
Mis queridas almas lectoras, hay edificios que nacen con una intención clara: albergar arte, historia o decisiones humanas. Pero cuando el destino de sus muros cambia de manera abrupta… algo parece resistirse.
En el corazón de Morelos, existe un recinto donde las leyes se discuten durante el día… pero al caer la noche, son otros los que recorren sus pasillos.
No tienen rostro, no tienen voz, pero sí costumbre.
Un edificio sin identidad… y con demasiados recuerdos
El actual Congreso del Estado de Morelos no fue concebido para la política.
Levantado entre 1976 y 1982 durante el mandato de Armando León Bejarano, el edificio tenía como propósito convertirse en un espacio para las artes escénicas. Un lugar para la expresión, la cultura… y la vida.
Pero el destino —caprichoso como suele ser— lo transformó.
En 1983, bajo la administración de Lauro Ortega, aquel teatro se convirtió en sede del Poder Legislativo. Y con ello, comenzó una metamorfosis arquitectónica… y quizá, espiritual.
Los cambios constantes, las ampliaciones improvisadas, los espacios adaptados sin orden ni respeto por su diseño original, terminaron por convertirlo en un laberinto irregular, oscuro, casi… incómodo.
Como si el edificio mismo no aceptara lo que se le obligó a ser.
Pasos sin dueño en los pasillos del poder
Los trabajadores del lugar —desde intendentes hasta funcionarios— han aprendido algo con el tiempo:
No todos los pasos pertenecen a los vivos.
Puertas que se abren sin manos, sillas que crujen sin peso, sombras que cruzan pasillos sin destino.
En el estacionamiento subterráneo, más de uno ha jurado ver figuras brincar sobre los cofres de los vehículos, como si jugaran en un terreno que consideran suyo.
En los pasillos, cubiertos por alfombras viejas y húmedas, los pasos resuenan incluso cuando nadie camina.
Y en el Salón de Plenos… hay quienes aseguran no estar nunca solos.
El testimonio de Rubén… y el inicio del respeto
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que uno de los testimonios más conocidos es el de Rubén Horcasitas, quien comenzó a trabajar en el Congreso en 1984 como intendente.
Una noche, mientras limpiaba una oficina, escuchó con claridad los pasos de alguien. No eran ecos, no eran crujidos. Eran pasos decididos.
El sonido lo guió hasta un garrafón de agua… donde, según relata, aquella presencia invisible bebió, como si la sed no fuera exclusiva de los vivos.
Y luego… regresó.
Pero aquello no fue lo único.
Días después, en otra área del edificio, presenció algo aún más inquietante: una sumadora comenzó a funcionar sola. Papeles se movieron. Una copiadora se activó. Y alguien —o algo— entró al baño.
Sin cuerpo. Sin rostro. Pero con intención.
“Juanito”… el nombre de lo inexplicable
Cuando el miedo deja de ser sorpresa… se vuelve costumbre. Rubén, en un intento por convivir con aquello que no podía explicar, tomó una decisión peculiar: dejar de temer… y comenzar a nombrar.
A todas esas presencias les llamó “Juanito”.
Y así, entre bromas nerviosas y resignación, nació una extraña convivencia.
—Si escuchas pasos… es Juanito.
—Si se abre una puerta… es Juanito.
—Si algo se mueve… ya sabes quién fue.
El nombre, lejos de ahuyentar a las presencias, pareció darles identidad.
Y quizá… eso era justo lo que buscaban.
Un recinto compartido
Hoy en día, quienes trabajan en el Congreso del Estado de Morelos no niegan lo que ocurre… simplemente lo aceptan.
Han aprendido que no están solos.
Que ese edificio —mal adaptado, alterado una y otra vez— guarda algo más que expedientes y discursos. Guarda presencias.
Presencias que caminan, observan… y de vez en cuando, interactúan.
Como si aún formaran parte de algo. Como si aún tuvieran asuntos pendientes.
Y mire usted…
Los lugares, como las personas, tienen memoria. Y cuando se les obliga a cambiar su naturaleza… algo se rompe.
Antes, aquel sitio estaba destinado a las artes… a la expresión del alma. Hoy, es un espacio de decisiones humanas, muchas veces cargadas de tensión, ambición y conflictos.
¿Será que algo de lo que ahí se vivió… se negó a marcharse?
O peor aún…
¿Será que algo nuevo llegó… atraído por lo que ahí se genera?
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Pamela Anet Valle
Leyendas de Morelos, Ediciones Horus.
