
Mis queridas almas lectoras… permitid que esta noche, bajo el tenue resplandor de una vela que titila como si temiera a lo que ha de oír, nos traslademos a los polvosos caminos del antiguo virreinato, donde la fe no solo se rezaba, sino que también se edificaba piedra a piedra… o al menos, eso creían los hombres.
En aquellos días, cuando el silencio de la noche guardaba secretos que el alba apenas lograba disimular, ocurrió un suceso que aún hoy resuena entre los muros del sagrado recinto de San Juan de los Lagos.
El templo que debía tocar el cielo
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que hacia la medianía del siglo XVIII, el pequeño pueblo de San Juan de los Lagos había adquirido fama por la venerada imagen de la Virgen de la Purísima Concepción. Tal devoción era tanta, que los hombres decidieron levantarle un santuario digno de su grandeza, un templo que pareciera querer alcanzar el cielo mismo.
Corría el año de 1741 cuando la obra, ya avanzada, congregaba a decenas de trabajadores venidos de distintos rincones del virreinato. Entre ellos destacaban los indígenas de Mezquitic, hombres de manos firmes y espíritu resistente, quienes cargaban la cantera y, con el tiempo, aprendieron a domar la piedra.
No era raro que, entre el sonido del martillo y el eco de los cinceles, se escucharan relatos de accidentes evitados por milagro. “La Virgen cuida esta obra”, decían con convicción, como quien sabe que no está solo en su labor.
El misterio del muro creciente
Fue entonces cuando dos hombres, Juan Magdaleno y Diego Bautista, recibieron la encomienda de levantar el muro exterior del templo, aquel que miraba al oriente. En una jornada ardua lograron colocar una línea de piedras, más de treinta bloques perfectamente alineados.
Mas al día siguiente, al presentarse con el alba, hallaron algo que heló su aliento: el muro no solo había crecido… sino que avanzaba más allá de lo que ellos recordaban haber construido.
El capellán, don Francisco del Río, los recibió con una sonrisa que parecía guardar un secreto. Les agradeció por un trabajo que ellos jamás habían realizado: “una línea y media en una sola jornada”.
Los hombres se miraron entre sí, sin palabras, pues sabían que aquello no era obra de sus manos.
Y así, noche tras noche, el muro continuaba elevándose sin esfuerzo humano. Las piedras aparecían colocadas, firmes, exactas, como si una mano invisible las hubiese guiado con precisión divina.
La revelación celestial
Tras días de inquietud y asombro, Juan Magdaleno y Diego Bautista no tuvieron más remedio que hablar. El misterio llegó a oídos del capellán, quien, lejos de negarlo, observó con detenimiento, investigó con prudencia… y finalmente habló con certeza.
“Los ángeles han sido enviados por Nuestra Señora para auxiliarnos en esta honrosa tarea.”
Así lo proclamó ante el pueblo, con voz firme y mirada encendida de fe. Y aunque algunos guardaron silencio, ninguno se atrevió a contradecir lo evidente.
Pues, ¿qué otra explicación podría darse a un muro que crecía en la noche, cuando ni el más diligente de los hombres estaba presente?
Una historia que no se apaga
Desde entonces, generación tras generación, la historia ha sido contada en susurros, en reuniones familiares, en las sombras de los templos y en los caminos de peregrinos.
“Fueron los ángeles”, dicen algunos con fe intacta.
“Fue un milagro”, responden otros con voz temblorosa.
Y aunque el tiempo ha cubierto con polvo los pasos de aquellos canteros, el Santuario permanece, majestuoso, como testigo silencioso de una ayuda que no fue de este mundo.
Hay obras que el hombre comienza… pero que solo el cielo puede terminar. Y quien camina con fe, aunque no vea las manos que le ayudan, jamás trabaja en soledad.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Omar López Padilla, publicada en el libro Historias, crónicas y leyendas de Los Altos de Jalisco, 2018.
