
Mis queridas almas lectoras… hay criaturas que, aunque pequeñas a la vista, guardan en su pecho hazañas dignas de los más grandes héroes. No todo lo extraordinario camina erguido ni porta corona; a veces, la nobleza se oculta entre los matorrales, bajo la piel de un animal despreciado por la ignorancia, pero venerado por la memoria antigua. En los rincones de Querétaro, donde el viento aún susurra relatos de antaño, se cuenta una historia que honra a una humilde benefactora: doña Tlacuacha.
Una aldea sumida en la penumbra
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que… hubo un tiempo remoto en que los primeros hombres de una aldea vivían bajo el dominio absoluto de la noche. Sus hogares carecían de luz y calor, y el frío se colaba como un huésped ingrato entre sus huesos. Miraban con anhelo hacia lo alto de un cerro, donde una llama brillante danzaba sin cesar, custodiada por una hechicera de corazón endurecido. Aquella luz era promesa de vida, de alimento cocido y de noches menos crueles, mas estaba fuera de su alcance.
El trato de una criatura valiente
En medio de la desesperanza, una voz tímida emergió desde la espesura. Era una zarigüeya hembra, de andar cauteloso y mirada resuelta. Se acercó a los hombres con una propuesta que parecía imposible: ella traería el fuego. Pero no sin antes exigir un juramento. Su especie debía ser respetada, jamás perseguida ni devorada. Los hombres, urgidos por la necesidad, aceptaron sin titubeos, sellando así un pacto que resonaría en el tiempo.
El engaño a la hechicera
Con paso discreto, doña Tlacuacha ascendió hasta el cerro donde la hechicera vigilaba su tesoro. Fingió cortesía, tejió palabras y distrajo a la guardiana con charla ligera. La bruja, altiva y rencorosa, no ocultó su desprecio hacia los hombres ni su deseo de verlos sufrir en la oscuridad. Pero en su soberbia, bajó la guardia. Cuando se ausentó brevemente para avivar la fogata, la astuta visitante ejecutó su plan: prendió su larga cola en la llama y, con dolor silente, ocultó el fuego en la bolsa que resguarda a sus crías.
El regalo que cambió la noche
Al regresar a la aldea, la escena fue de júbilo incontenible. Los hombres, incrédulos, vieron cómo la pequeña heroína cumplía su promesa. La luz iluminó sus rostros, el calor abrazó sus cuerpos y el fuego transformó su existencia. Nadie imaginaba el sacrificio que había costado aquel milagro. La cola de la tlacuacha, quemada y desnuda, quedó como testigo eterno de su valentía.
El eco que perdura en nuestros días
Desde entonces, se dice que la zarigüeya lleva en su cuerpo la huella de aquel acto generoso. Su cola pelona no es defecto, sino medalla. Y aunque muchos la miran con desdén, los pueblos antiguos la recuerdan con respeto, como la portadora del fuego, la que desafió a la oscuridad por el bien de los hombres.
Hay favores que se pagan con olvido, pero también hay gestos que el tiempo convierte en leyenda. Quien da sin esperar, deja una llama que ni la muerte puede apagar.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Oliver Barona, Leyendas de Querétaro.
