
El desierto no siempre guarda silencio. Hay noches en que la arena escucha, los árboles se tensan y el aire se mueve como si algo enorme pasara rozándolo. En la Región Lagunera, donde el viento arrastra historias viejas y los caminos se pierden entre sombras, existe un relato que aún hace bajar la voz a los más bragados.
No es historia para incrédulos ni para caminantes nocturnos sin prudencia. Es una leyenda que no pide ser creída… solo respetada.
Entre gritos y carreras
Los vecinos comentan y algunos mayores afirmanque aquello ocurrió —o pudo haber ocurrido— en los pinabetes cercanos a la pequeña propiedad Baracaldo, municipio de Matamoros, Coahuila. Gritos de espanto, carreras despavoridas, tropiezos y ayes de dolor rompieron la calma del monte. Verdad o mentira… pero por precaución, evite usted pasar por allí durante la noche.
Así me fue contada, y así la comparto.
Una reunión cualquiera, una noche que no lo fue
Era un sábado de verano de 1975. Varios amigos se reunieron en un paraje tranquilo, sobre la carretera que conduce a la pequeña propiedad Filipinas, casi frente al rancho Baracaldo, rodeado de frondosos pinabetes. La tarde transcurrió entre charlas intrascendentes, risas fáciles y bebidas bien heladas que aflojaban la lengua sin nublar del todo el juicio.
Pero la medianoche no perdona distracciones.
El aleteo imposible
Cerca de las doce, cuando la noche ya se había asentado, un ruido extraño rompió la calma: un aleteo…
No de ave común, no de cosa conocida. Era un batir de alas tan potente que desplazaba el aire con violencia.
La oscuridad impedía ver, pero no sentir. Entonces llegó el graznido: horripilante, profundo, antinatural. La piel se erizó, las piernas temblaron y por un instante nadie pudo moverse. Cuando el miedo soltó su presa, todos corrieron hacia los vehículos.
Todos… menos uno.
El encuentro
Uno de los compañeros —cuyo nombre se omite, pues la burla es cruel con lo inexplicable— tuvo el valor o la imprudencia de internarse entre los pinabetes para averiguar qué era aquello.
Poco después, los gritos.
Gritos de dolor verdadero.
Cuando acudieron en su auxilio, lo hallaron tirado entre la maleza:
un brazo seriamente lacerado,
un ojo reventado, fuera de su órbita.
Con urgencia lo llevaron a Matamoros. En el camino, entre quejidos, el herido dijo con voz quebrada:
—¡Vi un pájaro enorme…! ¡No sé qué era, pero sí era enorme! Voló hacia mí, me tomó del brazo con sus garras. Me sujeté de un pinabete, y como no pudo llevarme… me sacó el ojo de un picotazo.
El silencio y la mentira necesaria
El doctor Eusebio Herradón atendió las primeras curaciones y ordenó trasladarlo al Sanatorio Español de Torreón. Al preguntar la causa de las heridas, el grupo guardó silencio. El alcohol en el aliento y la verdad en la lengua no habrían servido de nada.
Declararon que fue un accidente agrícola.
Hay verdades que no sobreviven al amanecer.
La cacería del monstruo
La noche siguiente, armados con rifles de alto poder y una determinación nacida del miedo y la rabia, regresaron a los pinabetes. No avisaron a nadie. Lo increíble siempre despierta risa… hasta que mata.
Cerca de la medianoche, el aire volvió a moverse. Se escucharon quejidos, mugidos lejanos… y el aleteo.
A la luz de la luna, vieron lo imposible: un ave gigantesca cargando en sus garras un becerro de casi cien kilos. Lo dejó caer, y comenzó a devorarlo con calma brutal.
Balas contra plumas
A una señal, dispararon todos. El monte se volvió un pandemónium de pólvora y estruendo.
Las balas daban en el blanco…
pero no lo traspasaban.
La criatura parecía cubierta por una coraza de plumas imposibles. Sin emitir queja, tomó los restos del becerro y alzó el vuelo rumbo al poblado Emiliano Zapata, perdiéndose en la noche.
Los hombres regresaron en silencio.
Y como suele ocurrir después del horror… se refugiaron en una cantina.
El rumor que no muere
El suceso se filtró. La Región Lagunera entera comenzó a comentarlo. Muchos fueron a los pinabetes de Baracaldo buscando ver al monstruo alado, pero no volvió a aparecer.
Una semana después, chiveros hallaron en la Cueva del Tabaco montones de huesos: de vacas, chivas… y según dijeron, hasta humanos.
Hoy aún hay quien jura escuchar el aleteo. Increíble, ¿verdad?
Pero anda por ahí un manco y tuerto que lo puede confirmar.
El desierto es viejo y no se anda con juegos. Donde el hombre cree mandar, otras criaturas recuerdan que llegaron primero. Yo he conversado con fantasmas más discretos que esta ave, y aun así prefieren no alzar vuelo cuando se les nombra.
Si algún día pasa por Baracaldo y siente que el aire se mueve sin viento…
apure el paso.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en el libro “Habla el Desierto. Leyendas de la Laguna”,
Texto de Eduardo José Rivas Echeverría.
