
En los rincones más antiguos de México, donde la neblina se aferra al suelo como si ocultara secretos vergonzosos, existen pueblos donde las leyendas no se cuentan… se viven.
Sayula, en el estado de Jalisco, es uno de esos lugares.
Ahí, entre calles empedradas y campanas que lloran a medianoche, sobrevive una advertencia que ha pasado de boca en boca… acompañada de una rima que, aunque provoca una sonrisa nerviosa, encierra un consejo más serio de lo que parece.
Porque no todas las ánimas buscan rezos… algunas buscan algo mucho más incómodo.
La advertencia del pueblo
En Sayula, desde hace generaciones, se repite una copla que más de uno ha tomado a la ligera… hasta que le toca comprobarla:
Si en alguna ocasión,
y por artes del Demonio,
te vieras como Apolonio
en crítica situación…
Si tropiezas acaso
con alguna ánima en pena,
aunque te diga que es buena,
no te confíes jamás…
Y por vía de precaución
llévate como cristiano
la cruz bendita en la mano
y en el fundillo un tapón.
Ríanse si quieren… pero en Sayula, esa rima no se dice en broma.
El pobre Apolonio y su desesperación
Apolonio Aguilar era trapero… de esos que viven entre lo que otros desechan. Su casa apenas se sostenía en pie, su mesa rara vez tenía alimento, y su familia cargaba el peso de una pobreza que ya no dejaba ni esperanza.
Cansado de su suerte, una noche decidió que ya era suficiente.
—He de cambiar mi destino, aunque tenga que hablarle al mismo Diablo…
Y con esas palabras, tomó valor… o locura… y salió rumbo al panteón.
La hora de las ánimas
Aquella noche, Sayula estaba cubierta por una neblina espesa, como si el mundo mismo quisiera ocultar lo que estaba por suceder. Las campanas sonaron. Doce.
La llamada hora de las ánimas. Los perros comenzaron a ladrar… no por gusto, sino por miedo.
Y entonces… apareció.
El encuentro en el camposanto
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que del interior del panteón emergía una figura que no caminaba… se deslizaba.
Apolonio, con el alma hecha un nudo, reunió valor y preguntó:
—En nombre de Dios… dime quién eres.
La figura respondió:
—Me llamo Perico Zurrez… fui pícaro en vida… y ahora busco quien, a cambio de dinero… me preste su retaguarda.
Silencio.
De esos que pesan. De esos que hacen sudar frío. Apolonio, confundido y ofendido, soltó el sombrero y exclamó con toda su alma:
—¡Por la vida del Rey Clarión!… ¿qué chingaderas son éstas?
El trato que nadie aceptaría
El ánima no mentía. Custodiaba un tesoro… sí.
Pero el precio… era algo que ningún hombre decente —ni indecente— estaba dispuesto a pagar.
Apolonio, indignado más que asustado, dio media vuelta y salió del panteón con paso firme.
Porque hay cosas… que ni el hambre justifica.
La costumbre que quedó
Desde aquella noche, en Sayula quedó marcada una curiosa costumbre. Cuando alguien menciona al ánima…
los hombres, casi sin pensarlo, colocan una mano detrás de sí. Dicen que es una forma de protección.
Otros… dicen que es puro reflejo.
Pero en el fondo… todos saben por qué lo hacen. Y ninguno quiere averiguarlo por las malas.
Mire usted, alma lectora…
el hambre aprieta, sí… pero no todo trato es negocio.
Hay riquezas que llegan torcidas… y terminan peor.
Porque cuando un muerto ofrece oro… lo mejor es preguntarse:
¿qué perdió él… para seguir aquí?
Y más importante aún…
¿qué le hará perder a usted?
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla. Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Leyendas de Jalisco, Ediciones Horus.
