negra y descendió a los laberintos de la tierra.
Allí, entre oscuridades húmedas y corredores de polvo, tomó un grano y lo llevó al mundo de los hombres.
Así nació la milpa… y con ella, el destino del pueblo.
El hombre que hablaba con su milpa
En una vereda de la Sierra Norte, alguien observó a un campesino frente a su sementera.
Parecía hablar solo. Murmuraba palabras en lengua antigua mientras tocaba las hojas del maíz con respeto casi reverencial.
No hablaba consigo mismo.
Conversaba con sus plantas.
Quien lo miraba desde lejos entendía entonces que el maíz no era cultivo… era compañía, herencia y promesa.
El llanto de los granos en el camino
Cierta vez, arrieros transitaban por un camino de herradura cargando bultos de maíz. Uno de los costales se rasgó, y los granos quedaron esparcidos entre lodo y piedras.
Familias indígenas salieron de sus chozas para recogerlos uno por uno. No con avaricia, sino con una devoción silenciosa que desconcertaba a los forasteros.
Cuando se preguntó la razón de aquel empeño, una mujer respondió con voz suave:
—Desde nuestros hogares escuchamos el llanto de los granos de maíz regados en el suelo… ellos, como nosotros, también lloran porque tienen alma.
Las hormigas que guardan el sustento
En otra ocasión, una familia contemplaba en calma cómo una interminable columna de hormigas arrieras saqueaba su granero.
Cada insecto llevaba un grano entre sus mandíbulas, como si la tierra misma caminara.
—¿Por qué lo permitís? —preguntaron los extrañados.
Y los labriegos respondieron sin inquietud:
—Porque así lo manda Tláloc. Cuando llega la escasez, las hormigas guardan el sustento bajo la tierra.
Tiempo después, en plena sequía, los campos reverdecieron. Los túneles invisibles habían devuelto la vida.
La estrella que sembró la milpa
Otra tradición cuenta que, durante una tormenta, una estrella descendió desde la nebulosa de Mixcóatl.
Al tocar la tierra dejó caer el Zitlahuitlatl, polvo celeste que se transformó en larvas doradas.
Hormigas aladas las tomaron y las enterraron en la tierra húmeda.
Días después, de aquellos huecos brotaron plantas de maíz y frijol.
El cielo había sembrado la milpa… y las hormigas la habían hecho nacer.
La fuente…
El mito del robo del maíz y su vínculo con las hormigas es recogido por el Dr. Miguel León Portilla, quien refiere que Quetzalcóatl obtuvo el sustento de los mortales arrebatándolo a las hormigas que lo guardaban en la montaña del alimento.
Ya lo decía el abuelo mientras desgranaba elotes al anochecer: “Quien respeta al maíz nunca pasa hambre, y quien lo desprecia, pierde el camino de regreso a su gente”.
Porque el maíz no es sólo alimento… es identidad, origen y compañía silenciosa de los pueblos que lo cultivan.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de José María Pérez Pineda,
Leyendas de la Puebla de los angeles, 1972.
