
Mis queridas almas lectoras hay lugares donde el bullicio de la vida moderna intenta cubrir los susurros de lo antiguo, pero ni el clamor de miles de voces ni el estruendo de una multitud pueden acallar lo que yace bajo tierra. En la ciudad de Querétaro se alza un coloso de concreto y fervor, el llamado Estadio La Corregidora, cuya historia no solo se escribe con goles y derrotas, sino también con sombras que se niegan a abandonar su morada eterna.
El origen del silencio perturbado
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que antes de que aquel estadio levantara sus gradas hacia el cielo, en ese mismo terreno reposaban los restos de antiguos moradores, almas que habían encontrado descanso en un panteón discreto, apartado del ruido y de la prisa de los vivos. Sin embargo, como suele suceder cuando el hombre decide imponer su voluntad sobre lo sagrado, aquel camposanto fue removido sin el debido respeto, sin ceremonia, sin memoria.
Así, donde antes reinaba el recogimiento, se alzó una obra moderna, ignorante quizá —o indiferente— de aquello que había perturbado.
El eco de los muertos
No tardaron en surgir los rumores, como hojas secas arrastradas por el viento nocturno. Se decía que las almas, inquietas y contrariadas, no aceptaban el destino que les había sido impuesto. No era de su agrado que, sobre sus restos, se celebraran juegos, que los pasos resonaran sin reverencia, ni que balones cruzaran el aire donde antes flotaban plegarias.
Y así, poco a poco, comenzó a hablarse de una extraña maldición. Equipos que llegaban con esperanza, salían derrotados. Otros, que parecían destinados a la gloria, terminaban descendiendo sin explicación clara. Algunos lo atribuían a la mala fortuna, otros a decisiones torpes de los hombres de traje… pero los más antiguos solo negaban con la cabeza y murmuraban que aquello era obra de quienes no descansan.
Sombras que observan en silencio
Mas lo verdaderamente inquietante no es la derrota en el campo, sino lo que ocurre cuando las luces se apagan y el murmullo se extingue. Son muchos los que aseguran haber visto figuras vagando entre los pasillos del estadio, sombras que no pertenecen a este tiempo ni a este mundo.
Curiosamente —y he ahí un detalle digno de reflexión—, estas apariciones jamás se presentan durante los partidos. Como si los propios muertos, en un gesto que roza lo irónico, decidieran observar el juego en silencio, atentos, quizá entretenidos por la pasión de los vivos.
No faltan quienes, con humor nervioso, aseguran que los espíritus no son responsables de las derrotas, sino meros espectadores… y que, si los equipos desean evitar el descenso, harían mejor en entrenar con mayor diligencia que en culpar a los difuntos.
¿Maldición o descuido humano?
Así pues, la leyenda se mantiene suspendida entre la risa y el temor. Porque si bien hay quienes encuentran explicación en los errores humanos, también hay quienes, al caminar solos por aquellos pasillos en penumbra, sienten una presencia que observa, que recuerda… que no olvida.
Y como bien decían los antiguos: no hay peor inquietud que aquella que no se ve, pero se siente.
Hay quienes culpan al destino de sus tropiezos, pero olvidan que el verdadero descuido suele venir de la mano del hombre… y que los muertos, si hablan, lo hacen solo para recordar lo que los vivos prefieren ignorar.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Oliver Barona, Leyendas de Querétaro.
