
Mis queridas almas lectoras, permítanme invitarles a un viaje que no se emprende con los pies, sino con el recuerdo y el respeto; un descenso hacia los dominios donde el tiempo deja de contar sus horas y el aliento se vuelve silencio. Antes de que las campanas europeas resonaran en estas tierras, ya los antiguos pueblos sabían que la muerte no era final, sino tránsito… y que al otro lado aguardaban señores tan antiguos como el polvo mismo.
El largo camino hacia el Mictlán
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que al morir, no todas las almas encuentran reposo inmediato, pues existe un camino largo y severo que pone a prueba la esencia misma del espíritu. Durante cuatro años —ni uno menos— el difunto atraviesa ríos oscuros, montañas que chocan, vientos de obsidiana y criaturas que acechan, hasta que sus huesos, ya limpios de la carne del mundo, alcanzan el destino final: el Mictlán.
No se trataba de un infierno ni de un castigo, como algunos quisieron hacerlo creer después, sino de un lugar de reposo, donde la vida y la muerte se entienden como dos caras de una misma moneda. Porque, como bien decían los antiguos, no hay sombra sin luz, ni vida que no deba rendirse ante el descanso eterno.
Mictlantecuhtli, guardián del equilibrio
En lo más profundo de aquel reino, en el noveno nivel donde ni el eco se atreve a regresar, habita Mictlantecuhtli, señor absoluto del Mictlán. Su figura, descrita como un esqueleto adornado con símbolos de sangre y muerte, no era motivo de temor, sino de respeto.
Fue creado por los dioses para recordar a los hombres que la vida solo tiene valor porque es breve. Y aunque su aspecto sea descarnado y su mirada penetre la oscuridad misma, su labor no es castigar, sino custodiar el equilibrio del universo.
Se dice que incluso la humanidad misma guarda relación con su reino, pues de los huesos del Mictlán surgió la vida cuando los dioses decidieron dar origen al hombre. Así, el señor de la muerte es también, en cierta forma, guardián de la semilla de la existencia.
Mictecacíhuatl, madre del retorno
A su lado reina Mictecacíhuatl, la dama de la muerte, cuya historia comienza en el mismo instante en que nació… y murió. Desde entonces, su vínculo con el mundo de los difuntos es absoluto.
Ella es quien cuida los huesos de los ancestros, quien vigila su descanso y quien, con un gesto que mezcla compasión y misterio, permite a las almas regresar al mundo de los vivos en ciertos momentos del año.
Dicen que cuando los colibríes revolotean cerca de las flores, no son simples criaturas, sino mensajeros del Mictlán, enviados por la señora para recordar a los vivos que los muertos no se han ido del todo.
Y así, lo que hoy conocemos como Día de Muertos encuentra en ella su raíz más profunda: un puente entre dos mundos que jamás dejaron de estar unidos.
La muerte como espejo de la vida
No todos los caminos conducen al Mictlán, pues los antiguos distinguían destinos según la forma de morir; sin embargo, el mensaje era uno solo: la muerte no discrimina ni olvida.
Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl no eran enemigos del hombre, sino sus últimos anfitriones. Ellos recibían por igual al noble y al humilde, al anciano y al joven, recordándonos que en el final no hay jerarquías.
Y es ahí donde yace la enseñanza más profunda: vivir bien es aprender a morir con dignidad. Porque quien teme a la muerte, olvida que ella ha caminado a su lado desde el primer aliento.
Hijo… no temas a la muerte, teme a no haber vivido con honra. Porque cuando llegue tu hora, no habrá riqueza que te acompañe, solo la memoria de tus actos.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Adaptación del Cronista Garbancero, basado en la obra de tradición popular, mitología mexica, compilaciones diversas.
