
Mis queridas almas lectoras hay historias que no gritan, que no se anuncian con alaridos ni con cadenas arrastradas… sino que se deslizan en el silencio, como un suspiro que no encuentra descanso. En los antiguos caminos de tierra, donde el murmullo del agua acompaña las noches, aún se cuentan relatos de figuras que vagan sin voz, cargando penas que ni la muerte ha logrado disolver.
Tal es el caso de Huinalá, en el municipio de Apodaca, Nuevo León… un lugar donde el tiempo parece detenerse al filo de los arroyos, y donde algunos aseguran que no todo lo que camina pertenece ya al mundo de los vivos.
Un encuentro que no se olvida
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que hace ya muchas décadas, cuando los campos eran aún dominios del arado y la luna alumbraba los caminos sin interferencia alguna, los habitantes del lugar solían transitar por el arroyo del Peinecillo y el de la Talaverna, ya fuera para trabajar, ordeñar o simplemente cruzar hacia otras tierras.
Fue entonces cuando comenzaron a verla.
Una mujer joven, de porte sereno pero inquietante, vestida completamente de blanco. No había certeza si se trataba de un vestido de novia o una simple prenda clara… pero su presencia era imposible de ignorar.
Caminaba lentamente por la orilla del agua, como si buscara algo… o a alguien.
Una súplica sin palabras
Aquella figura no hablaba.
No lloraba.
No gritaba.
Pero levantaba la mano.
Un gesto leve, casi desesperado… como quien pide ayuda, o intenta advertir algo que no puede ser dicho.
Quienes la vieron coinciden en lo mismo: nunca emitió sonido alguno.
Y eso, almas mías… resulta más inquietante que cualquier lamento.
Muchos intentaron relacionarla con la conocida figura de la llorona… mas pronto descartaron tal idea, pues jamás escucharon sollozo alguno, ni palabras de dolor. Solo ese gesto… insistente, eterno.
Lo que dicen los viejos papeles
Con el paso del tiempo, no solo la tradición oral sostuvo su existencia.
Algunos cronistas, curiosos y persistentes, hallaron menciones en antiguos periódicos locales, donde vecinos de comunidades cercanas aseguraban haber visto a la misma mujer… caminando por el arroyo de la Talaverna.
Curiosamente, ambos arroyos —el del Peinecillo y el de la Talaverna— llegan a unirse en cierto punto… como si aquel espíritu no conociera límites y recorriera ambas corrientes en su andar sin descanso.
Se comenzó entonces a murmurar…
¿Quién fue aquella mujer?
Algunos dicen que pudo haber sido una novia que jamás llegó al altar.
Otros, que una joven cuyo destino terminó en tragedia, quizá ahogada… o abandonada.
Pero nadie… absolutamente nadie… ha tenido el valor de acercarse lo suficiente para preguntarle qué es lo que necesita.
La persistencia de lo inexplicable
Han pasado más de ochenta… quizá cien años desde los primeros testimonios.
Y sin embargo, hay quienes aseguran que aún se deja ver.
Ancianos del lugar, hoy con más de ochenta años, recuerdan haberla visto en su juventud… y sostienen, con mirada firme, que aquello no fue imaginación.
El arroyo sigue ahí.
El silencio también.
Y en noches donde el viento no sopla… algunos dicen que aún puede distinguirse una figura blanca caminando junto al agua, levantando la mano… como esperando que alguien, algún día… tenga el valor de ayudarla.
Hay almas que no descansan porque nadie escuchó su última palabra… y hay silencios que pesan más que cualquier grito. No todo lo que se aparece busca asustar; a veces, solo busca ser comprendido.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en el programa de televisión regiomontano Reportajes de Alvarado, conducido por el Lic. Eduardo Alvarado Ginesi, con testimonio del Lic. Enrique Garza.
