
Mis queridas almas lectoras, pocas cosas resultan tan inquietantes como aquello que, siendo cotidiano, decide apartarse de su naturaleza y mostrarnos un atisbo de lo inexplicable. No es en los panteones ni en las viejas casonas donde siempre mora el espanto; a veces, se esconde entre luces de neón, entre risas infantiles… y en la fría sonrisa de un payaso inmóvil.
El descanso de los trabajadores
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que en la ciudad de Cuernavaca, allá por los albores del nuevo milenio, cuando la modernidad comenzaba a desplazar las viejas costumbres, dos hombres terminaban su jornada en un conocido establecimiento de comida rápida. Era una de esas madrugadas silenciosas, donde hasta el viento parece andar con cautela, como si temiera despertar a algo que no debe ser perturbado.
Agotados por la faena, salieron a tomar el aire. Frente a ellos reposaba una banca, y sobre ella, la figura conocida por todos: un payaso de sonrisa perpetua, de mirada fija y gesto inmutable, dispuesto —según decían— a acompañar fotografías y risas.
El juego imprudente
Cansado, uno de los hombres decidió sentarse junto al muñeco. Lo rodeó con el brazo, como si se tratara de un viejo camarada, y con tono burlón exclamó: “Estoy muy cansado”. Aquella frase, tan humana y tan simple, flotó en el aire nocturno… pero no murió en él.
Porque, según se dice, la figura respondió.
No con el silencio propio del plástico… sino con movimiento.
El payaso giró levemente, descendió una extremidad y, con voz hueca, como salida de un pozo sin fondo, respondió: “Yo también”.
Cuando lo imposible se vuelve real
El tiempo, cuentan quienes han oído esta historia, pareció detenerse. El hombre que estaba junto al payaso no alcanzó siquiera a reaccionar; su corazón, incapaz de soportar el espanto, se rindió en el acto.
El otro, testigo involuntario, intentó huir. Algunos aseguran que llevaba consigo un dispositivo con el que registraba la escena, pero el terror no da tregua ni permite lucidez. Apenas logró avanzar unos pasos antes de que su propio cuerpo sucumbiera ante el miedo.
Dos hombres, dos destinos sellados por una misma presencia.
Videos, silencios y desapariciones
Dicen que aquel suceso sacudió a la ciudad. Que el muñeco fue retirado con premura, escoltado por autoridades que preferían no hacer preguntas. Que la empresa decidió eliminar aquellas figuras de todos sus establecimientos, como quien intenta borrar una mala memoria.
También se murmura sobre grabaciones… imágenes captadas por cámaras cercanas donde el payaso se levanta, camina y desaparece entre las sombras de la noche, descendiendo a las entrañas de la tierra como si jamás hubiera pertenecido al mundo de los hombres.
Pero, como sucede con muchas historias, tales pruebas nunca han sido vistas con certeza. Algunos dicen haberlas presenciado; otros aseguran que jamás existieron.
La explicación que no consuela
Con el paso del tiempo, las voces sensatas intentaron dar forma lógica a lo ocurrido. Se habló de cambios en la imagen comercial, de decisiones empresariales, de fenómenos colectivos donde la mente humana rellena los vacíos con imaginación.
Mas hay algo que ni la razón ni el escepticismo logran disipar por completo: la persistencia del relato.
Porque, como bien se sabe en los caminos antiguos, cuando una historia se niega a morir… es porque algo en ella, por pequeño que sea, aún respira.
Hijo, no todo lo que sonríe es amigo, ni todo lo inmóvil está muerto; a veces, el mayor peligro no es lo que se mueve… sino aquello que decide hacerlo cuando no debería.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en recopilaciones populares, relatos urbanos
