
Mis queridas almas lectoras, hay caminos que no sólo conducen a destinos lejanos, sino también a recuerdos que se niegan a morir. En la vasta extensión de la Comarca Lagunera, donde el viento arrastra polvo y secretos por igual, existe un punto en el que la noche parece detenerse… como si aguardara algo, o a alguien.
Quien transita por el antiguo bulevar que une Gómez Palacio con Torreón, haría bien en no ignorar las sombras… pues algunas de ellas, dicen, saben levantar la mano para pedir un último viaje.
Una carretera marcada por la tragedia
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que durante la década de los años treinta, la carretera que unía a Torreón, Gómez Palacio y Lerdo no sólo era transitada, sino temida. No eran pocos los accidentes que ahí ocurrían, y menos aún las vidas que se perdían bajo el estruendo del hierro y la prisa imprudente.
En un punto en particular, conocido como el 11-40, la fatalidad parecía tener domicilio fijo. Su nombre, derivado de la distancia que lo separa de la Ciudad de México, pronto dejaría de ser una simple referencia… para convertirse en advertencia.
El origen de la aparición
Se cuenta que una noche de sábado, allá por 1937, una familia regresaba de un festejo en el antiguo Club Campestre. Las risas aún flotaban en el aire cuando el destino, sin aviso ni piedad, los hizo encontrarse con el tren. El impacto fue brutal… y definitivo.
No pasó mucho tiempo antes de que otra tragedia viniera a sellar aquel sitio con luto: una joven de origen judío perdió la vida en circunstancias similares.
Y así, como suele ocurrir cuando el dolor no encuentra descanso, algo quedó… algo que no partió con los muertos.
La dama de blanco en la oscuridad
Quienes han tenido la desdicha de verla coinciden en su descripción: una joven de rostro pálido, cabellera castaña que cae como velo de pena, y un vestido blanco que parece preparado para una fiesta que jamás ocurrió.
Camina… o flota… nadie lo sabe con certeza. Pero siempre aparece a la orilla del camino, levantando la mano con una calma inquietante, pidiendo ser llevada hacia Torreón.
Y es ahí donde el viajero debe tomar una decisión… porque aceptar o negar su petición, dicen, conduce al mismo destino.
El relato del taxista
Años después, un hombre de oficio nocturno, conductor de taxi, relató una experiencia que aún eriza la piel de quienes la escuchan.
Era pasada la medianoche cuando la vio. La joven hacía señas. El hombre, recordando las historias, decidió no detenerse. Aceleró… como quien huye de un mal presentimiento.
Mas al mirar por el espejo retrovisor, su sangre se heló: la joven estaba ahí… sentada en el asiento trasero, observándolo en silencio.
Dicen que sonrió… una sonrisa que no pertenecía a este mundo… y luego desapareció sin dejar rastro.
El hombre no volvió a ser el mismo.
El eco que persiste
Con el tiempo, las autoridades decidieron construir un paso a desnivel para evitar más tragedias. Pero ni el concreto ni el progreso lograron ahuyentar lo que ya estaba arraigado.
Hoy en día, entre las tres y cinco de la madrugada, hay quienes aseguran verla nuevamente.
Siempre sola.
Siempre esperando.
Siempre pidiendo un viaje que, al parecer, nunca termina.
Hay caminos que no deben recorrerse con prisa, ni con soberbia… porque cuando el destino llama, no siempre es para llevarnos a casa.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Creado por el Cronista Garbancero, basado en la obra de Tradición oral lagunera, Relatos del norte de México.
