
Mis queridas almas lectoras, pocas cosas existen más extrañas en este mundo que el destino de aquellos que llegan de tierras lejanas para terminar formando parte del corazón mismo de una nación. Así ocurre con ciertas almas que, sin proponérselo, terminan dejando una huella más profunda que muchos nacidos bajo el mismo cielo.
En las antiguas calles de Puebla, cuando las campanas de los templos apenas rompían el silencio de la madrugada y el humo de los cirios danzaba entre los altares, comenzó a tomar forma la historia de una mujer cuya presencia parecía llegada de otro mundo. Una figura envuelta en telas coloridas, mirada serena y maneras distintas a las conocidas por los habitantes de la Nueva España.
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que el origen del traje más famoso de México no nació entre bordados novohispanos, sino en las lejanas tierras de la India.
La princesa arrancada de su reino
Durante el siglo XVII, cuando los mares eran caminos infestados de corsarios, comerciantes y hombres ambiciosos, vivía en la India una joven llamada Mirra. Se decía que pertenecía a una familia poderosa y respetada, hija de uno de los grandes patriarcas de aquellas tierras orientales.
Pero ya lo decían los viejos del camino: “La fortuna del hombre cambia más rápido que el viento sobre los cerros.”
Relatan que la guerra y la codicia española alcanzaron el reino de Mirra. Su padre fue derrotado y la joven princesa terminó convertida en prisionera. Encadenada a un destino ajeno, fue embarcada rumbo al otro lado del océano, destinada como esclava para servir en los dominios del virreinato de la Nueva España.
El viaje fue largo y cruel. Las aguas oscuras parecían tragarse poco a poco la vida de quienes cruzaban aquellos mares. Muchos murieron antes de tocar puerto. Pero Mirra sobrevivió.
Y algunos aseguran que sobrevivió porque el destino de aquella mujer aún no había terminado de escribirse.
El desembarco en Acapulco
Cuando el barco finalmente llegó al puerto de Acapulco, la presencia de la joven causó un profundo asombro. Su rostro, sus ojos oscuros y las extrañas vestimentas que aún conservaba hicieron que la multitud se detuviera a mirarla como si contemplaran una aparición.
No parecía española. No parecía indígena. No parecía africana.
Parecía llegada de un sueño antiguo.
Las crónicas populares cuentan que fue entonces cuando Miguel de Sosa, un hombre acomodado de Puebla, quedó impresionado por la muchacha y decidió comprar su libertad. La llevó consigo hacia la ciudad poblana, donde la adoptó bajo el nombre de Catarina de San Juan.
Sin embargo, aunque el nombre cambió, el alma de Mirra jamás abandonó del todo sus raíces.
Los vestidos que dieron origen a una leyenda
En Puebla, Catarina comenzó una nueva vida. Pero aun entre las calles empedradas y las iglesias barrocas de la Nueva España, continuó usando prendas inspiradas en la ropa de su tierra natal.
Listones brillantes, bordados coloridos y telas llamativas comenzaron a distinguirla entre todas las mujeres de la ciudad.
Al principio, algunos la miraban con desconfianza. Otros con admiración. No faltaron quienes afirmaban que aquella mujer poseía una belleza casi sobrenatural, como si los santos orientales caminaran junto a ella.
Poco a poco, las mujeres comenzaron a imitar ciertos detalles de sus vestidos. Los colores se mezclaron con los estilos novohispanos y con el tiempo nació una de las figuras más representativas de México: la China Poblana.
Y mire usted qué vueltas da la vida… una mujer extranjera terminó bordándose en el alma de toda una nación.
El eco de Catarina de San Juan
Con los años, Catarina de San Juan adquirió fama de mujer piadosa y espiritual. Algunas personas afirmaban que tenía visiones celestiales y que pasaba largas horas en oración.
Tras su muerte, comenzaron a circular relatos sobre extraños sucesos cerca de los lugares donde vivió. Algunos juraban haber visto una silueta femenina caminar lentamente durante las madrugadas poblanas, vestida con telas antiguas y rebozos bordados.
Otros aseguraban percibir un tenue aroma a incienso oriental cuando las campanas sonaban en la noche.
Tal vez eran exageraciones de los viejos vecinos.
O quizá el espíritu de aquella mujer jamás abandonó del todo las calles de Puebla.
Porque hay almas, mis queridas ánimas lectoras, que no desaparecen… simplemente aprenden a vivir convertidas en memoria.
Dicen los antiguos que la identidad de un pueblo no siempre nace de la sangre, sino de aquello que decide abrazar con cariño y convertir en tradición. Y a veces, quienes llegan de lejos terminan enseñándonos quiénes somos realmente.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Mario Villagrán, México Tierra de Leyendas
