
Mis queridas almas lectoras…
Permítanme acercarles una historia nacida entre los ecos de una hacienda olvidada, donde la tierra aún guarda secretos que no han sido revelados del todo y donde el agua, tranquila a simple vista, oculta verdades que hielan la sangre. En los campos de Comonfort, allá donde los días alguna vez fueron de abundancia y los atardeceres se teñían de oro sobre los árboles frutales, existe un lugar que hoy apenas susurra su pasado… pero que por las noches, murmura con voz propia.
Una tierra de abundancia y dominio
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que la hacienda de Don Diego fue en otro tiempo un paraíso terrenal, colmado de manantiales cristalinos, pastizales suaves y árboles cargados de frutos dulces que perfumaban el aire. Era un sitio de descanso para los poderosos, quienes, con riqueza y autoridad, dominaban aquellas tierras mientras otros trabajaban bajo su sombra. Entre sus rincones destacaba un estanque sereno, espejo del cielo, donde el agua parecía tan pura que nadie sospecharía lo que en sus profundidades habitaba.
Pero como dicta la historia, ninguna fortuna es eterna. Tras los vientos de la Revolución Mexicana, la vida de Don Diego llegó a su fin de manera violenta, y con su muerte comenzó también la lenta decadencia de la hacienda. Nuevos dueños llegaron, las tierras se dividieron y el esplendor se disipó como el humo de una vela extinguida.
El hombre que habita en el agua
Con el paso de los años, la gente comenzó a hablar de una presencia extraña. Un ser al que llamaron El Chan, cuyo nombre, según los ancianos, significa “hombre de agua”. No era criatura de este mundo, decían, sino un ente que pertenecía a las profundidades, mitad hombre y mitad pez, con ojos que brillaban como reflejos de luna en el agua quieta.
Se decía que no todos podían verlo, pero aquellos que lo hacían quedaban marcados por su destino. Porque mirar al Chan no era un simple encuentro… era una sentencia.
Aquellos que nunca regresaron
Hubo quienes, movidos por la curiosidad o la inocencia, se acercaron demasiado al estanque. Dos personas de la comunidad —bien conocidas por todos— desaparecieron sin dejar rastro. La última vez que se les vio fue en los alrededores de la hacienda, cerca del agua inmóvil que parecía observarlos en silencio.
Desde entonces, sus nombres se convirtieron en susurros, y sus historias en advertencias. Porque no hay peor destino que aquel que no deja cuerpo ni despedida, sólo incertidumbre.
La llamada del fondo
Dicen que el Chan no ataca con violencia, sino con engaño. Que su mirada atrapa, que su presencia hipnotiza… y que una vez que alguien se acerca lo suficiente, el agua cobra vida. Sin ruido, sin lucha visible, la víctima es jalada hacia el fondo, como si el mismo estanque la reclamara.
Y entonces, todo vuelve a la calma.
El agua queda inmóvil… como si nada hubiese ocurrido.
Voces que aún susurran en la noche
Hoy en día, la hacienda luce abandonada, consumida por el tiempo y el olvido. Sus caminos ya no son transitados, y sus muros apenas resisten el paso de los años. Sin embargo, quienes han osado acercarse aseguran que por las noches se escuchan lamentos, gritos ahogados y sonidos que no pertenecen al mundo de los vivos.
Algunos dicen que son las almas de aquellos que el Chan se llevó. Otros, que es el propio ser, aguardando paciente a su próxima víctima.
Porque hay lugares que no olvidan…
y hay presencias que nunca se marchan.
Dicen los viejos que el agua no sólo da vida… también guarda secretos. Y aquel que se acerca sin respeto a lo que no comprende, corre el riesgo de no volver jamás. Porque hay misterios que no deben tocarse, y hay miradas que es mejor no sostener.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Dulce Miriam Vázquez Venancio, Leyendas de mi comunidad, 2018.
