
En muchos pueblos de México, hay días que pasan como cualquier otro… y hay otros que parecen cargados de presagios.
En Veracruz, especialmente en las regiones montañosas y húmedas donde los cerros se cubren de neblina al caer la tarde, los ancianos hablan de una fecha que no debe tomarse a la ligera.
El 24 de agosto.
Ese día, según dicen, no sólo se celebra a San Bartolomé, uno de los doce apóstoles de Cristo. También es la noche en que algo oscuro se mueve entre los caminos.
Quienes han vivido muchos años en esas tierras afirman que, cuando se acerca esa fecha, la naturaleza comienza a comportarse de forma extraña.
Los vientos soplan con violencia.
Los rayos caen sin descanso.
Las moscas desaparecen.
Y en el monte… las víboras caminan erguidas.
Los abuelos aseguran que no es coincidencia.
Dicen que esa noche…
el diablo anda suelto.
La leyenda
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que desde las once de la noche del 23 de agosto, algo cambia en el mundo.
Las nubes se juntan como si alguien las llamara desde lo alto de los cerros, el aire sopla con furia y no tarda en caer una tormenta cargada de relámpagos.
En pueblos de la zona de Omealca, particularmente en la comunidad de Dos Caminos, los ancianos aseguran que en esas horas no debe salir nadie al campo. Porque es cuando el diablo comienza a recorrer los caminos.
No lo hace con cuernos ni con cola, como en los grabados antiguos.
No.
Dicen que se presenta como un hombre amable. Bien vestido, educado, de palabra dulce.
Un caballero que aparece de repente en los senderos o en las veredas, dispuesto a conversar con quien se encuentre en su camino… especialmente con mujeres jóvenes.
Pero esa no es la única señal de su presencia, hay cosas más inquietantes.
En el monte, durante esa noche, las víboras se levantan y caminan paradas, como si una fuerza invisible las obligara a alzarse del suelo.
Las plantas se marchitan, se dice que el demonio, en su paso por los campos, orina sobre los cultivos, dejándolos secos y sin vida. Incluso una planta muy querida por los curanderos, el pericón, pierde su aroma en esa fecha, por eso muchos campesinos acostumbran cortarlo antes de que den las once de la noche.
Porque después…
ya no sirve para nada.
La puerta del cerro y el tiempo que se rompe
Pero lo más extraño ocurre en un sitio del que pocos se atreven a hablar con claridad.
En el Cerro de la Cañada, cerca de esas comunidades de las altas montañas veracruzanas, se dice que cada 24 de agosto se abre un encanto. Una puerta invisible. Un portal que conduce a otro mundo.
Quienes han escuchado el relato dicen que parece la entrada de una cueva, iluminada por una luz extraña y los curiosos… a veces entran. Pero casi nunca regresan como eran.
Porque dentro de ese encanto el tiempo no corre igual que en el mundo de los vivos.
Puede ocurrir que alguien permanezca ahí sólo unas horas…
y al salir descubra que han pasado décadas afuera.
O al revés.
Puede salir creyendo que sólo estuvo un momento…
y encontrar que todos los que conocía han envejecido.
Por eso los viejos repiten siempre la misma advertencia:
El 24 de agosto no se entra a cuevas.
Ni se sube al cerro.
Ni se anda en los ríos.
Porque esa noche…
el mundo está mal acomodado.
El origen de la leyenda: la carrera entre el santo y el demonio
Pero todo esto, dicen, no empezó por casualidad, tiene una razón, una historia muy antigua.
Cuentan los relatos populares que San Bartolomé, conocido también como San Bartolo, era dueño de un valle fértil lleno de riquezas. Sus tierras eran abundantes, el agua corría limpia, los cultivos prosperaban.
Aquella prosperidad despertó la envidia de quien no tolera ver la felicidad de los hombres. El demonio.
Consumido por los celos, el diablo decidió desafiar al santo, le propuso una apuesta.
Una carrera.
El trato era sencillo: quien ganara la competencia se quedaría con todas las riquezas del valle. San Bartolo aceptó.
Y así comenzó la carrera. Al principio ambos corrían parejos, pero al llegar cerca de un río, el diablo tomó ventaja. Parecía inevitable que el santo perdiera.
Desesperado, San Bartolo elevó una oración a Dios, entonces ocurrió algo extraordinario.
Con una fuerza que no parecía humana, dio un salto gigantesco. Saltó de una orilla a la otra del río y cayó sobre una gran piedra, el demonio, furioso, intentó imitarlo.
Pero al saltar…
falló.
Cayó en el agua y fue arrastrado por la corriente, derrotado humillado.
La venganza del demonio
Dicen que desde ese día el diablo juró vengarse y que eligió precisamente el día de San Bartolomé para hacerlo. Cada 24 de agosto regresa al mundo de los hombres, no para reclamar riquezas, sino para causar desgracias.
Accidentes inexplicables, tormentas violentas, apariciones en caminos solitarios.
Incluso algunos pescadores aseguran que, cuando el río crece mucho, puede verse algo oscuro moviéndose bajo el agua.
Algo parecido…
a una cola.
Y mire usted, muchacho…
yo no sé si el diablo realmente camina por los caminos de Veracruz cada 24 de agosto, pero sí sé una cosa.
Las leyendas no nacen de la nada. Siempre traen escondido un consejo antiguo.
Quizá por eso los viejos dicen que esa noche no se debe jugar con fuego, ni con cuchillos, ni con armas, ni con cosas peligrosas, porque cuando uno cree que el diablo anda suelto…
tal vez lo único que está suelto es la imprudencia de los hombres.
Y esa, créame, suele ser igual de peligrosa.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Este texto es una versión creada por El Cronista Garbancero a partir de la leyenda popular.
