
En los días de la riqueza minera, cuando el oro y la plata dictaban el destino de los hombres, Guanajuato fue tierra de milagros y desgracias. Allí, entre socavones profundos y callejones serpenteantes, surgieron fortunas tan descomunales que despertaron la envidia, la ambición y, a veces, la traición.
Dicen que donde hay riqueza desmedida, también hay sombras que se alargan más de lo debido. Y fue en una de esas sombras donde se gestó la historia del llamado Club de los Trece, una sociedad de caballeros que brindaron juntos… y murieron al mismo tiempo.
La riqueza del conde y la envidia de los hombres
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que Guanajuato era un hervidero de mineros, comerciantes, aventureros y nobles. Entre todos ellos destacaba don Antonio Obregón y Alcocer, primer conde de la Valenciana, cuya mina había producido una riqueza casi legendaria.
Se decía que sus arcas rebosaban plata, que sus túneles guardaban secretos y que, en algún lugar bajo tierra, permanecía escondida una fortuna capaz de tentar al mismo demonio.
Fue entonces cuando llegaron a la ciudad trece caballeros españoles. Hombres de modales refinados, palabras elegantes y sonrisas calculadas. Pronto se hicieron pasar por amigos del conde, compartiendo su mesa, sus vinos y sus conversaciones.
Pero bajo aquellas sonrisas se cocinaba una traición.
La conspiración en el salón secreto
Los trece hombres formaron una sociedad discreta, conocida después como el Club de los Trece. Su objetivo era tan ambicioso como peligroso: asaltar la casa del conde y apoderarse de su fortuna.
Para ello, se reunían en un gran salón al que se llegaba por un túnel secreto que conectaba la mina de Rayas con la residencia del noble. Allí, lejos de miradas indiscretas, planeaban cada movimiento.
Aquella noche, la última, la mesa estaba servida. Había viandas, vino y copas brillantes. Los hombres conversaban, brindaban y reían con esa confianza que sólo tienen quienes creen tener el destino en sus manos.
No sabían que el destino ya se había sentado a la mesa con ellos.
La escena del horror
Cuando el agente de la policía llegó acompañado de cuatro guardias y un curioso testigo, el espectáculo que encontraron heló la sangre de todos.
El salón estaba en penumbra, iluminado apenas por la luz temblorosa de un candil. La mesa larga mostraba restos de comida y copas a medio vaciar.
Pero los trece caballeros no hablaban.
Estaban sentados, inmóviles, con el torso inclinado sobre la mesa, como si un sueño súbito los hubiera vencido al mismo tiempo. En el suelo, las personas del servicio yacían en posiciones torcidas, junto a charolas de plata y copas rotas.
Nadie gritó. Nadie luchó.
La muerte había sido silenciosa y pareja para todos.
—Llegamos tarde —dijo el agente con voz grave—. Alguien se nos adelantó. Todos están muertos.
Jamás se supo quién los envenenó. Ni si fue un sirviente leal al conde, un traidor dentro del grupo, o la mano invisible de la justicia divina.
Aquella noche fue, literalmente, su última cena.
El túnel y el misterio sin resolver
Tras levantar el acta, los hombres regresaron por el túnel secreto que conectaba con la mina. Aquel pasaje oscuro parecía guardar más secretos de los que los vivos podían soportar.
Se dice que parte de la fortuna del conde sigue oculta en esos laberintos subterráneos. Y que, en ciertas noches, algunos mineros han escuchado el sonido de copas chocando, como si una cena eterna continuara bajo la tierra.
Otros aseguran haber visto trece sombras sentadas alrededor de una mesa invisible, como condenadas a repetir su último brindis por toda la eternidad.
Ya ve, muchacho, que no todo lo que brilla es plata bendita. La ambición es como vino fuerte: calienta el pecho al principio, pero termina nublando la razón. Esos trece caballeros quisieron arrebatar una fortuna… y acabaron perdiendo la vida antes de levantarse de la mesa.
Por eso dicen los viejos mineros que en Guanajuato no sólo se extrae plata del subsuelo, sino también historias de traición, de codicia… y de castigos que llegan sin hacer ruido.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Jesús Eduardo Romo Valadez, Leyendas de Guanajuato.
