
En los pueblos antiguos —cuando la palabra sellaba pactos y la honra pesaba más que cualquier firma— existían casas que guardaban secretos más viejos que sus cimientos.
Casas que parecían respirar cuando la noche caía.
Y esta… esta era una de ellas.
Se alzaba junto al templo, separada apenas por un callejón estrecho donde el agua de lluvia corría como si quisiera lavar pecados antiguos. Sus muros, con más de dos siglos de historia, habían visto nacer y morir generaciones enteras.
Allí vivió la abuela de Margarito Coronel.
Mujer de carácter firme.
Viuda por crimen artero.
Madre y padre a la vez.
Y, según decían los viejos… guardiana de un tesoro enterrado.
La Casa, el Pozo y el Secreto
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que Margarito recordaba cada rincón de aquella finca: la huerta, el corral… y el pozo. Ese pozo oscuro, cubierto por tablones, donde había muerto ahogado un hermano de su abuela muchos años atrás.
Desde niño le prohibieron acercarse.
Y ya saben ustedes que la prohibición es el mejor incentivo para la curiosidad.
No había escrituras.
No había actas.
La propiedad se compró “a la palabra”… cuando la palabra valía.
Pero sí había una historia que jamás se apagó:
la abuela había vendido una mina a extranjeros.
Le pagaron en oro.
Y lo enterró en algún punto de la casa.
La mitad, decían, sería para la Iglesia.
La otra mitad, para la sangre.
La Obsesión de Margarito
Pasaron los años.
Margarito envejeció buscando.
Metro a metro removió tierra.
Golpeó muros.
Escudriñó el corral.
Nada.
Pero la fe en la palabra de su abuela era más fuerte que la lógica.
“Ella no mentía”, repetía.
Hasta que una noche soñó.
Un triángulo de tierra, fuera de la casa.
En la banqueta.
Justo donde una habitación fue demolida años atrás.
Despertó como si le hubieran clavado un rayo en la espalda.
El Descubrimiento
En plena madrugada golpeó la banqueta con el mango del azadón.
Sonido hueco.
Sonido de vacío bajo piedra.
Sonido de esperanza… o condena.
Pero había un problema:
el tesoro no estaba en su propiedad.
Estaba en la calle.
En el centro del pueblo.
Frente al templo.
Necesitaba a alguien que pudiera excavar sin sospechas.
Y entonces pensó…
—¡El padrecito!
La Excavación Sagrada
Con el cuento de una carta antigua donde la abuela prometía la mitad del oro a la Iglesia, convenció al sacerdote.
Se decidió cambiar la banqueta frente al templo y reforzar los cimientos.
A pocos centímetros…
apareció el cofre.
Madera vieja.
Cinchos metálicos.
Silencio.
Se detuvo la obra alegando posibles restos antiguos.
El cofre fue llevado discretamente a la sacristía.
Y allí…
comenzó la verdadera prueba.
La Manifestación
Durante varias noches Margarito y el sacerdote se reunían en secreto para repartir el oro.
Al principio hubo acuerdo.
Luego dudas.
Después… envidia.
Las voces subieron de tono.
Y entonces, en medio de la oscuridad, aparecieron tres esferas transparentes flotando frente a ellos.
Como burbujas de aire suspendidas.
Vivas.
Observándolos.
Ambos sintieron lo mismo.
Era la abuela.
El sacerdote susurró:
—Es tu abuela que quiere decirte que me des todo el dinero.
Margarito, cegado por la furia, gritó:
—¡El alma de mi abuela está en el infierno!
Las esferas se elevaron.
Y desaparecieron.
El Cuervo
Un golpe seco resonó desde lo alto.
Un cuervo negro, muerto, con alas extendidas, descendió como piedra lanzada por el cielo.
Se clavó en ambos ojos de Margarito.
Un alarido sacudió la sacristía.
Desde entonces…
quedó ciego.
Del dinero nunca se volvió a hablar.
El sacerdote guardó silencio.
El pueblo también.
Pero cada vez que un cuervo grazna sobre el templo, algunos ancianos bajan la voz.
La envidia no siempre viene del vecino; a veces nace en el propio corazón.
Y cuando se mezcla con la codicia… ni el oro alcanza para comprar la paz.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra del Dr Jaime Zuñiga Burgos
Libro «De Fantasmas, aparecidos y una platica con la llorona»
