
Hay lugares que no olvidan. Muros que, aunque encalados y restaurados, conservan en su entraña los rezos, las lágrimas y los silencios de quienes los habitaron. Al sur de Saltillo, entre calles modernas y ruido cotidiano, sobrevive una capilla discreta que parece observarlo todo sin decir palabra. Pero cuando cae la noche… entonces recuerda.
La Capilla de la Purísima Concepción —mejor conocida como la Capilla de Landín— no solo es una reliquia colonial del siglo XVIII. Es, para muchos, la morada de una presencia que no ha encontrado descanso.
Se cuenta…
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que al acercarse a la capilla, sobre todo entrada la noche, puede verse la figura de un fraile franciscano detenido en el umbral. Camina despacio. No habla. Entre sus manos sostiene un Cristo crucificado.
Y cuando alguien reúne el valor suficiente para mirarlo de frente, descubre con horror que no tiene cabeza.
Don Juan Landín y el origen del misterio
Juan Landín Gómez nació en 1720, en el reino de Galicia. Llegó a la Villa de Santiago de Saltillo en 1741, donde prosperó como comerciante y hacendado. Fue dueño de extensas propiedades y levantó, en su hacienda de la Purísima Concepción, una capilla que aún hoy se conserva como una de las joyas coloniales de la ciudad.
Casado primero con doña María Josefa de la Zendeja y Llanas, y después con Catarina Sánchez, don Juan formó una familia numerosa. Sin embargo, la fortuna no siempre camina de la mano con la felicidad.
Una epidemia —dicen algunos que de cólera— le arrebató a su esposa y a uno de sus hijos. El golpe fue tan severo que el hombre se apartó del mundo. Dejó sus negocios en manos de su administrador y se recluyó en su hacienda.
Jamás volvió a vérsele en actos públicos.
El fraile y la misa eterna
Durante su retiro, don Juan escuchaba misa diariamente en la capilla, auxiliado por un fraile franciscano. Aquel religioso se convirtió en su único consuelo, guiándolo en oración para sobrellevar la pena y el duelo.
Pasaron los años. Don Juan murió.
Pero el fraile… nunca se fue.
Comenzaron entonces los rumores. Un religioso aparecía a la entrada de la capilla, siempre con la imagen de Cristo en las manos. Quienes se acercaban, huían despavoridos al notar que bajo el capuchón no había rostro alguno, solo una oquedad oscura, una sombra sin forma.
Así nació la leyenda del Fantasma de Landín.
El fraile sin cabeza
Quienes aseguran haberlo visto lo describen con un hábito franciscano antiguo, gastado por el tiempo. No flota, camina. No amenaza, pero su sola presencia hiela la sangre.
Se dice que fue enterrado detrás de la capilla y que vaga cumpliendo una encomienda que nadie le pidió ya:
dar misa… eternamente.
Algunos afirman que solo se aparece a quienes caminan con el juicio nublado por el alcohol. Tal vez porque el miedo, cuando se mezcla con la culpa y el exceso, abre puertas que deberían permanecer cerradas.
En las cantinas del rumbo es donde más se escucha la historia. Entre copas, risas nerviosas y silencios incómodos, alguien siempre jura haberlo visto… y vuelve a beber para olvidar.
Túneles y secretos bajo tierra
La capilla de Landín guarda otro misterio: una plaza que, según la tradición oral, conecta con una cueva subterránea que llegaría hasta la Catedral y el templo de San Esteban, en el centro de Saltillo.
Nadie ha recorrido esos pasajes.
O al menos, nadie ha regresado para contarlo.
Hay fantasmas que penan por culpa.
Otros, por amor.
Y algunos —los más inquietantes— por obediencia.
El fraile de Landín no grita ni persigue. Solo cumple. Y eso, mis queridas almas lectoras, suele ser más aterrador que cualquier lamento.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla. Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
