
En la península de Yucatán, donde la tierra es porosa como esponja antigua y el agua se esconde en abismos de piedra, los cenotes fueron para los mayas puertas sagradas hacia el mundo de los dioses. Allí se ofrecían flores, jade, copal… y a veces, vidas humanas.
Uno de esos cenotes, abierto como una herida luminosa en medio de la ciudad de Valladolid, lleva el nombre de Zací. A simple vista es un sitio turístico, de aguas verdes y paredes húmedas donde cuelgan estalactitas como lágrimas petrificadas. Pero los viejos del lugar dicen que ese cenote no es un simple capricho de la naturaleza.
Es un corazón hundido.
El amor entre dos linajes enemigos
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que en los días antiguos, cuando los caciques gobernaban y los dioses caminaban invisibles entre la selva, existían en Zací dos familias enfrentadas: los poderosos Cupules y los orgullosos Cocom.
En la casa de los Cocom vivía una anciana temida y respetada. Era curandera y hechicera, una x-men, mujer sabia en los secretos de los dioses y los espíritus. Su nieta, llamada Zac-Nicté, “flor blanca”, era la luz de sus ojos: joven, hermosa y de cabellera negra como la noche sin luna.
Del otro lado del pueblo, en la casa del cacique Halach Huinic, crecía el príncipe Hul-Kin, “rayo de sol”, heredero del linaje enemigo.
Al principio, como dicta el orgullo de los clanes, los jóvenes se miraban con desprecio. Pero el destino, que gusta de burlarse de las viejas rencillas, los acercó poco a poco. Primero fue una palabra, luego una risa, después un secreto encuentro junto al cenote.
Y lo que comenzó como amistad, se volvió un amor ardiente y silencioso.
El destierro del príncipe
Durante meses se vieron a escondidas, bajo la sombra de las ceibas y el murmullo del agua. Pero ningún secreto dura para siempre.
Cuando el cacique supo de aquella relación, montó en cólera. Para evitar la unión de los linajes enemigos, envió a su hijo a un poblado lejano, donde ya había pactado su matrimonio con otra princesa.
La separación fue como arrancar el alma del pecho de Zac-Nicté. Sus ojos perdieron el brillo, su sonrisa se volvió silencio, y una noche confesó a su abuela el secreto que la atormentaba:
Estaba embarazada.
La hechicera, movida por el dolor, prometió traer de regreso al príncipe. Quemó copal, imploró a los dioses, y durante las noches de luna llena realizó rituales en la orilla del cenote. Zac-Nicté, desnuda bajo el cielo oscuro, se bañaba en las aguas sagradas como parte de aquellos sortilegios.
Pero el tiempo pasaba… y Hul-Kin no regresaba.
La decisión de la flor blanca
Un día llegó la noticia fatal: el príncipe se casaría muy pronto con la princesa del sur.
Aquella noche, cuando la luna apenas asomaba entre las nubes, Zac-Nicté tomó una piedra, la ató a su larga cabellera y caminó hacia el cenote. Nadie escuchó sus pasos.
Sin grito, sin despedida, se dejó caer al abismo de agua verde.
Dicen que, en ese mismo instante, Hul-Kin sintió un dolor agudo en el pecho. Un presentimiento terrible lo obligó a cabalgar de regreso a Zací.
Cuando llegó, encontró a la hechicera llorando junto al cenote. Al saber la verdad, el príncipe no dudó. Se lanzó al agua para unirse a su amada en la muerte.
La maldición del cenote
La anciana, consumida por el dolor, arrojó una flor blanca al agua y gritó:
—¡Zac-Nicté, te he cumplido! Te he traído de vuelta a tu amor. Estará contigo para siempre.
Pero el amor, cuando se mezcla con la desesperación, suele torcerse en maldición.
La hechicera levantó las manos hacia el cielo y juró que el cenote cobraría una vida joven cada año, para honrar ese amor prohibido.
Desde entonces, cuentan los viejos de Valladolid, cuando el manto verde del cenote se oscurece, alguien se ahoga en sus aguas. Y lo más extraño es que los cuerpos siempre aparecen tres días después…
Todos, menos dos.
Los de Hul-Kin y Zac-Nicté, que jamás volvieron a la superficie.
Decía mi abuelo, mientras avivaba el fuego con un palo seco, que los cenotes no son simples pozos de agua, sino puertas a un mundo antiguo donde los dioses aún escuchan los juramentos y los corazones rotos.
Y que hay amores tan profundos… que ni la muerte logra sacarlos a la superficie.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra Leyendas de Yucatán, compilaciones tradicionales de tradición oral
