
Mis queridas almas lectoras… existen templos cuya sola presencia obliga al hombre a bajar la voz y descubrirse el sombrero. Lugares donde las piedras parecen guardar plegarias antiguas y donde la sombra de los siglos permanece suspendida entre cirios y campanas.
Tal es el caso de la majestuosa Catedral Basílica de Zacatecas, cuya cantera rosada ha contemplado generaciones enteras de creyentes, pecadores, artistas y aparecidos. Sus muros no sólo resguardan la fe de un pueblo, sino también una de las leyendas más prodigiosas que se cuentan en las viejas calles mineras de Zacatecas.
Porque hay injusticias que los hombres pueden ignorar… pero jamás el cielo.
El templo que parecía obra celestial
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que hacia el año de 1752, cuando aún faltaban ciertos detalles para concluir la gran Catedral de Zacatecas, el pueblo entero acudía maravillado a contemplar aquella construcción que parecía levantada por manos divinas.
La fachada principal era tan extraordinaria que muchos permanecían largos minutos de rodillas frente a ella. Entre columnas salomónicas, racimos de vid, querubines desnudos y hojas talladas como si fueran selvas petrificadas, la cantera parecía respirar bajo la luz del amanecer.
El señor cura don Camilo Sánchez de Alva contemplaba orgulloso aquella obra magnífica. Sin embargo, una noche, después de orar ante el Cristo Crucificado, ocurrió algo que cambiaría para siempre la historia del templo.
La visión del sacerdote
Cuentan que el sacerdote, agotado tras una larga jornada, elevó sus plegarias pidiendo fuerza para seguir guiando a sus fieles y protección contra las tentaciones del maligno.
Apenas terminó su oración cuando una presencia sobrenatural inundó el recinto.
El santo varón contempló entonces una visión gloriosa del Redentor, quien con voz serena le dijo:
—No te aflijas… aún debes perfeccionar tu espíritu. Pero en ese templo has olvidado lo principal.
El sacerdote, confundido, preguntó:
—¿Qué he olvidado, Señor?
Y la respuesta descendió como sentencia eterna:
—Una imagen mía que presida todos los actos del culto.
Al amanecer siguiente, el cura convocó a escultores y artistas de toda la región. Ofreció una fortuna inmensa: veinticinco mil duros para quien realizara la más digna representación de Cristo Crucificado.
Y así comenzó la tragedia.
El humilde escultor y su hijo enfermo
Entre quienes escucharon la noticia se encontraba un hombre pobre y silencioso llamado Cirilo Pereyra García.
Era un escultor talentoso, pero la pobreza lo perseguía como sombra maldita. Apenas tenía dinero para alimentar a su hijo Juan Heraclito, muchacho enfermizo y consumido por la tristeza desde la muerte de su madre.
Cirilo ni siquiera pensó en participar.
—Ese premio será para algún artista famoso —decía resignado.
Pero don Francisco Montemayor y Seijas, hombre influyente y aparentemente bondadoso, acudió hasta su humilde vivienda para convencerlo.
Le entregó dinero para comprar materiales y pagar médicos para el muchacho.
—Debes participar —le insistió—. Tienes el talento suficiente para vencer a cualquiera.
Y como suele ocurrir en las viejas leyendas… el diablo acostumbra disfrazarse de benefactor.
El rostro del Redentor
Cirilo comenzó a trabajar utilizando la antigua técnica de pasta de caña de maíz. Sin embargo, le faltaba algo fundamental: un modelo humano para representar el sufrimiento de Cristo.
Buscó entre conocidos y vecinos, pero todos se burlaron de él.
Desanimado, volvió a casa hasta escuchar el débil llamado de su hijo enfermo.
Entonces comprendió.
Juan Heraclito sería el modelo.
El muchacho aceptó pese a su debilidad. Día tras día permanecía inmóvil mientras su padre modelaba el rostro del Redentor inspirándose en aquel sufrimiento silencioso y resignado.
Cada arruga, cada sombra del Cristo, llevaba el dolor verdadero de un hijo enfermo y el amor desesperado de un padre.
Don Francisco visitaba constantemente el taller y alababa la obra con entusiasmo. Pero dentro de su corazón germinaba una traición terrible.
La traición de don Francisco
Cuando la escultura estuvo terminada, don Francisco reveló finalmente sus verdaderas intenciones.
Convenció a Cirilo de presentar la obra como si fuera suya, asegurándole que gracias a sus influencias sería más fácil obtener el premio.
El pobre escultor aceptó confiando ingenuamente en él.
Y así, frente al pueblo reunido y ante el señor cura, don Francisco presentó el Cristo como obra propia.
Al contemplarlo, el sacerdote quedó estremecido.
—¡Es Él! ¡El mismo rostro que me fue mostrado en sueños!
La multitud quedó maravillada y poco después don Francisco recibió los veinticinco mil duros entre aplausos y alabanzas.
Pero la ambición jamás se conforma.
Cuando Cirilo acudió a reclamar lo prometido, fue expulsado de la casa entre insultos y humillaciones.
Aquel robo no sólo le arrebató el dinero… también le robó la gloria de sus propias manos.
El juicio ante Cristo
Desesperado y sin nadie más a quien acudir, Cirilo buscó al señor cura y le contó toda la verdad.
La ciudad entera se dividió. Algunos defendían al rico y poderoso don Francisco; otros creían en el humilde escultor.
El conflicto llegó hasta un juicio público.
Don Francisco acusó a Cirilo de mentiroso y hasta de brujo maligno. Pero el escultor sólo repetía una frase:
—Pongo a Dios por testigo de que digo la verdad.
Entonces el sacerdote ordenó llevar la sagrada imagen ante todos los presentes.
La multitud cayó de rodillas.
El silencio se volvió tan profundo que hasta el viento parecía haberse detenido sobre Zacatecas.
Y fue entonces cuando ocurrió el prodigio.
El Cristo Justiciero
Una intensa luz blanca iluminó la plaza.
El clavo de la mano derecha del Cristo salió disparado con estruendo. La imagen levantó lentamente la cabeza, abrió los ojos y señaló con un dedo ardiente a don Francisco.
Y ante el horror de todos, la escultura habló:
—¡Tú mientes, Francisco!
Dicen que el hombre cayó fulminado como si el mismo cielo hubiera descargado su ira sobre él.
Sólo alcanzó a gritar:
—¡Piedad, Señor… piedad!
Desde entonces, aquella imagen fue conocida como el Cristo Justiciero.
Porque los hombres podrán ocultar sus pecados durante años… pero ninguna mentira sobrevive eternamente ante los ojos de Dios.
El destino de Cirilo y el Callejón del Santero
Asombrado por el milagro, Cirilo renunció a las vanidades del mundo y entró como hermano lego al Convento Franciscano de Guadalupe.
Su hijo sanó milagrosamente y continuó el oficio de escultor.
La calle donde estuvo el taller de Cirilo aún existe en Zacatecas y es conocida como el Callejón del Santero. Algunos habitantes aseguran ser descendientes del muchacho que sirvió de modelo para el Cristo y afirman que ciertos rasgos del Redentor todavía pueden verse reflejados en sus rostros.
Y aún hoy, dentro de la Catedral, permanece la venerada imagen observando en silencio a quienes se acercan a contemplarla.
Tal vez esperando el día en que deba volver a impartir justicia.
Decían los antiguos que el pobre puede sobrevivir al hambre… pero no a la traición. Y también afirmaban algo todavía más cierto: quien roba el fruto ajeno termina cavando su propia desgracia. Porque la justicia de los hombres suele dormirse… pero la del cielo jamás cierra los ojos.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Tomas Dimas Arenas, Leyendas del estado de Zacatecas, 2001.
