
Hay lugares donde la tierra guarda silencio por respeto. Otros, en cambio, murmuran. Kaua es uno de ellos. Al sur de su plaza, más allá de la cal que blanquea las casas y del polvo que guarda siglos, se abre una hondonada profunda como la memoria misma. Allí, dicen, el amor no murió: se quedó atrapado en piedra, arena y eco.
Antes de que los arqueólogos preguntaran y la ciencia dudara, ya los viejos sabían. Y cuando los viejos saben, conviene escuchar.
En el antiguo Yucatán
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que a medio kilómetro de la plaza de Kaua existe una sima de siete metros de profundidad, difícil de descender y aún más de comprender. En su fondo se abren galerías subterráneas, algunas tan altas como un templo, otras tan bajas que obligan a inclinar la cabeza, como quien entra en recinto sagrado.
El piso arenoso engaña al paso; las paredes parecen cortadas con filo antiguo, y la bóveda, irregular pero firme, cubre un verdadero laberinto. Nadie ha recorrido su totalidad. Unos dicen que comunica con Chichén-Itzá; otros, que es obra de la naturaleza. Los viejos… los viejos dicen que fue el amor.
La doncella Oyomal y los hermanos rivales
Tras la sangrienta contienda de los hermanos Ac y Cay, vivía en Chichén-Itzá el sumo sacerdote H’Kinxoc. Su mayor tesoro no era de jade ni de plumas: era su hija Oyomal, pura como oración al alba, bella como mañana de Kan kin.
Sacerdotes, guerreros y nobles suspiraban por ella, pero su corazón permanecía en silencio… hasta que el destino decidió pronunciar su nombre en voz de príncipe.
Ac y Cay la conocieron. Y como nubes cargadas de rayo, chocaron.
El amor llamado Yacunáh
Cay habló con mirada ardiente y palabra sincera. Oyomal, sin saber lengua aprendida, respondió con verdad antigua:
«Como las plantas al rocío del cielo, como las aves al primer rayo del sol matutino».
Ac, enceguecido, ordenó prisión, encierro y castigo. Cay fue arrojado a la hondonada de Kauhá. Oyomal, recluida entre vírgenes. El padre, llevado al santuario. Así se creyó rota la historia.
No contaban con Yacunáh.
La mina del amor
En la oscuridad, Cay tomó el pedernal. El amor le dio norte, fuerza y paciencia. Día tras día, sol tras sol, cavó la mina prodigiosa. No para huir: para volver.
Y volvió.
Cuando Oyomal lo vio surgir como evocado, el júbilo fue breve. Ac llegó con su furia y sus hombres. Los amantes huyeron por el laberinto recién nacido, pero fueron alcanzados. Allí mismo recibieron muerte… y sepultura.
El lamento eterno
Desde entonces, en las noches del mes Yaax, enero, se oye en las criptas un lamento. La brisa murmura en lengua antigua:
—¿Me quieres?
—Como las plantas el rocío de los cielos, como las aves el primer rayo del sol matutino…
Los sabios hablan de eco.
Los viejos de Kaua hablan de amor.
Y yo, que he convivido con espectros, les digo: hay palabras que no se repiten solas.
El amor, mis queridas almas lectoras, no siempre salva. A veces condena, a veces mata… pero nunca desaparece.
Cuando es verdadero, encuentra túnel aun en la roca más dura y voz aun en la tumba más honda.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en la obra de Marcos de Chimay,
Supersticiones y leyendas mayas, primera publicación en 1905.
