
Mis queridas almas lectoras hay noches que parecen hechas para tentar a los vivos con aquello que ya no pertenece a este mundo. Noches en que el silencio se vuelve espeso y la bruma parece guardar secretos antiguos, como si la misma tierra susurrara nombres que nadie se atreve a repetir en voz alta. En la ciudad de Xalapa, donde la neblina baja como un velo sobre las calles, existe una historia que ha inquietado a más de un alma errante… y que, a decir verdad, no distingue entre crédulos y escépticos.
El encuentro en la noche
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que frente al Panteón Antiguo, en una noche de trabajo como cualquier otra, un taxista vio levantarse de entre la penumbra a una mujer completamente vestida de blanco. No hubo grito, ni súplica, ni señal de desesperación en ella; solo una serenidad inquietante, de esas que no pertenecen a los vivos. Con voz tenue, pidió ser llevada al número 12 de la calle Juárez, en el corazón de la ciudad.
El conductor, hombre de oficio acostumbrado a los caprichos de la noche, accedió sin sospecha. Durante el trayecto, el silencio fue su único acompañante. Ni una palabra más salió de los labios de la dama, ni una mirada cruzaron en el espejo. Era como si el tiempo mismo se hubiera detenido dentro de aquel vehículo.
La casa que no responde
Al llegar al destino señalado, la mujer descendió con calma y, antes de perderse tras la puerta, pidió al chofer que aguardara un momento para pagarle. El hombre obedeció. Pasaron los minutos… luego más minutos… y la espera comenzó a tornarse incómoda, como cuando uno presiente que algo no encaja del todo en la realidad.
La puerta nunca volvió a abrirse.
Cansado de esperar, y convencido de que cobraría su servicio al día siguiente, el taxista decidió retirarse. Mas, dicen que hay decisiones sencillas que conducen a descubrimientos que uno preferiría no haber hecho jamás.
La verdad que hiela la sangre
Con la luz del día como escudo, el hombre regresó a la casa marcada con el número 12. Tocó una vez… dos… tres… pero nadie respondió. Intrigado, acudió a la vivienda contigua, donde una mujer salió a atenderle. Al escuchar la historia, lejos de sorprenderse, la vecina dejó escapar una verdad que helaría la sangre de cualquiera.
Aquella casa —le dijo— llevaba desocupada desde hacía muchos años.
Y no solo eso… la mujer de blanco que él había llevado, en efecto, vivió ahí… pero había muerto hacía siete años.
No era la primera vez —añadió con inquietante naturalidad— que alguien acudía preguntando por ella.
El eco que permanece
Desde entonces, se dice que la figura de la dama sigue apareciendo en las inmediaciones del panteón, abordando vehículos como si aún tuviera asuntos pendientes entre los vivos. Algunos conductores han preferido ignorarla; otros, por cortesía o incredulidad, han aceptado llevarla… pero todos coinciden en lo mismo: el silencio que la envuelve no es humano, y su presencia deja un frío que no se disipa ni con el paso de los días.
Porque hay almas, mis queridos lectores, que no se resignan a partir… y hay caminos que, aunque recorridos, jamás conducen al descanso.
Hay quienes dicen que el miedo nace de la ignorancia… pero yo digo que hay cosas que, aun conociéndolas, uno preferiría no haber entendido jamás.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Alberto Espejo, Historias, cuentos y leyendas de Xalapa, 2013.
