
Mis queridas almas lectoras cuando la noche se posa con delicadeza sobre los tejados del norte y el viento arrastra consigo murmullos que no pertenecen a este mundo, es cuando las historias olvidadas despiertan. Hay lugares donde el silencio no es ausencia, sino presencia; donde el eco de una risa infantil puede helar el alma más valiente. Tal es el caso de una antigua colonia de Hermosillo, donde aún se cuenta, con voz baja y mirada inquieta, la historia de un niño que jamás dejó de jugar… ni de buscar.
Una vida marcada por el rechazo
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que en los años convulsos de la Revolución Mexicana, cuando la pólvora aún perfumaba el aire y los destinos se forjaban entre balas y promesas, nació un niño al que llamaron Diego, aunque todos le decían con ternura Dieguito.
Fue, dicen, un hijo de milagro, nacido de una mujer que ya no esperaba bendición alguna. Su padre, según susurros persistentes, habría sido un hombre de armas y leyenda, quizá el mismísimo Pancho Villa, aunque de ello no hay más certeza que la imaginación del pueblo.
El pequeño, sin embargo, no tuvo una infancia amable. Su diferencia, visible y evidente, despertó en otros niños no la compasión, sino la crueldad. Y así, lo que debió ser un hogar de juegos, se convirtió en un campo de burlas y desprecio.
El origen del dolor
Entre las pocas cosas que alegraban su existencia, había un juguete sencillo pero valioso: un pequeño soldado de madera. Para Dieguito no era solo un objeto, sino un vínculo con ese padre ausente que nunca llegó a conocer.
Pero la maldad, cuando nace en corazones pequeños, puede ser más hiriente que la de los adultos. Un día, en un acto de burla, los otros niños arrojaron el soldadito al fondo de un viejo pozo. Aquella acción, que para ellos fue un juego cruel, sellaría el destino del inocente.
El día del suceso
Movido por un amor puro y una determinación silenciosa, Dieguito se acercó al pozo. Sin miedo, descendió para recuperar aquello que para él representaba tanto. El soldadito estaba cerca… al alcance de sus manos.
Y lo logró.
Mas la alegría fue efímera. Apenas emergía con su tesoro, cuando las piedras comenzaron a caer como lluvia de desprecio. Una de ellas, certera y cruel, impactó su cabeza. El niño perdió el equilibrio… y el abismo lo reclamó.
El pozo, oscuro y profundo, guardó su secreto.
El silencio que nunca terminó
Hubo quienes buscaron su cuerpo, quienes escudriñaron las sombras del pozo con esperanza. Pero Dieguito no volvió a ser visto. Su madre, consumida por la angustia, partió de este mundo sin encontrar consuelo.
Con los años, el pozo fue cubierto, como si la tierra quisiera ocultar la tragedia. Sin embargo, hay cosas que no pueden enterrarse tan fácilmente.
El eco de los testigos
Aún hoy, cuando la noche es especialmente quieta, algunos aseguran escuchar pasos pequeños corriendo entre las calles. Otros hablan de risas suaves, juguetonas, que emergen sin cuerpo visible.
Dicen que es Dieguito.
Que sigue jugando.
Que sigue buscando.
Y que en su pequeña mano invisible, aún anhela sostener su soldadito.
Hay heridas que no sangran, pero nunca cierran… y las burlas que nacen del desprecio suelen pesar más que cualquier piedra.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Leyenda publicada por el Heraldo de México, nota periodística, 2021.
