
El puerto, cuando cae la noche, no duerme del todo. Las grúas crujen como viejos huesos, el viento silba entre los contenedores y el mar —siempre el mar— murmura historias que no todos quieren escuchar. Hay lugares donde el trabajo se pega a la piel… y otros donde se pega al alma.
Y el puerto de Altamira, mis queridas almas lectoras, es uno de ellos.
El hombre del casco naranja
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que hay un hombre que jamás abandonó su turno. Cuentan los trabajadores del puerto de Altamira que, entre los ecos metálicos y la luz fría de las torres, se aparece un obrero silencioso. Alto, moreno, de bigote recortado, con el casco anaranjado bien puesto y el uniforme del mismo color, como si aún estuviera bajo reglamento.
No habla.
No saluda.
No mira a nadie.
Solo camina.
La historia se remonta a los primeros años del puerto moderno, cuando aún se estaba forjando su nombre y su ritmo. Fue entonces cuando dos trabajadores del servicio de limpieza, Eduardo Hernández y su compañero Julio, empleados de la empresa Sanimóvil 2000, vivieron algo que jamás pudieron olvidar.
Ellos laboraban de noche, cuando el puerto baja la voz y las sombras se estiran. Aquella jornada llegaron a la Torre Multimodal, corazón operativo del recinto. Eran alrededor de las diez cuando notaron que uno de los sanitarios estaba ocupado. Bajo la puerta se distinguían claramente unas botas industriales y el borde de un pantalón de trabajo.
Nunca salió …
Esperaron con paciencia.
Los minutos pasaron… y nadie salía.
Cuando por fin la puerta se abrió, apareció aquel hombre. Los observó con semblante serio, sin pronunciar palabra, y se alejó por el pasillo hasta perderse entre la penumbra.
Nada parecía extraño… hasta que terminaron su labor.
Al reportarse con el vigilante del turno nocturno, este frunció el ceño.
—Aquí no ha entrado nadie —les dijo—. Solo estamos ustedes y yo.
El silencio cayó pesado como plomo.
Al día siguiente
Aún inquietos, preguntaron al vigilante del turno matutino. La respuesta, dicen, les heló la sangre.
—Ese trabajador murió hace meses. Cayó desde un edificio en construcción dentro del puerto. Desde entonces se aparece, sobre todo de noche… en los baños.
Desde aquel día, los veladores y obreros aseguran verlo caminar por los patios, entre contenedores y oficinas. Siempre con el casco bien puesto. Siempre con la mirada perdida. Como esperando una hora de salida que nunca llegó.
Y como en toda leyenda que se respete, el miedo dio paso a la costumbre.
Cada Día de Muertos, algunos trabajadores dejan una veladora encendida cerca del baño donde fue visto por primera vez. No por burla… sino por respeto. Con la esperanza de que esa pequeña luz le muestre, al fin, el camino al descanso.
Pero mientras tanto, entre barcos, grúas y el rumor eterno del mar, el Fantasma del Casco Naranja sigue cumpliendo su turno.
Dicen que hay trabajos que se quedan en el cuerpo… y otros que se quedan en el alma. Y cuando la muerte sorprende al hombre en plena faena, no siempre entiende que ya puede marcharse.
Tal vez ese obrero no busca asustar. Tal vez solo espera que alguien le diga, al fin y claro: ya puede irse a casa.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Fuente base: El Sol de Tampico
El fantasma del casco naranja: la leyenda que ronda el puerto de Altamira
