
En Aguascalientes, cuando la noche se posa suave sobre los tejados y el viento recorre las calles antiguas, todavía hay quien baja la voz al pasar por la calle de la Alegría, en el barrio de Triana. No por alegría, precisamente, sino por respeto a una historia vieja, contada de generación en generación, que habla de amor torcido, fe probada y de un hombre que perdió la razón por querer lo imposible.
Yo, que he caminado estas tierras aun después de muerto, puedo asegurarle que en Triana las piedras escuchan… y recuerdan.
En Aguascalientes
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que en ese barrio, el más tradicional de la ciudad, vivía una familia humilde y de buenas costumbres: los Macías. Gente recta, de mirada firme y palabra corta, de aquellos padres que con sólo fruncir el ceño enderezaban el rumbo de los hijos.
La mayor de ellos era Hilaria, muchacha hacendosa, caritativa y de una belleza que no gritaba, pero que imponía. Caminaba como reina sin saberlo y llevaba en el rostro la serenidad de quien no debe nada a nadie. Visitaba enfermos, auxiliaba pobres y ayudaba en el pequeño negocio familiar de antojitos, donde más de un joven perdía el aliento con sólo verla cobrar.
La China del Encino
Los domingos, Hilaria acudía a misa al templo del Encino. Falda bien puesta, rebozo de bolita y un listón en el cabello tan rizado —tan chino— como su apodo. De ahí que el barrio entero la conociera como La China Hilaria.
Las muchachas la miraban con recelo; los muchachos, con devoción. Piropos no le faltaban, pero ella, firme como campana vieja, no daba entrada a ninguno. Decía el tiempo, y ella le creía.
El Chamuco
Pero todo barrio tiene su sombra. Y en Triana esa sombra era un hombre de mala reputación, feo de nacimiento y soberbio de espíritu, a quien apodaban El Chamuco. Dios no le dio gracia en el rostro, pero sí una peligrosa seguridad en sí mismo.
El Chamuco se obsesionó con Hilaria. La seguía, la esperaba, la amenazaba. Juró raptarla si era preciso. La muchacha, por primera vez, sintió miedo verdadero.
El consejo del sacerdote
Desesperada, Hilaria acudió al sacerdote del Encino. El cura, hombre de fe pero también de ingenio, decidió poner fin al acoso sin violencia.
—Pídele un rizo de su cabello —le dijo al Chamuco—. Si logras enderezarlo en quince días, yo mismo hablaré con sus padres para que se case contigo.
El reto parecía imposible… y lo era.
El pacto
Día y noche, el Chamuco alisaba el rizo. Mientras más lo intentaba, más se enchinaba. Ciego de rabia, invocó al demonio y ofreció su alma.
El Maligno acudió, no como bestia, sino como elegante catrín: bombín, bastón y sonrisa burlona. Tomó el rizo… y lo convirtió en un espiral aún más apretado.
—¡Ni yo puedo enderezar este maldito chino! —rugió.
Entonces el disfraz cayó. Cuernos, fuego en los ojos, hedor a azufre. El infierno se mostró sin pudor.
La caída del Chamuco
El Chamuco quiso huir, pero el cuerpo no le respondió. Perdió el sentido… y con él, la razón.
Desde ese día vagó por el Jardín del Encino, convertido en sombra humana. A quien lo saludaba sólo respondía:
—De la China Hilaria.
Años después, ella se fue, se casó con otro hombre y dejó Aguascalientes. Él quedó… como advertencia.
Mis queridas almas lectoras, esta no es historia de demonios solamente, sino de obsesión. Hay amores que no son bendición, sino prueba; y deseos que, cuando se fuerzan, se pagan caro. No todo lo que se quiere, se debe tener… y no todo lo que se persigue, concede perdón.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Oliver Barona,
Leyendas de Aguascalientes