
Mis queridas almas lectoras, no todas las leyendas nacen en caminos de tierra ni en pueblos olvidados. Algunas surgen entre mármol, escaleras elegantes y pasillos largos donde el eco guarda secretos. Tal es el caso de Tehuacán, ciudad donde el progreso y el misterio aprendieron a convivir bajo el mismo techo.
Esta historia me fue contada como se cuentan las verdades incómodas: en voz baja, mirando de reojo, como temiendo que alguien —o algo— estuviera escuchando.
La historia
Los vecinos comentan y algunos mayores afirman que en los pasillos del antiguo Hotel Garci-Crespo, cuando la noche se acomoda y el reloj roza la medianoche, aún puede verse a una mujer hermosa, vestida de rojo, subiendo y bajando las escaleras como si buscara algo que perdió para siempre.
El hotel de su esplendor
Corría la década de los años cuarenta. El Hotel Garci-Crespo era orgullo de Tehuacán y de buena parte del estado de Puebla. Elegante, moderno para su tiempo, punto de encuentro de viajeros distinguidos. Con los años, cambiaría su nombre a Hotel Peñafiel, y hoy alberga aulas y estudiantes, pero sus muros recuerdan.
La llegada de Marina Lascuraín
Entre los huéspedes llegó una dama llamada Marina Lascuraín, proveniente de una familia acomodada de la Ciudad de México. Su belleza no pasó desapercibida. No era solo su rostro, sino su porte, su forma de caminar, su seguridad… de esas mujeres que sin proponérselo alteran el pulso de un lugar entero.
El enamorado
Un joven empleado del hotel cayó rendido ante ella. La observaba, la esperaba, la soñaba. La cortejó como se hacía antes: con paciencia, con palabras medidas y esperanzas largas. Marina, sabedora de su efecto, aceptó acercarse, pero fue clara: no buscaba promesas ni futuro, solo una aventura.
El muchacho aceptó. El amor, cuando es ciego, también suele ser sordo.
El vestido rojo
Días después, un extranjero se hospedó en el hotel. Marina posó en él su atención. Aquella noche bajó al restaurante con un vestido rojo, elegante y llamativo, que parecía encender el lobby entero. Desde lejos, el empleado la vio descender por la escalera. Vio su risa. Vio su cercanía con el forastero.
Los vio irse juntos.
La habitación
El empleado esperó. La noche avanzó. Cuando el extranjero abandonó la habitación, el joven entró. Hubo palabras duras, reproches, celos desbordados. La discusión terminó en tragedia: Marina fue ahorcada en ese cuarto.
El asesino huyó. Poco después, se quitó la vida.
El alma que no se fue
Desde entonces, veladores, policías y trabajadores aseguraron ver, cerca de la medianoche, la silueta de una mujer vestida de rojo brillante. Caminaba por los pasillos, subía escaleras, se asomaba desde lo alto del lobby. Algunos corrieron. Otros rezaron. Nadie se quedó a comprobar si aquello tenía pies… o flotaba.
Así nació la leyenda de La Dama de Rojo.
El edificio hoy
El inmueble que fue Hotel Garci-Crespo y Hotel Peñafiel hoy es una universidad. Hay luz, voces jóvenes, pizarrones. Pero quienes trabajan de noche dicen que el edificio nunca se quedó solo. Hay pasos que no pertenecen a nadie vivo.
Las pasiones intensas dejan huella, hijos. No hay muro tan sólido que detenga un crimen, ni vestido tan bello que cubra una muerte injusta. Hay almas que se quedan porque no saben a dónde ir… y otras porque no quieren perdonar.
A su mercé…
Si este relato fue de su agrado, humildemente pido nos ayude compartiéndolo a sus familiares y allegados durante una reunión en una negra noche. O por medio de un compartir en su red social. Si la leyenda atenta a su cultura, pues es distinta a la alojada en su memoria, pido a su mercé que sea indulgente, pues es así como el relato llegó a mis oídos y es mi forma particular de compartirla.
Recuerde que, por ser leyenda, puede o no tener una base real y contener una increíble dosis de libertad literaria, ya sea por la región donde fue relatada o por quien la narra.
Hasta la próxima, garbancer@s.
Basado en las crónicas y recopilaciones orales documentadas por Juan Manuel Gómez Andrade,
