
Mis queridas almas lectoras, acérquense un poco más al fuego y no aparten la vista de la flama temblorosa de la vela. Hay historias que no necesitan de la noche para helar la sangre, pues ocurren a plena luz del día, cuando la razón se siente más segura… y por eso mismo, cuando el espanto resulta más profundo.
Lo que hoy vengo a contarles sucedió en la antigua Plaza Mayor de la Ciudad de México, frente al mismísimo Palacio del Virrey, en tiempos en que la palabra del Santo Oficio pesaba más que la vida y el demonio era explicación suficiente para lo incomprensible.
La aparición imposible
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que una mañana cualquiera del año de 1593, justo cuando el sol caía de lleno sobre la Plaza Mayor, los centinelas del Palacio vieron algo que no encajaba en este mundo ni en el otro: un soldado desconocido caminaba su ronda frente a las puertas principales.
Marchaba con disciplina impecable, hacía los saludos reglamentarios, portaba el mosquete al hombro y cumplía su deber con la seriedad de un veterano. Sin embargo, su rostro mostraba desconcierto, como si hubiera despertado en un sueño ajeno.
Pronto se notó que su uniforme no correspondía a ningún regimiento del virreinato. Era un atuendo extraño, de corte distinto, propio —según reconoció uno de los soldados— de la guardia del Palacio en Manila, en las lejanas Filipinas.
Gil Pérez, soldado del otro lado del mundo
El capitán de la guardia no tardó en exigir explicaciones. El hombre, sin perder la compostura, respondió con naturalidad:
Su nombre era Gil Pérez, soldado de la guardia del gobernador de Filipinas. Aseguró que había sido asignado esa misma mañana a montar guardia frente al palacio del gobernador… y que estaba cumpliendo su deber lo mejor posible, aunque aquel edificio no le resultara del todo familiar.
Como si hablara del clima o del precio del pan, añadió un detalle que desató el horror: el gobernador de Filipinas, Don Gómez Pérez Dasmariñas, había sido asesinado la noche anterior en las islas Molucas, con el cráneo partido por una rebelión.
La noticia era imposible. Nadie en México podía saberlo aún.
Ante el Virrey y la duda del demonio
El asunto llegó a oídos del Virrey Don Luis de Velasco, quien mandó traer al soldado. Gil Pérez repitió su historia sin titubeos. Dijo no saber cómo había llegado de Manila a México en cuestión de instantes, pero afirmó con certeza que, media hora antes, se encontraba en Filipinas.
No pidió clemencia ni mostró temor. Se plantó firme, como viejo soldado acostumbrado a rendir cuentas solo a Dios y a la guerra.
Y fue entonces cuando todos coincidieron en una sola explicación: aquello solo podía ser obra del demonio.
Prisionero del Santo Oficio
Sin saber qué hacer con semejante prodigio, el Virrey lo entregó a la Inquisición. Gil Pérez fue encerrado en una celda del convento de Santo Domingo.
Lejos de desesperarse, el soldado aceptó su encierro con sorprendente buen humor. Decía que había pasado por peores lugares en campaña, que la comida era decente y que, por primera vez en su vida, descansaba sin marchar ni pelear.
Confesó sus pecados como buen cristiano y negó siempre haber pactado con el diablo, asegurando que, si el maligno lo había usado, fue sin su consentimiento.
La confirmación del horror
Meses después, un galeón llegó a Acapulco con noticias que helaron la sangre: el gobernador de Filipinas había sido asesinado exactamente como Gil Pérez lo había dicho, en la fecha y circunstancias señaladas.
Más aún, un oficial recién llegado reconoció al soldado y aseguró haberlo visto en Manila días antes de zarpar.
La conclusión fue inevitable: Gil Pérez había cruzado el mundo en un instante… y nadie dudaba ya de que el demonio había intervenido.
Destierro y silencio
El Santo Oficio decidió liberarlo, pero también expulsarlo. No lo quemaron, no lo absolvieron del todo: simplemente lo enviaron de regreso a Manila en el siguiente galeón.
Gil Pérez partió refunfuñando, no por miedo, sino por abandonar la vida cómoda de su celda.
De lo que ocurrió después, nadie volvió a hablar.
Mis queridas almas lectoras, esta no es historia de cadenas ni de lamentos nocturnos, sino de algo quizá más inquietante: la certeza de que el mundo no siempre obedece las reglas que creemos firmes.
Tal vez el demonio jugó con un soldado cansado. Tal vez el tiempo se dobló como papel viejo. O tal vez, simplemente, hay caminos que solo se abren para quien menos los espera.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Thomas A. Janvier
Legends of the City of Mexico, primera publicación en 1910.