
En el antiguo Valle de Jovel, donde la neblina baja como si quisiera escuchar los secretos de la tierra, se alza una historia que no ha dejado de murmurar entre los muros de cantera y los templos de campanas solemnes.
Dicen que hubo un tiempo en que la fe no solo se rezaba…
se veía… se temía… y, en ocasiones, tomaba las armas.
Corría el año de 1712, y San Cristóbal de las Casas —entonces conocida como Ciudad Real— se encontraba al borde de un destino incierto. Las tensiones crecían como tormenta en el horizonte, y los pueblos originarios, organizados en gran número, avanzaban con determinación.
Fue entonces… cuando ocurrió aquello que aún hoy se cuenta en voz baja.
La leyenda
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que cuando las fuerzas tseltales y tsotsiles se congregaron en decenas de pueblos y comenzaron su avance hacia la ciudad, el miedo se apoderó de los habitantes de Ciudad Real.
Las campanas repicaban sin descanso. Las puertas se cerraban. Y los hombres… esos hombres que decían defender la ciudad… comenzaron a dudar.
Sin suficientes armas ni soldados, los criollos y españoles hicieron lo único que les quedaba:
arrodillarse.
En el templo de San Nicolás, frente a la imagen de la Virgen de la Caridad, elevaron súplicas desesperadas. Y fue entonces… cuando ocurrió lo imposible.
Se dice que la imagen desapareció de su altar.
Así… sin ruido… sin aviso.
Algunos aseguran que aquella misma noche fue vista en tierras de Cancuc, de pie sobre la torre del templo, con una presencia que no era de este mundo.
Otros, más atrevidos, cuentan que no llegó caminando…
sino montada sobre un gran cañón.
Vestida de luz, con una bandera en la mano, giraba sobre los árboles como si dominara el viento mismo.
Y de aquel cañón… brotaban estruendos que no herían… pero sí aterraban.
Las tejas de los templos —dicen— comenzaron a desprenderse. Volaban.
Sí… volaban como aves furiosas, cayendo entre los insurgentes sin causarles daño físico… pero sembrando un terror imposible de explicar.
Y entre el estruendo, una voz femenina resonaba:
—Regresen, hijos míos… no quiero verlos morir aquí…
Aquellos hombres, que venían decididos, comenzaron a titubear.
Miraban hacia la ciudad… y lo que veían no era lo que esperaban.
Donde antes había pocos defensores… ahora parecían ejércitos.
Donde había silencio… ahora brillaban armas bajo un sol que no estaba ahí momentos antes.
El miedo se volvió certeza. Y la certeza… retirada.
El comandante indígena, viendo cómo su gente huía, no tuvo más opción que ordenar la retirada.
Así… sin batalla como tal… terminó aquel intento de tomar la ciudad.
El nombramiento de La Generala
Al día siguiente, el 21 de noviembre de 1712, la ciudad amaneció en calma. Pero no en silencio.
Las calles se llenaron de murmullos… de asombro… de devoción. La Virgen había regresado a su altar y no era la misma.
Desde entonces, fue proclamada como “La Generala”, protectora no solo de la ciudad, sino de toda la diócesis chiapaneca.
Se le colocó un bastón de mando.
Se le rindieron honores.
Y su fiesta comenzó a celebrarse año con año, como recuerdo de aquella noche en que la fe… se volvió defensa.
Algunos incluso afirman que el propio rey de España ordenó financiar sus festividades.
Y los campesinos, con la sencillez que da la tierra, juraban ver en los sembradíos las huellas de sus pasos… y la marca de su bastón.
La fe que permanece
Hoy, en San Cristóbal de las Casas, la Virgen de la Caridad sigue siendo visitada por fieles y curiosos.
Algunos llegan con promesas. Otros con dudas.
Pero todos… absolutamente todos… han escuchado la historia.
Esa que dice que una noche…
cuando la ciudad estaba perdida…
una Virgen descendió del altar…
y tomó el mando.
Mire usted…
yo no sé si las tejas vuelan… ni si los santos bajan a pelear.
Pero le diré algo que sí sé…
Cuando un pueblo cree con fuerza…
hasta el miedo se vuelve aliado…
y la historia… encuentra formas muy curiosas de contarse.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Este texto es una versión creada por El Cronista Garbancero a partir de la leyenda popular.
