
Hay construcciones que envejecen con dignidad… y otras que envejecen con culpa. En el centro del antiguo pueblo de Cócorit, al norte de Ciudad Obregón, se alza una edificación que ha sido hospital, refugio, panadería, baño público de circo gitano y, en tiempos más recientes, recinto cultural. Pero antes de todo eso, fue escenario de una tragedia que jamás encontró justicia.
La llaman La Casona. Y quienes la conocen bien, bajan la voz cuando cae la noche.
La leyenda
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que corría el año de 1892 cuando el hacendado Albino (o Alvino) Almada mandó construir aquella imponente casa de muros gruesos y balcones solemnes. Venía de tiempos duros: la minería decaía y la agricultura se alzaba como nuevo motor económico. Almada, hombre de recursos y ambición, llegó a la región como muchos otros inversionistas atraídos por la tierra fértil y la promesa de prosperidad.
Cuentan que, durante un viaje a Jalisco, Albino trajo consigo a una jovencita de apenas quince años, destinada —según se dijo— a ayudar en las labores domésticas. La muchacha llegó a Cócorit con los ojos apagados y el alma lejos, arrancada de su hogar y de su gente.
Su belleza no pasó desapercibida.
Y ahí comienza el susurro incómodo de la historia.
Se habla de un amorío forzado, de miradas que no debían darse y de noches en que la joven lloraba en silencio. Un día, sin explicación alguna, la muchacha dejó de verse. Nadie la vio marcharse. Nadie habló de despedidas. Solo el silencio… y poco después, la familia Almada abandonó la casona de manera repentina, como quien huye no de un lugar, sino de un recuerdo.
Pronto comenzaron los rumores:
que la joven intentó escapar,
que sus gritos se escucharon en todo el pueblo,
que su cuerpo fue enterrado en el patio o bajo los cimientos.
Desde entonces, cuando el reloj marca la medianoche, una figura vestida de blanco cruza los ventanales, se asoma al balcón y observa la calle como esperando algo… o a alguien.
Así nació la leyenda de La Aparecida.
Cantos, piano y noches inquietas
Con los años, la casona quedó en abandono. Los valientes que intentaron habitarla hablaban de cantos gregorianos, del sonido lejano de un piano y de pasos que no correspondían a ningún vivo. Nadie lograba quedarse mucho tiempo. Era como si la casa reclamara lo que se le debía.
La Aparecida pintada
En la década de 1980, el ingeniero Héctor Durón adquirió la casona y decidió restaurarla. Hombre culto y amante del arte, jamás imaginó que terminaría conviviendo con la leyenda.
Se cuenta que La Aparecida se le manifestó en varias ocasiones, vagando por los pasillos o suspendida en el balcón. Durón, lejos de huir, tomó los pinceles. La pintó. Varias veces.
En un autorretrato célebre, se le ve pintando a la joven espectral, quien lo observa fijamente, como si posara para la eternidad. Ese cuadro —dicen— se guarda bajo llave.
El perro que sí la veía
En el jardín de la casona se erige una escultura de La Aparecida… y a su lado, la de un perro. El animal perteneció a Simón Bueno Cortés, contador y amigo de Durón. Aseguran que el perro siempre ladraba a la nada, siguiendo con la mirada algo que los humanos no podían ver.
Al morir la mascota, fue enterrada junto a la escultura de la joven. Encima, colocaron su figura, en honor al único ser vivo que jamás dudó de la presencia de La Aparecida.
La Casona hoy
La Casona de Cócorit funcionó durante años como galería y centro de arte, recibiendo incluso a figuras de talla internacional. Hoy permanece cerrada, envuelta nuevamente en silencio, con la promesa de reabrir algún día sus puertas.
Pero mientras eso ocurre, La Aparecida no se ha ido.
Hay quienes juran haberla visto no solo en la casona, sino paseando por la plaza y los alrededores de la iglesia, penando porque su muerte pasó desapercibida… porque nadie pidió justicia por ella.
Hay fantasmas que asustan…
y otros que duelen.
La Aparecida no grita, no persigue, no amenaza. Solo se deja ver, como recordatorio de una época donde el silencio pesaba más que la verdad, y donde algunas vidas se borraban sin dejar huella.
Las casas, mis queridas almas lectoras, también tienen memoria. Y esta, se niega a olvidar.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Este texto es una versión creada por El Cronista Garbancero
a partir de la leyenda popular.
